domingo, 28 de octubre de 2012

La Montaña Solidaria (2012)

Por el kilómetro veinticuatro aproximadamente (Foto: Organización)
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1. EL ORIGEN

En la entrada que suelo hacer como resumen del año que acaba y en la que apunto los objetivos que pretendo acometer en el ejercicio siguiente, en la correspondiente a 2011 escribí lo siguiente: “(…) habría dos retos que me gustaría conseguir. El primero sería completar un maratón de montaña. El segundo lo veo aún más complicado si cabe y consistiría en correr una prueba de cien kilómetros o similar.” Aplazado ya hace tiempo el segundo, el primer objetivo todavía no estaba olvidado.

He de confesar que cuando escribí lo del maratón de montaña en mi mente estaba participar en el Maratón Alpino Madrileño (MAM). Finalmente no pudo ser porque me pilló muy verde en preparación. Desaprovechada esa oportunidad, durante los meses de verano fui sumando carreras por el monte en las que si bien disfrutaba como un enano, siempre acababa muy justito, lo que me sembraba muchas dudas acerca de si iba a poder con un maratón completo.

El punto de inflexión llegó apenas hace un par de semanas con el VII Medio Maratón de Montaña Solidaria de Madrid. Aunque se trataba de una prueba “llevadera”, el mejorar sobradamente mi crono del año anterior y el acabar con buenas sensaciones supuso un agradable espaldarazo a mi estado de ánimo que me hizo retomar la idea de atreverme con un maratón. Esta circunstancia fue coincidente en el tiempo con el descubrimiento de una nueva carrera de montaña que se iba a celebrar en San Lorenzo de El Escorial y en la que se podía elegir entre completar veinte kilómetros o cuarenta y dos ¿Podía dejar esa oportunidad?

Terceto subiendo Abantos (Foto: Organización)
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2. LA PREVIA

El evento en cuestión se denominaba “La Montaña Solidaria” y era la última de las seis pruebas incluidas en el circuito de carreras Races Trail Running. A priori parecía tratarse de una carrera de montaña asequible. El desnivel acumulado en la prueba de los cuarenta y dos mil metros no era excesivo y el recorrido no tenía pinta de ser muy técnico.

Sin embargo existían dos incertidumbres que me hacían albergar serias dudas de si no sería mejor olvidarse de la distancia larga y optar por la más corta. La primera era la falta de información previa a la carrera. La prueba de San Lorenzo, como las del resto del circuito, estaba organizada por la sociedad GEMD, S.L. en colaboración con algún organismo o empresa local (en este caso el Ayuntamiento de San Lorenzo de El Escorial), y patrocinada por Adidas y El Corte Inglés. En principio esto parecía infundir cierta confianza: aunque se tratara de la primera edición, el organizador tenía experiencia previa y los patrocinadores eran empresas de renombre. Pero el caso es que a falta de cuatro días para la celebración de “La Montaña Solidaria”, la única información que constaba en la página web era un recorrido marcado sobre una imagen de google maps. Solo a partir de entonces incluyeron un plano con la ubicación de los avituallamientos y el perfil del trazado.

La segunda incógnita era el tiempo. Unos días antes la previsión meteorológica anunciaba una alta probabilidad de lluvia y temperaturas bastante bajas. Sinceramente no me hacía ninguna gracia estar alrededor de seis horas por la montaña mojándome y pasando frío. Menos mal que en las últimas jornadas la predicción fue mejorando hasta descartar prácticamente la existencia de precipitaciones.

En resumen, que aunque en mi fuero interno tenía la intención de completar mi primer maratón de montaña, no tomaría al decisión hasta el último momento.

Y en estas me encontraba cuando llegó el sábado. Después de un buen madrugón y de recoger a Bruce (también debutaba en un maratón de montaña), pusimos rumbo a San Lorenzo de El Escorial donde llegamos todavía de noche. Tras aparcar, nos dirigimos a recoger el dorsal y chip junto a la lonja del Monasterio, donde estaban situadas la salida y la meta de las dos pruebas. De ahí vuelta al coche a deliberar sobre la vestimenta y utensilios a llevar.

Parecía que la temperatura era fresca y que el cielo estaba encapotado así es que opté por ser previsor y aplique el "más vale que sosobre que no que fafalte". Abajo calcetines, calzas, pantalones cortos y mallas. Arriba camiseta ajustada de manga larga, camiseta finolis de manga larga también y chalequito cortavientos. Después del coñazo que me dio el portabidones en la carrera de Somosierra, elegí salir con la mochila que me había comprado la tarde anterior (justo lo que recomiendan no hacer) y en la que guardé un chubasquero, una gorra, una botella de agua, una barrita energética y dos pastillitas de glucosa. La verdad es que a toro pasado la elección de correr con mochila fue muy acertada.

Los hombres que corrían junto a los caballos. Alrededor del veinticinco. (Foto: Arganzboy)
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3. MONTE ABANTOS

A las 9:00 estábamos ya en la línea de salida junto al resto de los aproximadamente seiscientos participantes que sumábamos entre las dos distancias. Tras unos primeros metros llanos rodeando el impresionante monasterio mandado construir por Felipe II, enseguida comenzó una interminable cuesta arriba que debía conducirnos hasta la cima del monte Abantos, ya pasado el punto kilométrico 8,000. El tramo inicial del ascenso se realizaba sobre el asfalto de las calles del municipio, para después de unos dos mil metros entrar en una pista forestal. Cerca del primer avituallamiento (kilómetro cuatro), se tomaba un camino que no daba de sí para absorber a tantos corredores, por lo que hubo que comenzar a andar. A partir de entonces, siempre rodeados de pinos, la pendiente se endurecía por lo que la mayoría optamos por completar el resto de la subida caminando.

Un poco antes de llegar a la cima del monte que toma su nombre del abanto un ave rapaz semejante al buitre, pero más pequeña y con la cabeza y el cuello cubiertos de plumas, abandonamos la zona de pinares para tomar de nuevo una pista forestal que nos condujo a la cumbre. Allí lo que parecía un gran cartel publicitario amarillo (que en realidad se trata de un panel reflector de señal electromagnética) y una estación meteorológica afeaban el entorno. Aún así, las vistas eran espectaculares. Con 1.753 metros de altura sería el punto más elevado al que íbamos a ascender en toda la carrera, por lo que se agradecía que estuviera colocado al inicio cuando las fuerzas estaban todavía intactas. Desde este punto daba inicio un largo aunque no continuado descenso que debía llevarnos hasta aproximadamente el kilómetro quince.

Voy aquí a hacer un paréntesis para mencionar un aspecto que me llamó poderosamente la atención y que me pareció digno de elogio. La primera edición de La Montaña Solidaria fue también la Final del Circuito Nacional de Carreras por Montaña 2012 para Ciegos y Deficientes Visuales. Estos deportistas practican el atletismo de montaña en equipos de tres personas cuyos componentes están “unidos” por una pértiga que todos agarran con la misma mano (o todos tienen la barra a la izquierda o todos a la derecha). Los tercetos están formados por un guía que va en cabeza, un ciego total que se sitúa en el medio y un atleta con deficiencia visual que cierra el grupo. Hubo alrededor de diez equipos que participaron en la prueba de los veinte kilómetros.

Bueno, a lo que iba. Si ya había sido llamativo verlos subir con soltura, observarlos bajar con la destreza y la velocidad con que lo hacían era simplemente impresionante. Solo con pequeñas instrucciones del guía (“cuidado piedras grandes”, “levantad ahora bien las rodillas”, etc), las tripletas negociaban las rampas de descenso mejor que muchos de los que tenemos la visión casi perfecta. Mi admiración y mi enhorabuena para todos ellos.

En mitad de la bajada, el punto kilométrico 11,000 marcaba un lugar de referencia. Allí se ubicaba el primer avituallamiento en el que se ofrecían líquidos y sólidos. Además de agua y bebida isotónica, podían degustarse una amplia gama de alimentos en plan “buffet”. Había naranjas, plátanos, avellanas, almendras, quesitos, membrillo, barritas de cereales, barritas de fibra y no sé si alguna cosa más que ya no recuerde. Pero decía que era un punto de referencia porque era el momento en que los participantes debíamos optar por seguir el recorrido corto (a la izquierda) o el largo (a la derecha). Aproximadamente uno de cada tres elegimos dar un largo rodeo antes de regresar a las inmediaciones del monasterio escurialense.

