Bruce y yo por el Arroyo de la Tejada (p.k 21,000) Foto: Sebastian Navarrete
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I. Prólogo
Cuando uno llega a los cuarenta
dicen no se qué de una crisis que te vuelve gilipollas, quizás un poquitín más
de lo que lo eras a los treinta y nueve. Es posible que esa fuera la razón de
que, cumplida esa edad, quisiera intentar algo diferente. Total que me lié la
manta a la cabeza y en los
primeros días de junio me inscribí en la IV
Madrid Segovia (por el Camino de Santiago).
Quedaban entonces más de tres meses para la celebración de la prueba. Como soy un tío metódico y me
tomo muy en serio el arte del correr, me propuse entonces seguir un estricto
plan de entrenamiento para afrontar este reto. En líneas generales era el mismo
plan que he seguido para otras grandes citas pero adaptado a la mayor
envergadura kilometril del proyecto: correr lo que me diera la gana y cuando me
saliera de la punta del nardo, intentando eso si meter alguna tirada larga a la
semana. Y oye, lo seguí al pie de la letra. Gracias a que en el verano los días
son "molto lungo" (bueno, son igual de "lungo" pero con más horas de luz) y suelo
disfrutar de unos horarios menos estrictos, desde principios de julio me empecé
a castigar el cuerpo un poco más de lo habitual aumentando las jornadas de
entrenamiento y el ritmo de los mismos. También aproveché para meterme alguna
carrera de montaña entre pecho y espalda, para hacer tiradas largas dominicales con
Bruce pateando la Casa
de Campo y el Madrid Río y para volver a correr el singular Maratón del Río Boedo. A finales
de agosto, unos días de vacaciones en Menorca me dieron la oportunidad de darme
unas buenas palizas disfrutonas por el Camí de Cavalls que afinaron mi puesta a
punto aunque me dejaron tocada la espalda. Por último y como remate a mi
preparación, me presenté por tercer año consecutivo en la salida de la Carrera por Montaña de las
Dehesas, donde conseguí rebajar en 3 min 58 seg mi mejor marca (02:51:39).
Quedaban entonces dos semanas para
que llegara la
Madrid-Segovia y aunque cueste creerlo, desde que me inscribí no había vuelto a
pensar en ella. Siendo sincero, me la traía al pairo. Había disfrutado tanto
con la preparación, me lo había pasado tan bien hasta entonces que el objetivo
final había pasado a un segundo o tercer plano. Tocaba ahora aflojar el ritmo
pues aunque llegaba bien de forma (pelín pasado quizás), me sentía cansado y un dolor en la zona lumbar derecha me tenía un poco jorobado. Sin embargo estos últimos
días no fueron lo más recomendado para relajarse y pensar en la carrera: vuelta
a las obligaciones diarias, exilio a casa de mi suegra por obras en el
domicilio habitual, constipado, que si la abuela fuma.… Total que me planté la
tarde previa a la carrera con muy poquitas ganas de correr, con los
preparativos descojonaos y sin saber siquiera cual era el recorrido de la
prueba (lo juro). Eso si, me había preocupado de adquirir el material
obligatorio y tenía muy claro que iba estar en la línea de salida si o si. Algo
era algo.
Participantes en el alto de la Fuenfría (p.k. 79,200) Foto: Commedia
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II. Plaza de Castilla (p.k. 0,000)
El sábado tocó pegarse el
madrugón. Tomé el metro, donde a esas tempranas horas había gente que iba a
trabajar, otros que volvían de marcha y un colgao con tres mochilas y cara de asustado que tenía
la intención de ir de Madrid a Segovia a patita. Me bajé en Nuevos Ministerios
para que me diera un poco el fresco y se me ventilara la mente, lo que me
supuso darme un considerable paseo hasta Plaza de Castilla cargado de peso,
(ironía on) justo lo que recomiendan hacer antes de una carrera de este tipo
(ironia off). Cuando alcancé la plaza donde se levantan las dos torres
inclinadas que forman la conocida Puerta Europa, iba cagaito. Allí ya me esperaba Bruce medio preparado. Le expliqué
la inquietud femenina que me rondaba la cabeza y que se resumía en un “¿Qué me
pongo?”. Mi idea inicial era la misma que la suya y consistía en salir con
cinturón portabidones hasta Cercedilla y allí coger la mochila. A mí me
despertaba muchas dudas el tener tan poco espacio y llevar tan pocas cosas durante
más de sesenta kilómetros. Él me dio un consejo obvio, sencillo pero muy de
agradecer: que hiciera aquello que me dejará más tranquilo. Pues nada, cambio
de planes. Guardé el portabidones y cogí la mochila. Esto suponía tener que
aguantarla durante tooooooooda la carrera pero por lo menos yo partía con mayor
confianza, que a fin de cuentas en aquel momento era lo más importante.