Al paso por la cima de Abantos (Foto: Arganzboy)
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4. A ROBLEDONDO

Apenas uno o dos hectómetros después del avituallamiento se abandonaba la vía forestal para internarnos en un camino más estrecho que seguía descendiendo a través de praderas durante unos cuatro mil metros más. En este tránsito, a nuestra derecha se abría un amplio y vasto paisaje en el que la principal referencia era la presa de El Tobar. La bajada era muy tendida salvo la cuesta de unos quinientos metros de longitud que se ubicaba justo al final y que desembocaba en un estrecho valle. Con un buen número de piedras sueltas de considerable tamaño, posiblemente fuera una de las partes más técnicas de toda la prueba.

Encerrado entre las paredes de las montañas, el tránsito por el valle era bastante llano y personalmente me resultó encantador. Las varias veces que la amplia vía forestal que seguíamos cruzaba sobre afluentes que supongo alimentarían el caudal del río Aceña, contribuían a acentuar la belleza del entorno. Pasado el edificio de la Escuela de Pesca, se salía a una carretera donde apenas se recorrían los metros suficientes para superar el puente que nos permitía cruzar el río. Justo después se encontraba un nuevo avituallamiento líquido. Aunque en él había un cartel que anunciaba que nos encontrábamos en el punto kilométrico 19,000, los forerunner de algunos de los participantes que allí coincidimos se empeñaban en decir que solo habíamos recorrido poco más de dieciséis kilómetros desde la salida.

La verdad que el tema de las distancias y sus señalizaciones fue francamente mejorable. Salvo en los avituallamientos y en un par de lugares más, no se señalaron los puntos kilométricos. Y donde se marcaron, a decir de los que portaban gps y de las sensaciones propias, tengo el pensamiento de que no estaban muy bien ubicados. Adicionalmente, la carrera se anunciaba sobre una distancia de cuarenta y dos mil metros pero muchos forerunner marcaron finalmente más cerca de los cuarenta kilómetros que de los cuarenta y dos. En fin, la discusión sempiterna.

Volviendo a la carrera, tras el avituallamiento se tomaba un estrecho camino que nos conduciría a la población de Robledondo. En un inicio superaba un elevado desnivel en el que era impepinable tener que ir andando. A continuación discurría serpenteante y con pequeños, llevaderos y sucesivos subebajas por la ladera de la montaña. Las vistas que quedaban a nuestra derecha eran dignas de disfrute. Finalmente y tras cerca de cuatro mil metros, el camino moría al llegar al pequeño casco urbano de Robledondo, único lugar civilizado que cruzaba la carrera. Este pequeño pueblo perteneciente al municipio de Santa María de la Alameda albergaba el cuarto avituallamiento de la competición y en él nos entretuvimos (Bruce y yo) unos buenos minutos. Llegué con hambre, y en una probatura descubrí un nuevo y sencillo manjar: quesitos con almendras. Me metí para el cuerpo cuatro triangulitos de queso y un par de puñados de almendras que me dejaron como un reloj y listo para seguir camino.

La bajada "técnica" cerca del p.k. 15,000 (Foto: Arganzboy)
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5. LA PERDIDA

Abandonado Robledondo se ponía dirección noroeste, y por pistas forestales amplias y con buen firme se comenzaba de nuevo a ganar altura. Todo esta parte era corrible pero nosotros decidimos hacer andando algunos pequeños tramos para no forzar en demasía. Si desde que habíamos abandonado Abantos no sabía exactamente donde estábamos pero más o menos mantenía la orientación, en esta parte del recorrido la perdí completamente. Eso si, me pareció reconocer algunos lugares por los que pasé en la conocida como Travesía de las Cumbres Escurialenses uno catorce meses antes (¿el acercamiento e inicio de la subida al Risco Alto quizás?).

Calculo que tras unos dos kilómetros se alcanzaba el final de la ascensión y se entraba en una zona de pradera verde deliciosa, sin árboles y prácticamente también sin vegetación de monte bajo, en la que pacían caballos y algunas vacas. Al principio el terreno picaba suavemente para abajo para más tarde ganar en inclinación hasta el momento en que se cruzaba un pequeño arroyo y comenzaba de forma abrupta una nueva cuesta arriba. De acuerdo al plano facilitado por la organización, nos encontrábamos cerca del kilómetro veintiséis de carrera. Bruce, yo y otros seis participantes estábamos a punto de hacer una “excursión” que no entraba en los planes iniciales.

Seguíamos un estrecho sendero que llegado un momento determinado había que abandonar para, mediante un pequeño tramo de campo a través entre arbustos, alcanzar una nueva vía forestal. La señalización para salir del camino consistía en unas cintas de plástico puestas sobre la vegetación a nuestra derecha, cuando desde mi punto de vista lo correcto y más fácil de interpretar hubiera sido atravesar una cinta en el suelo del sendero para que lo abandonáramos. El caso es que alguno de los participantes que nos precedía no siguió el trazado correcto y siete más le seguimos.

Como las “desgracias” nunca vienen solas, tuvimos la mala suerte de que unos ciento y pico metros allá comenzara una descenso muy pronunciado, estrecho y con piedras grandes sueltas (similar al que habíamos negociado alrededor del kilómetro quince) en el que estabas más preocupado de no estamparte que de fijarte si seguías la ruta proyectada. Solo cuando al final de la bajada apareció una bifurcación en la que no había ninguna señal visible, fue cuando empezamos a pensar que nos habíamos equivocado.

Reconocer nuestro error suponía tener que volver a subir una cuesta de muy señor mío, por lo que los primeros que llegamos decidimos avanzar un poco por el camino de la izquierda a ver si con un poquito de suerte encontrábamos alguna señalización que nos indicara que estábamos en la ruta correcta. Algunos de los que nos habíamos juntado empezaron a reconocer la vía como una zona por la que ya habíamos pasado antes, hipótesis que nos confirmo una botellita de agua tirada (los hay maleducados) en un lateral. Total que resignados emprendimos la vuelta.

Cuando llegábamos a la base de la cuesta había allí dos jóvenes en sus motos de cross que, antes de que nos dirigiéramos a ellos, nos preguntaron:

- “¿Sois de la carrera?” Hombre, por las trazas que llevábamos y por el dorsal que todos portábamos no parecía muy difícil acertar. Asentimos en silencio.

- "Pues os habéis equivocado. No es por aquí. Los que están corriendo van por allí arriba" –dijo uno de los dos señalando unos riscos allá a los lejos-

Tras agradecerles su colaboración comenzamos a subir con cierto desánimo la cuesta que antes habíamos bajado a todo lo que daban nuestras piernas. A decir del forerunner de uno de los perdidos al retornar al punto donde nos habíamos equivocado, el recorrido extra que habíamos hecho rondaba los tres mil metros. A decir de mi reloj, entre pitos y flautas se nos habían ido unos treinta minutos en la maniobra de despiste. Por cierto, a nuestra vuelta nos encontramos con otros dos participantes que también se habían pasado el desvío y estaban a puntito de iniciar el descenso. Tuvieron suerte.

Cuestón tras superar el tercer avituallamiento (Foto: Arganzboy)
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6. LO PEOR

Retomado el trazado correcto, enseguida alcanzamos el avituallamiento líquido del kilómetro veintisiete desde donde quedaban los últimos tres kilómetros de subida (hasta Risco Alto) de la prueba. Bruce me dijo entonces que tirara hacia delante yo solo porque iba más rápido que él en las subidas. Así lo hice, aunque nunca llegué a sacarle más de doscientos o trescientos metros. Se atravesaba primero una zona húmeda y sombría entre pinos junto un arroyo (creo recordar), luego una pradera, más tarde se seguía una vía forestal y finalmente unos centenares de metros campo a través bordeando un nuevo pinar hasta alcanzar Risco Alto. Esta era la última cima que se coronaba. A partir de entonces, salvo algunos repechos de no mucha importancia, todo era un descenso "agradable" hasta San Lorenzo de El Escorial.

La primera parte de la bajada llegaba hasta las faldas de Abantos, concretamente hasta el que había sido el avituallamiento del punto kilométrico once que ahora repetía en el treinta y tres. En esta primera fase se podían diferenciar tres subtramos. El primero se desarrollaba por un canchal bastante incómodo en el que lo mejor era buscar los laterales. El segundo subtramo más divertido y cómodo de transitar, discurría por un camino que serpenteaba para evitar rocas, árboles y alambradas. El tercero y último era un nuevo trozo de vía forestal con el que se alcanzaba el avituallamiento.

Sin duda alguna los seis kilómetros que separaban el quinto del sexto avituallamiento fueron los más sufridos de mi debut "maratonianomontañero". Y la “excusa mental” para esa debilidad fue el error que habíamos cometido al salirnos del trazado. ¡No paraba de darle vueltas a la cabeza! Lo peor par mí no era el hecho de haber tenido que completar una distancia de propina, sino la torpeza de haberme equivocado y, sobre todo, el volver a la competición en un lugar que no correspondía a la carrera que estaba haciendo. Antes del despiste estaba en una parte del “pelotón” en la que unos metros delante o detrás siempre tenía a un contrincante cerca. Ahora el número de participantes a los que podía tener a la vista era mínimo o incluso cero. También influyó perder la compañía de Bruce, pero aunque no lo veía, estaba seguro que no podía venir muy lejos.

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7. EL FINAL

El último avituallamiento con sólidos me lo tomé con calma. Mientras repetía mi nueva dieta de quesitos con almendras, departí con los voluntarios sobre como estamos viendo la carrera ellos desde su lado y yo desde el mío. En este tiempo a Bruce le dio tiempo a llegar y a avituallarse y, junto con otro participante que también había formado parte de aquel grupo de perdidos, partimos los tres en busca del monasterio.

La ladera de la montaña cubierta de pinos por la que se descendía entonces si me era conocida pues por allí habíamos retornado a San Lorenzo un año y pico antes tras haber finalizado la Travesía de la Cumbres Escurialenses. Era un tramo muy agradable y muy disfrutón, sobre todo la zona de las interminables “revueltas” (quince creo que conté). Precisamente a la salida de una de las curvas me despisté, tropecé con una raíz y me fui al suelo de morros. El guarrazo solo se saldó con un corte en la palma de la mano derecha.

Superado un último repecho en el que tuvimos que volver a andar, llegamos al avituallamiento del kilómetro treinta y nueve. El maratón estaba prácticamente concluido. El tránsito por las calles de San Lorenzo desandando (perdón, descorriendo) el mismo camino hecho casi seis horas atrás fue un subidón anímico. Con las vías prácticamente desiertas, las palabras de ánimo y las sonrisas de los voluntarios se agradecían sobremanera. Todos ellos estuvieron de diez a lo largo de toda la prueba.

La clasificación final dice que alcancé la meta en 5h 54min 25seg y que ocupé el puesto 152 de los 198 llegados. Pero eso es lo de menos.

El recorrido de la prueba larga
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7. RESUMIENDO

La Montaña Solidaria resulto ser, en sus dos versiones, una carrera de montaña muy corrible, con muy pocos tramos de exigencia técnica, de preciosos y variados paisajes, con muchas zonas para disfrutar y divertirse y, como consecuencia de todo ello, una excelente oportunidad para iniciarse en esta modalidad. Además hubo suerte y finalmente las condiciones meteorológicas acompañaron con un cielo muy cubierto, sin lluvia y una temperatura bastante agradable.

La organización fue buena en carrera pero muy mejorable en todo lo que la rodeo. Me explico. Los avituallamientos estuvieron bien ubicados, muy bien atendidos y fenomenalmente surtidos. El recorrido estuvo bastante bien balizado, salvo en mi opinión en el punto en que he indicado que unos cuantos corredores nos perdimos. Todas las personas que nos atendieron a lo largo de la prueba desde la entrega del dorsal hasta el avituallamiento en meta, pasando por los de los puntos de avituallamiento intermedios y los que se encontraban en los desvíos de algunos caminos, hicieron una labor excepcional.

En cuanto a los aspectos a mejorar, el primero debería ser la información previa de la carrera. Hasta apenas cuatro días antes de la celebración era muy escasa por no decir casi nula. A modo de ejemplo, ni se tenían los perfiles de ambas distancias ni la ubicación de los puntos de avituallamientos. Esto es especialmente grave cuando se está hablando de una carrera de montaña. Aunque menos importante, también sería mejorable la señalización de los puntos kilométricos (no digo de todos, pero a lo mejor cada cinco kilómetros) y que los que se indicaran coincidieran con la distancia real.

Por último hacer referencia a que la prueba se anunciara como solidaria, incluyendo incluso el adjetivo en la denominación del evento. Señores organizadores, que de los veintiocho euros (creo recordar) que me costó la inscripción, uno de ellos se destine a fines solidarios creo que no otorga el derecho a tal denominación. No queramos vender una cosa como algo que no lo es.

Pero no es solo la organización la que debe mejorar. También sería necesario que algunos de los participantes se concienciaran de que en las carreras por montaña no se pueden tirar las botellas, envoltorios, envases, etc… allá donde a cada uno le venga bien. Por favor un poquito, solo un poquito de civismo y educación.

Dicho todo esto, pienso que si a esta carrera se la cuida un poco más en los detalles, se la da continuidad, se consigue cierta implicación de los lugareños y se mejoran ciertos aspectos, puede convertirse en una prueba de referencia en los próximas ediciones. Ojalá sea así.

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8. SALUTACIONES

Durante la carrera coincidí en varios tramos con el incansable Yohney. Al parecer tuvo algunas molestias estomacales durante la prueba, pero la acabó felizmente. Creo que era su quinto maratón en lo que va de año, amén de un sinfín de pruebas más ¡Una pasada! Enhorabuena.

En la meta pude saludar y conversar con algunos integrantes de la Paquetería (Corredor de Cañamares, Silvestre, Gebrelayos y Canillas) y con Garabitas. ¡Que buen rollo irradian y que bien se lo pasan siempre!

También un recuerdo (pero sin mariconadas) para Bruce con el que ya no sé cuantas carreras he corrido y que completó también su primer maratón de montaña. Este año con el Rock'n Roll Madrid Marathon, los 100 kilómetros en 24 hora de Corricolari y La Montaña Solidaria ya ha cumplido con creces

Y para acabar, mi agradecimiento a todos los lectores que hayan llegado hasta este punto de la crónica. ¡Que aguante tenéis!

Sed felices

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Bajando Abantos (Foto: Arganzboy)
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jueves, 18 de octubre de 2012

Camí de Cavalls (5): Cala Tirant - Binimel-là

Vista del Camí justo pasada Punta Ferragut
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- Longitud: 9.600 metros
- Salida: Cala Tirant / Llegada: Binimel-là
- Tiempo estimado recorrido andando con parada en puntos interesantes: 4 horas
- Dificultad: Media
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Esta etapa del Camí de Cavalls discurre por la que posiblemente sea una de las zonas mejor conservadas del litoral de la isla menorquina. Es un tramo de gran riqueza geológica, de notable interés ornitológico y que se ubica en un área declarada por la Unión Europea como Lugar de Importancia Comunitaria (LIC) y Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA).

En lo referente a la vegetación, destaca la presencia de socarrels, flora endémica de la isla fácilmente reconocible. Se trata de arbustos en forma de almohadilla o semiesférica, con ramificación muy espesa y muy espinosa y cuyo tamaño depende de la variedad de la que se trate (hay identificados cinco tipos diferentes). Reciben su nombre por el aspecto de achicharrados, "socarrats" en menorquín, que presentan debido al efecto de los vientos procedentes del mar.

En líneas generales, el firme de la etapa es bueno: tierra, arena al cruzar las playas y un pequeño trozo de asfalto. El perfil es más exigente de lo que podría pensarse, pues en toda la parte del trayecto que se dibuja junto a la costa, se suceden continuas cuestas ascendentes y descendentes.

Socarrels (y otras "hierbas") junto a Cala Tirant

El comienzo del itinerario está en la entrada a Cala Tirant, playa que se encuentra situada en la urbanización conocida como Platges de Fornells. Está divida en dos partes. La playa pequeña, primera que se alcanza, no mide más de 70 m de longitud y presenta un pequeño campo de dunas estabilizadas con vegetación. Superada una escalera/pasarela de madera desde la que se tienen unas bonitas vistas del entrante de mar entre las puntas Llarga y Negra, se alcanza la playa grande, con unos 400 m de largo y 90 m de ancho. Esta parte más amplia de Cala Tirant presenta normalmente importantes acumulaciones de posidonia (algas) en su orilla. Además tiene un extenso campo de dunas tierra adentro que se encuentra actualmente en regeneración y en su extremo occidental se localiza un humedal conocido como Binidoaire, salida natural de las balsas de Lloriac.