Después de una pequeña espera y una vez entregadas las otras tres mochilas
con distintos enseres y viandas a la organización para que las repartiera por
los distintos puntos de paso (Colmenar Viejo, Cercedilla y Segovia), empleamos
el tiempo restante hasta la hora de salida paseando por la zona aledaña a la Plaza de Castilla para ir
soltando nervios, alguno de ellos en forma gaseosa. El tiempo era fresco y
había un vientecillo que se hacía un poco desagradable ¡no me imaginaba yo lo
que lo iba a echar de menos unas horas más tarde! A la 8:25 volvimos a la zona delimitada para la salida donde ya aguardaba el grueso de los participantes. A las
8:30 se dio la salida. La suerte estaba echada.
Los kilómetros se dejan notar en las piernas de los corredores. Cercedilla (p.k. 64,300) Foto: C. Velayos
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III. De Plaza de Castilla (p.k. 0,000) a Tres Cantos (p.k. 15,800)
Inicio por asfalto, luego amplia
pista de tierra y, antes de llegar al carril bici, un pequeño tramo de sendero.
Ojo a varias cuestas cortas de pronunciado desnivel en las cercanías de El
Goloso.
Y lo de la suerte no es un hablar
por hablar. Poco después de comenzar, a la altura de las cocheras de la EMT, uno los participantes
estaba parado en uno de los laterales de la calzada lanzando exabruptos por su
boca. No era para menos. En su mano izquierda sostenía la mochila (camelback) y
en su mano derecha la bolsa de plástico que contiene el agua y que va en su interior. De la segunda salía
un fino pero continuo chorro de agua que hacia adivinar que no tardaría más que
unos pocos minutos en vaciarse. ¡Con que poquito se te puede complicar algo que llevas preparando tanto tiempo!
De vuelta a lo que era la
carrera, los primeros kilómetros discurrían por los barrios madrileños de
Fuencarral y Montecarmelo. Con continuos subeybajas pero picando hacia arriba,
resultaron ser un tanto pestosillos y sirvieron para ir cogiendo ritmo,
perdiendo nervios y descontando kilómetros. Después, ya por tierra, se tomaba
el antiguo camino El Pardo-Colmenar que nos iba alejando de Madrid, aunque si
se echaba la vista atrás se contaba todavía con la referencia de las modernas torres
levantadas en los terrenos de lo que fuera la antigua ciudad deportiva del Real
Madrid. Superada la estación de tren de El Goloso se continuaba por el carril
bici para alcanzar Tres Cantos, (p.k.15,800), lugar donde se ubicaba el primer
avituallamiento. En este primer parcial no lo pasé nada bien. No fui cómodo en
ningún momento, no me encontraba con ganas y tenía una sensación de pesadez en
las piernas que no se correspondía con la poca distancia que había recorrido.
O la cosa mejoraba en próximos parciales o esto iba a ser un suplicio dificilmente aguantable. La buena noticia era que el cielo había amanecido nublado y el sol no era capaz
de asomar, con lo que la temperatura era muy agradable. Repuestos líquidos y
sellado el “pasaporte” continuamos camino.
Marchadores y corredores juntos en la salida (p.k. 0,000) Foto: Cristina Jiménez
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IV. De Tres Cantos (p.k. 15,800) a Colmenar Viejo (26,800)
Carril bici al principio, pista
con buen firme después y tramo final por asfalto hasta Colmenar Viejo. Ojo al
descenso hasta el arroyo de Tejada y, sobre todo, a la subida por la cuesta del
cementerio.