Se abandona Cala Tirant (p.k. 0,75) por una cuesta de gran pendiente y suelo de hormigón rodeada de socarrels. Desde allí una bajada de aproximadamente un hectómetro por el Camí de Cala Tirant, una vía amplia de tierra que permite el acceso en coche hasta las cercanías de la playa y hasta la pequeña urbanización levantada en su ladera occidental, se continua de una subida de casi quinientos metros por otra amplia pista similar a la anterior también utilizada para poder llegar a las distintas viviendas ubicadas en la zona. Recorrido kilómetro y medio desde el comienzo de la aventura, se toma un estrecho camino que sale a la derecha y que nos ha de llevar de vuelta a la línea costera.

Cala Tirant (playa pequeña) desde la pasarela

Los aproximadamente 2.200 metros siguientes discurren junto al litoral, asomándose en balcones naturales con “barandillas” de madera a las calas para luego bajar hasta ellas. Las varias playas que se visitan son parecidas: tierra oscura, piedras, muy estrechas (pues prácticamente junto al mar nace siempre una ladera empinada) y vírgenes. La más importante en cuanto a tamaño es la de Es Macar Gran, situada justo pasada Punta Negra.

El sendero en esta zona es angosto, con superficie principalmente de tierra y alguna piedra, fácil de negociar en general, aunque exigente por los continuos toboganes que te llevan hasta el nivel de mar y vuelven a hacerte ascender de forma inmediata. Las vistas que se tienen desde los puntos elevados son de gran belleza. La vegetación prácticamente es inexistente junto al mar, apareciendo pequeños arbustos (sobre todo socarrels) cuando el camino se interna unos metros tierra adentro. No se ve ni un árbol.

Cuando se llevan recorridos poco más de cuatro mil metros desde el inicio de la etapa, el Camí comienza internarse tierra adentro en dirección a los restos arqueológicos de la ciudad romana de Sanitja.

Camino de Punta Negra

Este nuevo tramo tiene apenas alrededor de ocho hectómetros de longitud. Su perfil es prácticamente llano y se hace por un camino serpenteante, con buena superficie y flanqueado a sus lados por algunos pinos y por vegetación de monte bajo como el brezo y los socarrels. A su final se llega a un espacio abierto donde se encuentran las ruinas de la ciudad romana de Sanitja. Supongo que los restos tendrán una gran importancia histórica y arqueológica, pero para un lego en la materia como es mi caso, la verdad es que el emplazamiento no tiene ningún interés especial.

Se sale entonces a una carretera estrecha y con el asfalto en no muy buen estado (CF-3) que hay que tomar en dirección sur (o lo que es lo mismo, a la izquierda). Hago aquí un inciso para recomendar a aquellos que no tengan prisa y que no les importe hacer unos cuantos kilómetros más, que visiten el Cap de Cavallería. Para ello deberán seguir la misma carretera pero en sentido contrario durante aproximadamente unos dos mil quinientos metros.

El Cap de Cavallería es un área declarada por la Unión Europea Lugar de Importancia Comunitaria (LIC) y Zona Especial de Protección para las Aves (ZEPA). En su extremo se encuentra el faro de Cavallería que con una altura de unos quince metros, es uno de los más antiguos de Menorca (1854-1858) y el último del archipiélago balear en funcionar con vapor de petróleo a presión. Allí los acantilados sobre el Mediterráneo alcanzan alturas de hasta noventa metros. Desde las inmediaciones del faro si se mira hacia el mar se podrá contemplar las Isla des Porros, mientras que si se gira la vista tierra adentro se tendrá una buena panorámica del bello Puerto de Sanitja.

Faro de Cavallería (www.vistoyvivido.blogspot.com)

Volviendo a lo que es la ruta propia del Camí de Cavalls, desde las ruinas de la ciudad romana de Sanitja y dejando a la izquierda el Ecomuseo Cap Cavallería, se continúa por la CF-3 durante mil trescientos metros hasta llegar a la entrada del aparcamiento de la Platja de Cavallería. Se entra entonces en un camino de tierra rojiza con bastantes piedras que desciende durante poco más cuatrocientos metros hasta el comienzo de una escalera de madera que permite prolongar la bajada hasta la arena de la playa. Se llevan a esta altura completados seis mil quinientos metros del total de los nueve mil seiscientos que componen la esta etapa y lo que queda por venir es, desde mi punto de vista, lo más bello de la misma.

La conocida con el nombre de Platja de Cavallería se trata en realidad de un conjunto de dos playas que forman una doble concha: la de Cavallería y la de Ferragut. Tiene una longitud aproximada de 450 metros y una anchura de 22 metros. Está rodeada de acantilados de altura media y en su parte posterior existe un sistema dunar con escasa vegetación. En el extremo oriental hay una zona donde los visitantes suelen realizar baños de arcilla roja.

Por la arena de la playa solo se transita hasta el final de la primera concha, pues desde allí el Cami de Cavalls asciende abruptamente hasta alcanzar Punta de Ferragut. Desde este punto y hasta la Platja de Binimel-lá se trasnsita por un sendero estrecho que discurre serpenteante por la ladera de la montaña justo al lado del mar. Es parecido al primer tramo de la etapa, pero en este caso la altura sobre el mar es mayor y las vistas más espectaculares. La vegetación se reduce a la mínima expresión y solo si se mira tierra adentro (a la izquierda para entendernos), pueden contemplarse algunos matorrales y monte bajo.

Restos de cabaña con vistas al mar junto a Cala Mica

A medio camino entre Platja de Cavallería y Binimel-lá, a unos mil seiscientos metros de la primera o lo que es lo mismo, en el punto kilométrico 8,100 de este itinerario, el camino vuelve a descender para desembocar la playa de Cala Mica. Con una longitud de 200 metros y una anchura de 40 metros, la playa es de grano medio con pequeños cantos rodados y presenta también forma de concha. En los laterales existen terrazas naturales bajo sus aguas que la hacen atractiva para snorkelear. No es fácil acceder a ella, razón por la que no es muy transitada, no tiene ningún tipo de servicio para sus visitantes y es un lugar elegido por los nudistas.

Cruzada Cala Mica, un nuevo "subeybaja" hasta otra pequeña cala solitaria. Desde ella comienza el ascenso a la mayor dificultad montañosa de la etapa: la Punta des Batle. Aunque no es de una altura muy destacada, si es cierto que se hace en muy poco terreno por lo que algunas rampas (sobre todo las finales) se hacen muy duras para negociarlas corriendo. Merece la pena detenerse en la cumbre y, de frente al mare nostrum disfrutar de la formidable panorámica. Al fondo, a lo lejos, la bella Cala Pregonda. A la izquierda, Binimel-lá, el fin de trayecto.

La bajada tiene una longitud de alrededor de unos mil metros. Al principio es un poco incómoda debido al desnivel, pero según se avanza la pendiente se atenúa y se hace muy llevadera. Así, dejándose llevar se alcanza la Platja de Binimel-lá.

Humedal en Binimel-là

Binimel-là es una playa natural, de arena gruesa y oscura mezclada con pequeños cantos rodados. Sus dimensiones son de 400 m de largo por 55 m de ancho. En ella existe un sistema dunar formado por vegetación de sujeción (garriga y arbustos) y una balsa regada por el torrente de Salairó, donde vive una comunidad de patos. Binimel-là se encuentra dentro del Área Natural de Especial Interés, ANEI nº 3.

Se pone aquí el punto final al tramo cinco del Camí de Cavalls, a nueve mil seiscientos metros que permiten disfrutar de la bella y abrupta costa norte menorquina. Recordad que gran parte de este itinerario discurre pegado a la costa y sin ninguna sombra, por lo que es recomendable (según la época del año) realizarlo pertrechado con el atuendo adecuado. Y no olvidéis respetar las zonas dunares en regeneración y dejar cerradas todas las barreras que crucéis a lo largo de la ruta para evitar que el ganado (si existiera) pudiera escaparse.