Tras cruzar de vuelta el puente
sobre la A-607,
retomamos el carril bici. Era este un tramo un poco incómodo pues al invadir el
habitat de los ciclistas había que ir con precaución para no estorbar ni ser
atropellado por alguno de ellos. Un poco más adelante el trazado se desviaba a
la izquierda y abandonaba definitivamente el carril bici para tomar una pista
de tierra en pronunciado descenso que nos conduciría hasta la zona del arroyo
de Tejada. Lo del arroyo en esa época del año era un eufemismo pues, en espera
de la llegada de laslluvias y nevadas,
de él solo quedaba el cauce seco.
Los kilómetros que iban desde
aquí hasta llegar a Colmenar Viejo me eran conocidos ya que forman parte del recorrido habitual de la Carrera de Montaña de la Marmota, aunque en esa prueba se recorren en sentido contrario. En continua subida, la
parte más exigente era la bautizada como "cuesta del cementerio", ubicada justo a
la entrada de la zona urbana de Colmenar. Allí, tanto nosotros como el resto de
los corredores que iban con un ritmo similar al nuestro, echamos a andar. Esto
ya se convertiría en norma para el resto de la carrera: cualquier cuesta arriba
con una mínima exigencia la haríamos caminando para intentar gastar la menor
cantidad de fuerzas posible.
Llegados al lugar de
avituallamiento (p.k. 26,800), el colegio situado frente al polideportivo
Lorenzo Rico, sellamos la cartulina en el control de paso, recogimos la primera
mochila que habíamos entregado a la organización y nos cambiamos de camiseta y
de calcetines. Yo repuse también líquido en abundancia y me tomé el primer
sobre de Isostardisuelto en agua. Me zampé con ganas tres quesitos con
membrillo y un puñado de anacardos, que complementaron la barrita de cereales
que había ingerido unos treinta minutos antes. Además tomé un limón y lo guardé
en la mochila que llevaba en la espalda para dar cuenta de él más adelante.
Comenté con Bruce que sentía las piernas demasiado cargadas, posiblemente
porque el ritmo que llevábamos era demasiado lento para mí y me obligaba a ir
con zancadas muy cortas. Acordamos que a partir de entonces cada uno llevaría
su ritmo y, como la diferencia entre los dos no debería ser mucha, nos encontraríamos
en los avituallamientos. Reemprendimos la marcha atisbando una
mala noticia. Las nubes habían desaparecido y el sol empezaba a brillar en un cielo
ahora despejado. El calor comenzaba a hacerse notar.
Participante cruzando la A-607 para llegar a Tres Cantos (p.k.15,700) Foto: C. Jiménez
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V. De Colmenar Viejo (p.k. 26,800) al Puente Medieval (p.k. 33,700)
Asfalto/acera hasta abandonar
Colmenar Viejo. Luego pista ancha con firme irregular en algunos tramos y con
“salpicaduras” de superficie rocosa en otras. Cortos desniveles hacia arriba y
hacia abajo pero siempre con tendencia a ganar altura.
Casi en continua subida, atravesamos
el casco urbano de Colmenar Viejo. Al ir por la acera (el tráfico no estaba
cortado), resultaba un tanto curioso cruzarse con colmenareños que iban a hacer
la compra o pasar junto a terrazas donde los mas rezagados daban cuenta de su
tardío desayuno, mientras tú encarabas el final del primer tercio de tu
aventura ¡Que formas más diferentes de vivir una matinal sabatina!
Finalizada la zona urbana
recuperamos la superficie de tierra en el camino de Cerceda. Este tramo resultó
ser muy divertido, pues alternaba subidas y bajadas ni muy largas ni muy
pronunciadas y presentaba formaciones pétreas que obligaban a dar saltos o a
trazar zig zags para salvarlas y encontrar el camino más cómodo. Lo peor es que
en esta fase de la carrera no había ni una triste sombra y el sol pegaba ya con
fuerza. Viendo el percal y tratando de evitar males mayores, saqué la gorra de
la mochila, me la encasqueté en la cabeza y, a partir de entonces, empecé a
pegar pequeños traguitos de agua del bidón con bastante asiduidad.
Desde que abandonamos el centro
urbano de Colmenar, Bruce y yo íbamos separados. Como habíamos acordado, cada
uno llevaba ahora su ritmo y yo había tomado una ventaja de unos cientos de
metros. Así llegamos al p.k. 33,700 donde en el Puente Medieval, justo bajo la
carretera M-607, se ubicaba el siguiente avituallamiento y control de paso.
Allí, mientras esperaba la llegada de Bruce, me partieron amablemente el limón
que llevaba en la mochila y lo exprimí en dos vasos de agua ¡que bien me
sentó! Rehidratados pusimos dirección a Manzanares el Real,
siguiente punto de repostaje.
Participantes a la salida de Madrid. Foto: J. Martínez-Cava
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VI. Del Puente Medieval (p.k. 33,700) a Manzanares el Real (p.k. 41,900)
Pista amplia y con superficie
compacta hasta la bajada hacia Manzanares el Real, donde el piso se vuelve
irregular y aparecen piedras sueltas y alguna raíz. Se finaliza con unos
cientos de metros sobre asfalto.
En este tramo la pista era
amplia, con tendencia ascendente y bastante cómoda. Pronto volví a adelantarme
a Bruce, aunque él me seguía siempre a una distancia recuperable. El astro rey
había perdido ya cualquier tipo de vergüenza y pegaba de forma inmisericorde.
Yo continuaba bebiendo agua de manera prácticamente constante, pero bastaba que
pasaran unos segundos para que mi boca estuviera de nuevo completamente seca. Me
daba cierto miedo pensar que estuviera llenando el estomago de líquido sin
saciar mi sed y que me pudiera pasar factura avanzada la carrera.
Un giro a la derecha nos sacó de
la vía pecuaria que llevábamos y nos puso en otra pista dirección a Manzanares
el Real. Inicialmente en subida, pronto invertía su tendencia y se convertía en
una divertida bajada entre árboles en la que había que esquivar las piedras y
las irregularidades del terreno. La vista que se tenía de la localidad serrana
durante el descenso era muy bonita: una panorámica de su casco urbano presidido
por la figura del castillo con el embalse de Santillana a la derecha. Al
finalizar la bajada se volvía al asfalto durante aproximadamente unos 1.500 metros más o
menos llanos que acababan en el puesto de avituallamiento. Habíamos alcanzado
el p.k. 41,900.
En esta ocasión, además de líquidos, la
organización ofrecía la posibilidad de degustar un plato de macarrones con
tomate. Estuve tentado a tomarlo pero como no tenía muy claro como me iban a
caer, decidí ir a lo seguro y meterme para el cuerpo una nueva barrita de
cereales y un par de puñados de anacardos que llevaba en la mochila. A toro
pasado creo que me equivoqué no aceptando el plato de pasta. Lo que si hice fue
recuperar líquidos bebiéndome un par de vasos de agua y otro de isotónico. Como
mi bidón estaba en las últimas y la fuente para abastecernos la anunciaban a
una distancia de unos tres mil metros, pedí un último vaso de agua que vertí
con cuidado en el interior de mi bidón.
Haciendo el chequeo mental que repetí en cada una de las paradas, la
verdad es que las sensaciones que había tenido durante el último parcial podría
decir que habían sido las mejores desde que empezara la carrera. La idea
compartida con Bruce de que cada uno fuéramos a nuestro ritmo, se demostró
bueno para los dos. Las piernas estaban cargaditas pero no más de lo que es normal
cuando alguien lleva corrida la distancia correspondiente a un maratón.
Adicionalmente la cabeza había comenzado a ayudar creyéndose de verdad que
plantarse en la base del acueducto segoviano era factible.
Mi menda (el de azul) en el Alto de la Fuenfría (p.k. 79,200). Foto: Commedia
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VII.