  
 
 
 

Trayecto realizado el 12.08.2012

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martes, 16 de octubre de 2012

IX Medio Maratón Ciudad de Cantalejo

Saliendo bajo la lluvia (Foto: www.elnortedecastilla.es)
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La del domingo fue una esplendida mañana para la práctica del atletismo en Cantalejo y alrededores. Escasos diez graditos de temperatura, lluvia fina y persistente, y viento incómodo que estampaba las gotitas contra tu cuerpo a mala leche. Vamos, que para que la fiesta hubiera sido completa faltó que los atentos lugareños de la zona nos hubieran apedreado al paso por sus respectivas poblaciones o que nos hubieran soltado una jauría de perros para darle más emoción al cotarro.

El IX Medio Maratón Ciudad de Cantalejo no es una carrera que tenga mucho que contar, así es que por una vez y sin que sirva de precedente seré breve. O casi.

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LA CARRERA

Comenzaré con el recorrido. Aunque se denomine de Cantalejo, por el casco urbano de esta localidad segoviana solo se desarrolla poco más del 10% del medio maratón. Eso sí, allí se sitúan la salida, el paso intermedio y la meta de la prueba. Se trata de dar dos vueltas a un circuito en forma de triángulo con sus vértices en las poblaciones de Cantalejo, Aldeonsancho y Sebulcor. De las tres, la única que es atravesada por el trazado es la primera, pues en el caso de Sebulcor solo se “toca” de refilón a las primeras casas y a Aldeonsancho ni se llega. Con todo esto os podéis imaginar que la práctica totalidad de la competición se desarrolla por las carreteras que unen estos tres lugares.

El primer lado de este triángulo se extiende entre Cantalejo y Aldeonsancho. Tiene una longitud aproximada de 3.600 metros y en líneas generales pica ligeramente hacia abajo. Además de ser el más cómodo de los tres en cuanto a perfil, también fue el más favorecido por el viento pues en esa parte soplaba a favor. El segundo lado es el que une Aldeonsancho con Sebulcor. Con unos 2.200 metros de largo, es el más corto de los tres. Inicialmente es bastante llano aunque se inclina hacia arriba ligeramente según se acerca a territorio sebulcorano. En este parte del circuito el viento y la lluvia castigaban el flanco izquierdo. Por último, el tercer lado nacía en Sebulcor y finalizaba en el casco urbano cantalejano. Sin lugar a dudas era el más puñetero pues, además de ser en tendido pero continuado ascenso, el viento soplaba de frente. Su longitud ronda los 3.000 metros.

Salvo el paso por la Plaza del Ayuntamiento de Cantalejo, junto a la iglesia de San Andrés, el recorrido tiene un atractivo nulo. El conjunto paisajístico está formado por rectas de asfalto interminables y extensas llanuras sin ninguna gracia, salpicadas en las proximidades de la carretera por naves pertenecientes a explotaciones agropecuarias (o al negocio de las lapidas, según rezaba el rotulo que una de ellas tenía en su fachada).

La organización estuvo muy bien. Junto con el dorsal y el chip entregaron una bolsa del corredor con una camiseta, una toalla moderna de esas tipo balleta de cocina y un brazalete para radio/móvil. Hubo los avituallamientos previstos cada cinco kilómetros e incluso alguno adicional. La longitud del circuito estaba homologada y los puntos kilométricos señalados con un pequeño cartelito en la cuneta de la carretera. La medición del tiempo total se hizo mediante sistema de chip (también control intermedio). Hubo carreras para niños y comida posterior para los participantes. Y una cosa muy importante en este tipo de carreras: ningún vehículo rodado invadió el recorrido, el cual estuvo cortado totalmente al tráfico y controlado por la policía local y la guardia civil.

La animación, dada la tipología del trazado, fue prácticamente nula en todo el recorrido a excepción de las seis o siete personas que estaban en la curva de Aldeonsancho, las tres o cuatro en la puerta de un establecimiento hostelero en Sebulcor y las decenas de cantalejanos que se repartían por las calles de la localidad. En cualquier caso y dado las condiciones meteorológicas que tuvieron que soportar, se agradecen y mucho sus ánimos y aplausos.


El número de participantes fue más que suficiente para no encontrarse nunca solo en carrera (por lo menos al ritmo que yo llevé). De los 335 inscritos no tomaron la salida 22, abandonaron 21 y finalizamos 292.

Primera vuelta (Foto: www.elnortedecastilla.es)
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MI GEMELO

Llegaba a este medio maratón sin unas ganas excesivas y con el gemelo derecho bastante tocado. Las molestias habían aparecido tras la carrera de montaña de Somosierra de la semana anterior y, como no le había dado los cuidados necesarios, pues lógicamente habían ido a peor. A esto hubo que añadir que según se acercaba la hora de inicio de la carrera cada vez tenía menos ganas de correr. ¿Por qué iba a abandonar el cómodo refugio que me ofrecía el habitáculo de mi coche si fuera el viento soplaba de lo lindo, la lluvia no cesaba de caer y hacía “frio” (relativo y comparado con la buena temperatura de jornadas previas)? ¿Qué ganas tenía yo "de sufrir y de sufrir"? Aguanté allí hasta que ya solo quedaban cinco minutos para el comienzo de la prueba. Entonces me puse el chubasquero/cortavientos y la gorra y con toda la pereza acumulada salí al espacio exterior y me dirigí a la línea de salida. En esos momentos previos al inicio, la lluvia caía con intensidad así es que empezamos la carrera calados y bien fresquitos.

Tras una señal de salida que no oí, me puse en marcha más despacio que de costumbre y pendiente en todo momento de mi pierna. Sentía el gemelo tenso y duro, como si fuera a darme un tirón de un momento a otro. La temperatura y el agua no hacían mucho por paliar esa sensación, pero tenía la esperanza de que fuera mejorando según avanzara la carrera. Al tran tran, sin mucho esfuerzo, fueron cayendo los primeros kilómetros. Sin embargo tras negociar a la altura de Sebulcor la curva que nos enfilaba dirección a Cantalejo hubo que empezar a poner cierto interés en el temita: la cuesta arriba no muy pronunciada pero si continuada y el fuerte viento en contra no resultaban buenos compañeros de viaje.

La primera vuelta se me había hecho larga, aburrida e incómoda. La mejor noticia era que el gemelo, como debió asumir que no le quedaba otra opción y que se iba a zampar si o si los 21.097 metros de rigor, parecía que había bajado su nivel de protesta. Gracias a ello en el segundo giro decidí aumentar la marcha y ponerme un poquito a prueba. Me ajusté la gorra, pinché a los Kings of Leon en el MP3, apreté los dientes, puse cara de velocidad, murmuré un “sevaamearlaperra” y me fui fijando pequeños retos para darle un poco de vidilla a la historia (ahora a por el de blanco, antes del próximo punto kilométrico tengo que llegar a aquel grupito, etc…) La verdad sea dicha, con estos simples incentivos el resto de la prueba se me hizo más corta y divertida. El problemilla es que me pasé un pelín de frenada y llegué a la meta muy justito de fuerzas en 1:38:09 por mi reloj (puesto 142 de los 292 llegados a meta).

Tras la carrera, además de chuparme el atasco de vuelta en la carretera de Burgos sentido Madrid, cuando la musculatura se fue enfriando el gemelo tomó cumplida venganza de mi comportamiento y empezó a quejarse a base de bien. El día después aun fue peor. La molestia se extendió a la curva posterior de la rodilla (hueco poplíteo creo que se llama) y trepó hasta el muslo. Total que aunque hoy he mejorado un poco, ando con la pierna más tiesa que la mojama. Es lo que tiene hacer el burro.

Lo próximo llega el sábado que viene con la Montaña Solidaria de San Lorenzo de El Escorial. Se puede elegir entre dos distancias. En principio lo normal es que opté por la corta (20 kilómetros) pero ¿y si me da el tabardillo y me atrevo con los 42 kilómetros? Ya veremos.

Sed felices.

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viernes, 12 de octubre de 2012

VII Medio Maratón de Montaña Solidaria de Madrid

En la parte más chunga (Foto: Arganzboy)
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1. Mi segundo debut

El pasado fin de semana tocaba poner a prueba el cuerpo en el VII Medio Maratón por Montaña Solidario de Madrid, mi segundo debut en la prueba tras participar por primera vez en la misma el año pasado. Si, habéis leído bien, mi segundo estreno en esta carrera. La explicación a la aparente contradicción es sencilla y os la expongo acto seguido.