De Manzanares el Real (p.k. 41,900) a Mataelpino (p.k. 49,300) Asfalto hasta abandonar
Manzanares el Real y pista amplia con buen firme desde allí hasta el final del
tramo. La mayor dificultad orográfica, la subida final camino de Mataelpino. Justo al retomar el camino,
telefoneé a mi señora madre para que estuviera un poco más tranquila y no se
preocupara por el burro de su hijo. Cuando al atender la llamada su primera
pregunta fue que si ya había acabado, me entró la risa. Sin embargo a ella no
le dieron ganas de reírse cuando le informé de que ni siquiera había llegado a
la mitad del recorrido y que me quedaban alrededor de unos sesenta kilómetros
para finalizar la aventura. Supongo que nuestro sentido del humor es muy
diferente. El corto trayecto que discurría
por la localidad de Manzanares el Real lo hicimos andando, no volviendo a trotar hasta alcanzar
la cuesta abajo que acababa con el cruce de la N-608 y que nos situaba en una nueva pista de
tierra junto a la entrada al parque de la Pedriza. El calor apretaba y
enseguida noté que no iba bien, que las piernas no respondían y que las buenas
sensaciones que había tenido unos minutos antes se habían borrado de un
plumazo. De hecho ahora era Bruce el que por primera vez se había ido por
delante y era yo el que le seguía a distancia. Camino de El Boalo, estábamos atravesando
un auténtico secarral, con La
Pedriza de fondo y con una temperatura que ya superaba los
30º. Me recordó el paisaje que veía en
las pelis de vaqueros cuando era niño y me distraje buscando algún indio
escondido entre las rocas. Esta reacción debía ser consecuencia de la falta de
oxigenación que estaba sufriendo al cerebro y de la deshidratación, pues el agua del bidón
se acababa y la fuente prometida no llegaba nunca. Por fin nos pareció haberla
encontrado, pero al acercamos hasta ella, si bien el pilón destinado a los
animales si tenía agua, el caño estaba seco. Todavía estaba maldiciendo y
cagándome en todo lo cagable cuando un poco más adelante vimos como los
participantes que nos precedían se desvían ligeramente del trazado y se iban
concentrando alrededor de un pequeño monolito esperando su turno para agacharse
frente a él ¡la fuente, por fin la fuente! Al llegar mi turno, llené el bidón de
agua fresca, me refresque cabeza, cuello y brazos y me hinché a beber agua. Sé
que no tenía que haberlo hecho pero el cuerpo me lo pedía. Lo pagué al reemprender de
la marcha. Bruce sufría menos que yo esto de
la sed, y se apañó en todo momento con una ingesta de líquido muy inferior a la
mía. Cuando acabé de beber y nos reincorporamos al camino me miró preguntándome
si empezábamos de nuevo a correr. Le dije que tirara que yo lo haría en breve.
Notaba el estomago lleno de líquido y me costaba siquiera trotar de forma
cochinera, así es que ví como mi compañero de viaje se iba alejando
irremediablemente. Temí que no pudiera recuperar la distancia y que perdiera su
compañía cuando aun quedaba mucho para la meta, por lo que hice de tripas de
corazón y con el cuerpo revuelto conseguí darle alcance en un par de
kilómetros. La suerte hizo que desde allí comenzara un tramo de subida hasta
Mataelpino. Digo lo de suerte porque el cuestarrón nos hizo echar a andar a los
dos, de forma que, aunque con ciertos apurillos, pude mantener su ritmo y no
quedar descolgado, pero la rampa tenía su miga y se agarraba a las patas cosa
mala. La llegada a Mataelpino (p.k.
49,300) fue lo más gratificante en lo que llevábamos de Madrid-Segovia. La
plaza de la pequeña localidad era una auténtica fiesta. Música, gente esperando
a los corredores, avituallamiento muy bien surtido (di buena cuenta del
membrillo y de los frutos secos) y una fuente por la que manaba agua fresca que
visité en varias ocasiones. Sellamos en el control de paso y nos tomamos
nuestro tiempo allí para retomar fuerzas a la sombra pues intuíamos que nos
iban a hacer falta, aunque no nos podíamos imaginar cuanto. El tramo que
iniciábamos entonces entre Mataelpino y LaBarrancaresultaría ser a la postre el más duro
de toda la carrera. Ocho kilómetros y medio interminables y agónicos.