En la edición de 2011 el evento en cuestión se desarrolló envuelto en una niebla tan densa que a partir de determinada altura (no mucha), no se alcanzaba a ver dos palmos más allá de las narices propias. Y que conste que yo jugaba con ventaja, pues mi nariz es de un tamaño considerable…pero eso es otra historia. El caso es que exceptuando aquellas zonas más próximas a la base de la montaña, durante el resto de la carrera apenas se pudo vislumbrar el camino por el que transitaba la competición y mucho menos divisar un ápice del entorno natural en que estábamos inmersos.

Sin embargo este año el día de la prueba amaneció totalmente despejado y con un sol radiante, pudiendo los que allí nos dimos cita disfrutar del hermoso paisaje que nos rodeaba y contemplar en toda su extensión, longitud y pendiente las cuestas que teníamos que meternos entre pecho y espalda.

La consecuencia de esta gran diferencia en las condiciones meteorológicas reinantes en uno y otro caso fue que, a pesar de mantenerse el trazado sin ningún cambio (creo), la carrera de este año no se pareció absolutamente en nada a la celebrada doce meses antes ¡Fue como quitarse unas gafas que solo te dejaran ver hasta cinco metros de distancia! De ahí mi afirmación inicial de que debutara por segunda vez en el medio maratón somoserrano.

De hecho y para reforzar mi idea, si tenéis las ganas y la paciencia de comparar el rollo que os voy a contar a continuación con la crónica (también rollo) que escribí con ocasión de mi experiencia en 2011, es muy posible que encontréis no pocas diferencias e incluso alguna contradicción entre ellos.

Esperando el disparo de salida (Foto: Organización)
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2. Del cero al seis

En esta ocasión el Medio Maratón por Montaña Solidario de Madrid tenía lugar varias semanas antes que el año pasado, mientras que la hora de salida se había retrasado en treinta minutos (a las 10:30h en lugar de a las 10:00h). El cambio de fechas lo hizo coincidir con el Cross de la Pedriza, otra carrera de montaña que tiene lugar en la comunidad madrileña. Esta circunstancia no repercutió sin embargo en el número de participantes, posiblemente porque dadas las claras diferencias existentes entre una y otra prueba (más dura y técnica la de La Pedriza), los públicos a los que iban dirigidas eran muy diferentes.

Esta vez se mejoró el proceso de entrega de dorsales y no se formó la cola del año pasado. Así los poco más de cuatrocientos atletas montañeros y aprendices de montañeros estábamos a la hora señalada esperando el disparo de salida. Una vez sonó, todos nos pusimos en marcha hacia las primeras rampas.

Los seiscientos metros iniciales los recordaba bien. Se trataba de un camino estrecho de pronunciada pendiente, “techado” por las ramas de los robles que nacían en sus márgenes y con una capacidad muy limitada para absorber al pelotón de corredores al que todavía no había dado tiempo a estirarse. En su comienzo el firme presentaba una capa de hormigón, pero enseguida se convertía en un camino de tierra cruzado por varios riachuelos que no contenían su caudal y enfangaban parte del terreno. En esta ocasión contábamos con la ventaja (supongo que debida al adelanto en las fechas de celebración) de que las hojas de los árboles todavía no habían caído de las ramas, por lo que las “trampas” del camino (piedras, ramas, agujeros, etc…) eran visibles y por tanto fáciles de esquivar.

Al alcanzar el final de esta primera dificultad, se salía a campo abierto para entrar en una pista forestal amplia que permitía ir buscando posiciones más acordes al ritmo de cada uno y que nos llevaría hasta el primer avituallamiento ubicado alrededor del punto kilométrico 4,500. En una primera parte esta pista alternaba pendientes bastante considerables, unas veces hacia arriba y otras hacia abajo, destacando entre las primeras dos subiditas con el piso hormigonado que me obligaron a echar pie a tierra y recorrer algunos metros andando. Justo tras finalizar la segunda de ellas se alcanzaba un pinar a partir del cual el perfil era en continuo ascenso (salvo algún pequeño respiro) relativamente llevadero a excepción de las curvas en forma de revuelta que había que negociar.

Llegado al primer avituallamiento, mis sensaciones eran muy positivas. Tenía la impresión de que la distancia se me había hecho más corta que el año anterior y la certeza de que había tenido que andar bastante menos que en mi otro debut.

Apenas cincuenta metros más allá, una cinta atravesada en el suelo nos indicaba que debíamos abandonar la pista y girar a la derecha tomando una especie de sendero de bastante inclinación que trepaba por la ladera de la montaña en línea recta. En la pasada edición cuando uno encaraba este tramo no sabía lo que le esperaba: la niebla cubría todo y solo tenías la opción de subir y subir hasta que aquello se acabara. Esta vez no era así. Si uno miraba hacia el frente podía ver perfectamente lo que le quedaba por delante. Cerca de mil metros de gloriosa subida en los que cálculo se debían superar algo más de doscientos metros de desnivel positivo. Y todo ello del tirón, sin ningún descanso.

Sin duda el conocer y esperar esta dura subida de antemano me ayudo a negociarla con solvencia, mejor que muchos de los contrincantes que llevaban hasta entonces un ritmo similar al mío. Al final del cuestarrón, aún se recorrían unos hectómetros adicionales en ligera subida y campo a través antes de reincorporarnos a un nuevo tramo de pista forestal. Así a ojímetro debíamos haber completaddo cerca de seis mil metros desde la salida.

Llegando a las Tres Provincias (Foto: organización)
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3. Del seis al trece

Desde este punto y hasta la cumbre de las Tres Provincias, punto más alto de la prueba, todo resulto ser “nuevo” para mí. El año pasado en esta zona era donde mayor densidad alcanzaba la niebla, tanto que a veces uno llegaba a tener dudas de si subía o bajaba. Esta vez era diferente. Con una visibilidad perfecta, el paisaje era digno de admirarse y uno tenía constancia de la altura que habíamos tomado viendo la A-1 allá abajo semioculta entre montañas.

Calculo que durante poco más de dos mil metros seguimos ascendiendo por pendientes más o menos llevaderas que pude superar corriendo, salvo en el caso de dos rampas no muy largas pero si lo suficientemente empinadas como para preferir completarlas en el "tren de San Fernando". Precisamente al llegar al final de la segunda, una nueva cinta de plástico cruzada sobre la tierra de la pista forestal nos indicaba que debíamos abandonar la misma y comenzar un pequeño tramo de campo a través. Después de unos doscientos cincuenta metros se llegaba a la cumbre de la Tres Provincias y al avituallamiento que allí se ubicaba.

Mientras degustaba un trozo de barrita de cereales y un vaso de agua, me tomé unos segundos de disfrute y análisis. A 2.129 metros de altitud me di una vuelta de 360ª sobre mi mismo para contemplar una panorámica de las vistas que se tenían desde la cima, aquellas que en la edición anterior me quedé con ganas de ver debido a las adversas condiciones meteorológicas. También aproveché para hacer un rápido balance/chequeo mental. Me había encontrado con fuerzas durante toda la subida y había echado a andar en menos ocasiones que el año anterior. No tenía referencia en cuanto a los tiempos empleados pero si me había sentido cómodo y había andado menos, lo lógico es que mi marca fuera hasta ese momento mejor a la de mi anterior participación.

Por último y antes de reemprender la marcha, me descalcé y me coloqué correctamente los calcetines que estaban retorcidos y arrugados. Esto ya me ocurrió en la pasada Carrera de Montaña de las Dehesas, así es que me temo que esos calcetos no volverán a acompañarme en ninguna otra carrera de montaña. Estos quehaceres me llevaron un tiempo considerable que me hizo perder no pocas posiciones. No era mayor problema, había tiempo y espacio suficientes para recuperarlas.

Desde el punto kilométrico 8,500 al 13,000 (siempre aproximadamente) se extendía un largo descenso que pasaba por distintas fases. La primera era la más difícil de gestionar. De pronunciada pendiente, su superficie estaba cubierta en gran parte de piedras sueltas de tamaño considerable que amenazaban con hacerte dar con tus huesos en el suelo al menor despiste. En la segunda parte la piedras desaparecían y entre la cuestas abajo se intercalaban pequeños llanos e incluso alguna subida que hacían trabajar más de lo necesario. Por último, en su última fase la bajada recorría una especie de cortafuegoscon un piso un tanto incomodo de transitar. Con la experiencia de la edición anterior y con el fin afrontar el resto de la competición con garantías de éxito, durante todo el descenso no me cebé en ningún momento y no hice ningún gasto extra, reservando todas las energías que me fue posible.