Corredores entre las jaras un poco antes de encarar La Barranca. Foto: Pablo García
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VIII. De Mataelpino (p.k. 49,300) a La Barranca (p.k. 57,800)
Pista amplia al principio.
Sendero estrecho, serpenteante y en subeybaja en la parte media. Tramo final
sobre nueva pista compacta en ligero y continuo ascenso.
La salida de Mataelpino se hacía
en continua cuesta arriba, primero sobre asfalto y posteriormente ya sobre
tierra. A partir de ahí entrábamos en un terreno muy variado y con paisajes
bonitos, en el que se alternaban los ascensos con los descensos y las pistas
forestales con los estrechos senderos que serpenteaban a veces entre en jaras,
a veces entre matorrales o a veces por laderas desnudas. El denominador común
de todo ello era la ausencia de sombras y el fuerte calor (la temperatura superaba los 30º), variables que unidas minaban las fuerzas del más pintado.
Brucey yo hablamos y decidimos gastar la menor cantidad de fuerzas posible
hasta que la tarde fuera cayendo y el sol perdiera intensidad. Corríamos solo
cuando el terreno era favorable y alguna vez cuando era llano. Perdimos no
pocas posiciones pero creo que fue una buena decisión que sin duda nos permitió
encarar la parte final de la carrera más enteros.
Fue en este tramo cuando me di
cuenta de la utilidad de haber completado el Maratón de Río Boedo apenas un mes
y medio antes. Me vino al pensamiento como sufrí entonces, recordé como apretó
el calor, con temperaturas incluso superiores a las que estaba soportando en
esos momentos, como el asfalto se derretía y como el árido camino de tierra en
el que los pies levantaban una pequeña nube de polvo blanco en cada pisada parecía no terminar nunca. Si
había superado aquella prueba en Báscones de Ojeda ¿cómo no iba ser capaz de
vencer esta?
El remate a este segmento fue la
subida a La Barranca. No
creo que fuera más de kilómetro y medio pero os juro que fue eterno.
Transitábamos por una pista en continuo ascenso aunque de pendiente no muy
pronunciada, siempre vigilados por la figura fantasmagórica del antiguo
hospital y bajo un sol de justicia que a estas alturas de carrera causaba
estragos. Seguíamos aplicando nuestra idea de reservar fuerzas y algunos
corredores nos superaban. Durante el ascenso vimos un participante tumbado a un
lado de la pista, totalmente acalambrado y atendido por un ciclista. Aunque uno
sabe a lo que se expone cuando se embarca en aventuras de esta envergadura,
estas cosas siempre te generan mal rollo.
Como en las situaciones jodidas todo suele ser susceptible
de empeorar, la cosa se puso aún más chunga cuando se me acabó el agua. No
debía quedar ya mucho para llegar al avituallamiento y aunque a Bruce todavía
le quedaba un poco de líquido en su bidón que podía compartir en caso de urgencia (o eso quise pensar),
me invadió una sensación de cierto canguelo: con más de cincuenta y siete kilómetros
en las piernas, con las condiciones meteorológicas que reinaban y sin agua
suficiente, tenía cada vez más papeletas para que me tocara el premio gordo en
forma de jamacuco ¡Excuso deciros el
alivio que sentí cuando a lo lejos divisé por fin el avituallamiento! ¡Si no dí
saltos de alegría fue porque no tenía fuerzas para ello!
Llegados al ansiado punto de
reportaje y tras sellar el pasaporte, me bebí hasta el agua de los floreros.
Creo que fueron tres vasos de Nestea (fue lo que me apeteció en ese momento y
me sentó de lujo) y uno de agua los que metí para el cuerpo antes de que me
rellenaran el bidón y comiera un poco de chocolate y una barrita de cereales
que llevaba en la mochila. La escena allí era un tanto surrealista. En el
avituallamiento, algunos corredores tirados en el suelo completamente
exhaustos. Un poco más allá, en los merenderos, familias que disfrutaban a la
sombra de una tranquila y reposada sobremesa después de una opípara comida. That's life!