Por la pista forestal antes de iniciar el útlimo descenso (Foto: Organización)

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4. Del trece hasta la meta

Al final de la bajada se entraba en una nueva pista forestal que ya no abandonaríamos hasta prácticamente la llegada a meta. Los siguientes cuatro mil metros eran de una subida tendida pero continua y machacante. Recordaba que aquí es donde más había sufrido el año anterior, teniendo que echar andar en más de una ocasión. Esta vez con las fuerzas más enteras, el objetivo era no parar de correr, así es que puse una marcheta que fui adaptando a las circunstancias y al terreno. La estrategia debió ser la correcta pues adelanté bastantes posiciones y solo anduve unos metros para mojarme tranquilamente el gaznate con el agua del bidón que porté a mi espalda.

Unos hectómetros antes de culminar el tramo de ascenso, transitamos por el tercer punto de avituallamiento, que en realidad era el primero pero tomado en sentido contrario. Solo quedaba ahora desandar los casi cinco primeros kilómetros de carrera.

Este último tramo en descenso presentaba en su inicio un desnivel pronunciado y curvas cerradas. Con lo que llevábamos ya a nuestras espaldas, las patas andaban un poquillo cascadas y no resultaba muy cómodo tener que ir reteniendo la marcha, pero sin duda personalmente seguía yendo con mejores sensaciones que en 2011. Recuerdo como en aquel entonces las piernas estaban rígidas, sin amortiguación, y cada zancada acababa con un zapatillazo contra el suelo que me repercutía por todo el cuerpo.

Un poco más adelante, llegando al pinar al que hice referencia casi al principio de la crónica cuando hablaba de los kilómetros iniciales del medio maratón, la bajada se suavizaba e incluso se alternaba con alguna cuesta arriba no muy larga pero si fastidiada. Es curioso como cuestas que bajas al principio sin fijarte en ellas y sin darlas ninguna importancia, se convierten en auténticos muros cuando tienes que subirlas veinte kilómetros después. Superada ya la última dificultad, se entraba en el pasillo arbolado del principio y se enfilaba hacia la línea de meta. Por allí miré mi reloj y me llevé una grata sorpresa: o me pegaba un piñazo en los últimos metros o iba a rebajar con claridad el tiempo conseguido en la anterior edición. Con esa buena nueva crucé bajo el arco hinchable de la llegada (por cierto, lo hice agachado porque en esos momentos el arco se estaba cayendo) posiblemente con las mejores sensaciones con las que nunca he acabado ninguna carrera de montaña.

Tras entregar el chip, crucé la antigua carretera nacional y me dirigí al frontón cubierto donde ofrecían líquido (caldo y agua) y comida (tortilla de patatas, rodajita de salami y rosquillas) para reponer fuerzas.

Resumiendo, una prueba no muy dura, con baja dificultad técnica, cerca de Madrid capital, con buen ambiente, bien organizada y con bellos paisajes. Pintiparada para aquellos que se quieran iniciar en la carrera de montaña.

Avituallamiento final (Foto: Arganzboy)
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5. Despedida y cierre

Tres apuntes antes de despedirme. Acabé más que harto del bidoncito de agua a la espalda. Mira que me apretaba fuerte el portabidones alrededor de la cintura, pero nada, a los pocos segundos comenzaba a trepar tripa arriba hasta colocárseme cerca de los sobacos. ¿Alguien conoce alguna solución para evitar esta circunstancia?

Segundo apunte. Los kilométros no estuvieron señalizados y, como ya sabéis, yo no llevo "gromenauer" que mida distancias. Por ello cuando a lo largo de la crónica hago referencia a algun punto kilométrico o a la longitud de un tramo, tened en cuenta que lo estoy haciendo con buena voluntad pero a ojo de buen cubero.

Por último decir que completé el medio maratón en un tiempo neto de 2:09:05, ¡Siete minutos y dos segundos menos que en 2011! Pero lo mejor llegó cuando al día siguiente vi la clasificación: ocupé el puesto 44 de un total de 404 llegados a meta. Vamos, que estoy por enmarcar la clasificación y colgarla en la pared del salón entre el Picasso y el Gauguin.

Sed felices.



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En capítulos anteriores...

VI Medio Maratón de Montaña Solidario de Madrid (2011)

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viernes, 5 de octubre de 2012

XVII Medio Maratón Popular “Villa del Tratado de Tordesillas”

Refrescándose al paso por el kilómetro 15 (www.elnortedecastilla.es)
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Después de casi dos semanas desde su celebración, acabo de parir mi visión del XVII Medio Maratón Popular “Villa del Tratado de Tordesillas”. A decir verdad me ha costado bastante. No tenía ganas de escribirla. He tenido que sentarme muchas veces delante del ordenador para acabar un texto que me pareciera medio decente para ser publicado.

No es que la carrera fuera desaconsejable, en absoluto: la organización fue buena, el recorrido tan feo o tan bonito como muchos otros medios maratones que tienen lugar en localidades pequeñas, la animación y el público impresionante las veces que se pasaba por el núcleo urbano, y el nivel y el ambiente atlético muy destacados. Sin embargo se juntaron una serie de aspectos que hicieron sufrir más de lo necesario a algunos participantes y que, al verlo, hicieron pasar por mi cabeza ciertas reflexiones. Y que conste que ya somos todos adultos, que conocemos (o deberíamos conocer) donde están nuestros límites y sabemos a lo que nos exponemos. Pero aún así me quedó un poso un tanto amargo. En fin, que no me quiero poner aquí en plan filosófico. Vamos al grano.

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Sábado veintidós de septiembre de dos mil doce. En Tordesillas, provincia de "Vaolid" (como decía Atilano, natural de Ataquines y conserje años ha de la finca donde todavía viven mis padres), se disputaba el XVII Medio Maratón Popular “Villa del Tratado de Tordesillas”. Este año la prueba servía también como Campeonato de España de la modalidad, así es que por allí estaban la flor y nata del panorama atlético nacional en lo que a larga distancia se refiere. También estaba yo y algunos más como yo, supongo que para compensar la balanza.

Era mi participación número ciento veinte en la distancia semifilipideica. Pues bien, puedo prometer y prometo que nunca había visto que un medio maratón causara los estragos en los participantes que provocó éste. Más aún cuando muchos de los más afectados fueron corredores sobradamente preparados y con muy buenas marcas, pero que seguramente arriesgaron y se vieron sorprendidos por las circunstancias.

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Llegué a Tordesillas con dos horas de antelación al inicio de la carrera, previsto para las 18:00 horas. Pensaba hacerlo más tarde pero la misma mañana sabatina, leyendo el reglamento de la prueba, me di cuenta que los dorsales se recogían en la feria del corredor hasta las 16:30 horas. Como no hay mal que por bien no venga, pude así hacer un poco de turismo dándome un paseo por la localidad vallisoletana. Descubrí las estrechas calles de su casco histórico, su bella plaza mayor, las vistas del Duero, sus iglesias (por fuera, porque a esas horas estaban cerradas) y las denominadas Casas del Tratado, dos palacetes unidos donde parece ser que se llevaron a cabo las negociaciones entre Castilla y Portugal que culminaron en la firma del famoso Tratado de Tordesillas en 1494. En el interior de éstas últimas se ubicaba la feria del corredor.

Abro aquí un paréntesis en la crónica de la carrera para hacer una pequeña reflexión acerca del concepto “feria del corredor”, término que tan en boga parecer estar en los últimos tiempos. Ya casi no hay prueba atlética que se precie que no incluya este aliciente en su oferta. Es algo parecido a cuando en aquellas fiestas de discotecas de mi adolescencia se anunciaba aquello de “primeras marcas, guardarropa y autobuses gratuitos al centro”. Bueno, yendo al grano que si no acabaré en los cerros de Úbeda en lugar de en los campos de Tordesillas, que lo que en numerosas ocasiones se anuncia como una feria del corredor es en realidad y como mucho una “caseta del corredor”. Salvo que ya hubieran recogido parte de la misma o que en mi despiste habitual pasara de largo sin verla, la feria del medio maratón tordesillano estaba compuesta por un listado con los nombres y el número de dorsal de los participantes pegado en una pared y, junto a la pared opuesta, unas mesas donde unas amables voluntarias entregaban dorsal, chip, imperdibles, bolsa y camiseta. ¿Feria o "caseta" del corredor? Cierro paréntesis.

Estuve dormitando un rato en el coche mientras escuchaba la radio, hasta que a falta de diez minutos para la hora de inicio lo abandoné y me dirigí a la salida previa micción de rigor. A tenor del calor veraniego que hacía (alrededor de 28ºC) y de cómo pegaba Lorenzo, alguien no se había dado cuenta de que solo unos minutos antes habíamos entrado en el otoño. Visto el percal y teniendo en cuenta que desde la Lezamako Mugetatik ando un poco más cansado de lo que es normal, el planteamiento era sencillo: salir despacito e ir acelerando o no en función de cómo me fuera encontrando.

Abandonando Tordesillas al principio de la carrera (www.elnortedecastilla.es)
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El disparó que daba inicio a la prueba sonó de forma puntual y los aproximadamente quinientos cincuenta participantes nos pusimos rápidamente en marcha. La salida fue espectacular en cuanto a animación. Los primeros hectómetros de ligera subida por la Avenida de Valladolid estaban perfectamente vallados y la gente se agolpaba en gran número a ambos márgenes de la calle aplaudiendo, animando y tomando fotos. Ciertamente fue una verdadera gozada.

Enseguida se giraba a la izquierda para tomar la Avenida de Portugal y, en pronunciada bajada, buscar el puente sobre el río Duero. Desde allí se seguía por la carretera a Salamanca, en un "idayvuelta" de unos dos mil metros totalmente llanos que nos devolvía de nuevo a las puertas casco urbano. La nota simpática en este inicio de carrera la puso la pareja de recién casados y algunos de los invitados a su boda que salieron a la puerta del Parador a aplaudir el paso del pelotón de atletas populares. A estas alturas yo seguía adelante con mi plan no muy lejos de las últimas posiciones.

La primera dificultad seria comenzaba pasado el kilómetro cuatro. De vuelta al puente sobre el río, se iniciaba el ascenso que nos conduciría a las proximidades de la salida atravesando previamente el centro histórico tordesillano. La parte más exigente de esta subida se concentraba en el “murete” que iba desde el río hasta la Plaza Mayor. A partir de entonces la pendiente de la C/ Santa María se suavizaba hasta que nos incorporábamos a la Carretera de Matilla y se pasaba por el primer avituallamiento. Estos aproximadamente mil metros, aunque duros, fueron lo más bonito de la prueba y los de mayor animación junto con la salida y la meta.

Siguiendo la carretera de Matilla (VP-5805) fuimos poco a poco abandonando el núcleo urbano de Tordesillas y comenzando un largo y a la postre duro éxodo de cerca de quince kilómetros. La primera fase de este viaje debía llevarnos hasta la localidad de Matilla de los Caños, allá por el punto kilométrico 10,500 de carrera. Este tramo no presentaba a simple vista dificultades orográficas de relevancia, aunque es cierto que picaba hacia arriba y que tenía un par de repechos simpáticos, pero se convirtió en el preludio de una escabechina.

El calor seguía apretando y mucho. El sol nos llevaba pegando de lleno y de forma continua desde el inicio del medio maratón, la temperatura permanecía aún en los veintimuchos grados, el asfalto se sumaba a la jodienda desprendiendo más calorcito y los campos castellanoleoneses que rodeaban el trazado, lejos de paliar la situación ahondaban en ella: eran auténticos secarrales sin vegetación que debían llevar sin recibir una gota de agua desde el rollo aquel de Noe y el arca.

Este conjunto de circunstancias comenzaron a hacer mella en todos los participantes, pero sobre todo en aquellos que habían salido a disputar la carrera con el objetivo bien de conseguir un buen puesto o bien de lograr una buena marca personal. Dos pistas me pusieron en alerta de lo que estaba por llegar. La primera fue que manteniendo un ritmo muy similar al de los primeros kilómetros, empecé a recuperar posiciones de forma rápida y continua. La segunda tuvo que ver con la cantidad de atletas que ví volver andando o trotando en sentido contrario al de la marcha de la carrera. Al principio pensé que la causa pudiera ser una lesión o que hubieran hecho de liebre a algún compañero (recordemos que era el Campeonato de España), pero cuando el número seguía creciendo comencé a pensar que se trataba de corredores que no iban bien o al menos no tan bien como ellos esperaban a priori y habían decidido dejarlo antes de reventar sin necesidad.

Con este panorama decidí seguir con un ritmo conservador y aguantar la botellita tomada en el segundo avituallamiento para refrescarme e ir bebiendo a pequeños sorbos. Así transité por la pequeña población de Matilla de los Caños antes de poner rumbo de nuevo hacia Velilla.

Los primeros atravesando los "verdes" campos de Castilla (www,elnortedecastilla.es)
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A la salida de Matilla se sumaron otros dos elementos adversos. Por un lado el incomodo viento en contra y por otro una serie de repechos interminables y pestosos. El resultado es que los que iban tocados terminaron por reventar. Ya no me era extraño adelantar a participantes que habían echado a andar. Pero sin duda lo más preocupante llegaría entre los puntos kilométricos 13,500 y 15,000. Primero fue una atleta que había desfallecido y a la que habían sentado apoyada contra un vehículo. Cuando pasé a su altura, la mujer tenía la mirada totalmente pérdida, un botellín de agua apoyado en el suelo entre sus piernas y no se movía. Un escalofrío me recorrió de arriba a abajo.

Sin recuperarme del primer susto, un segundo sobresalto. Unos doscientos metros más allá otro participante estaba tirado en el asfalto siendo atendido no sé si por voluntarios o por espectadores. Para ser sincero se me quitaron las ganas de correr. Si hubiera estado en ese momento en las proximidades de Tordesillas me hubiera parado y hubiera abandonado, pero allí, en mitad de ningún sitio, no tenía sentido.

Justo entonces algunas nubes taparon a un sol que ya descendía dándonos un pequeño respiro. En esas estábamos cuando en el repecho existente justo unos metros antes del avituallamiento de Velilla (km 15), un nuevo corredor con gesto desencajado, mirada ida y envuelto en el “papel plata “ese con el tapan los cadáveres y que tan mal rollo me da, era llevado en volandas por dos voluntarios de la Cruz Roja. La carrera se había convertido para muchos en un verdadero suplicio.

A partir de aquí y hasta la entrada a Tordesillas, si bien se seguían sucediendo lo continuos desniveles y el viento se mantenía en nuestra contra, el perfil tenía una tendencia descendente. Como era lógico yo ya iba un poco cansado, pero me encontraba todavía con fuerzas suficientes y continuaba adelantando cada vez más plazas. No ocurría lo mismo con muchos de los atletas. Aunque ya no ví ninguno más que fuera atendido en carrera, si superé en este último tramo a otros dos que estaban vomitando en la cuneta de la carretera.

A falta de unos tres kilómetros y al fondo de una larga recta, se veían ya a lo lejos los edificios de la localidad que dio nombre al tratado. El final parecía no llegar nunca. Y encima, para rematar, justo antes de cruzar el puente sobre la A-6 que daba acceso al casco urbano, había que hacer una "U" hasta una rotonda próxima que acababa con la moral del más pintado.

Eso si, los últimos trescientos metros fueron para disfrutar. Los lugareños y los turistas accidentales llenaban ambos lados de las calles aplaudiendo y animando. Gracias a ellos mi estado al cruzar la meta se puede describir perfectamente con la manida expresión de "jodido pero contento". Con un tiempo de 1:41:52, quedé clasificado en el puesto de 254 de los 437 que terminaron la prueba.

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Cuando horas después de finalizar el Medio Maratón Popular “Villa del Tratado de Tordesillas” comencé a leer opiniones y crónicas de la carrera, corroboré que mi impresión sobre la misma no había sido ni equivocada ni exagerada. Fue una carrera dura, durísima, en la que quien más quien menos había sufrido bastante más de lo que esperaba a priori. Hasta el mismísimo Chema Martínez (segundo al final) recalcó este aspecto de la prueba. Quizás un par de cifras sirvan para resumirlo: 552 inscritos y 437 llegados a meta. Pues eso.

Nota: Al final no hubo que lamentar ninguna desgracia y todos los participantes atendidos por las asistencias se recuperaron perfectamente.

Sed felices y sensatos.



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