Participantes en el descenso hasta Manzanares el Real (p.k. 38,500) Foto: Pablo García
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IX. De La Barranca
(p.k. 57,800) a Cercedilla (p.k. 64,300)
Terreno muy variado: asfalto al
principio, pista después (con algún pequeño campo a través), vuelta al asfalto,
sendero entre arboleda para acabar en una pequeña subida sobre asfalto hasta el
polideportivo. Tramo descendente en general sin ninguna dificultad más allá de
prestar atención de no pisar mal en la zona del sendero.
La salida de La Barranca se hacía sobre
asfalto y cuesta abajo. A pesar de ello me costó arrancar porque tenía otra vez
el estomago hinchado por el líquido. Fuimos andando unos minutos hasta que me
sentí de nuevo con ganas de correr y nos dejamos llevar por la pendiente
favorable. El superar la situación jorobada que había vivido en el tramo inmediatamente anterior me hizo recobrar
ánimos y sentirme más entero. También ayudaron los ánimos que recibíamos desde
los coches que se cruzaban con nosotros.
Un desvío a la derecha nos sacó
de la carretera y nos introdujo en una nueva vía forestal que inicialmente
presentaba un largo ascenso de bastante pendiente y luego una bajada trailera
con bastantes piedras sueltas, descenso que se continuaba campo a través por un
bosque de pinos hasta llegar a la carretera M-601 (la que lleva hasta el Puerto
de Navacerrada). Con el tráfico regulado por la Guardia Civil, cruzamos la
carretera y seguimos corriendo por asfalto durante aproximadamente un par de
kilómetros más. Después entramos en un camino entre árboles muy
disfrutón que nos dejó a las puertas de Cercedilla. ¡No corríamos tanto tiempo
de forma (semi)continuada desde los primeros kilómetros de la carrera!
Una pequeña subida y alcanzamos
el polideportivo. Ubicado en el p.k. 63,500, este punto es quizás un elemento
clave de la prueba, aquel en el que si uno ha llegado hasta allí debe decidir
si está en condiciones de finalizar la aventura o si, por el contrario, es
mejor que abandone y lo intenté en otra ocasión. También es un sitio para
encontrarse con la familia, los amigos o simplemente con otros corredores. Nosotros, después
de sellar en el control de paso y de recoger la mochila con nuestras
pertenencias, nos sentamos en el suelo, nos descalzamos y dimos cuenta de un
buen plato de paella milagrosa ¡Qué bien me sentó! Como mencioné anteriormente,
me equivoqué al no comer los macarrones que nos ofrecieron en Manzanares, así
es que llegué a Cercedilla justito de
reservas aunque sin sensación de hambre.
No sé a ciencia cierta cuento
tiempo estuvimos allí, pero desde luego que no hicimos las cosas con prisa. Una
vez rebañado el plato de paella y de haber cambiado impresiones con algunos
conocidos que por allí rondaban, nos cambiamos de camiseta y calcetines y
elegimos que llevar en la mochila en el que sería el último tramo. Lo de cambiarse de ropa en cada uno de los
tres puntos en los que era posible dejar mochila no era ninguna gilipollez. Todo lo contrario, se agradecía sobremanera. Supongo que era un tema mental pero cada cambio
de ropa tenía un efecto refrescante, un aire de volver a empezar, una sensación
de fuerzas renovadas. Sin duda alguna fue desde mi punto de vista un gran
acierto hacerlo así.
Yo pensaba
que llegaríamos a estas alturas de carrera bastante más tarde de lo que lo
habíamos hecho, razón por la cual por la mañana había metido entre las provisiones algunas prendas de
abrigo para cruzar sin sobresaltos el Puerto de la Fuenfría al anochecer.
Sin embargo habíamos alcanzado Cercedilla bastante antes de lo previsto y la
temperatura era muy agradable. Opté entonces por salir con una camiseta sin
mangas y por meter en la mochila una camiseta de manga larga, un chaleco
cortavientos, dos botellas de agua de 0,5 litros cada una y el
material obligatorio (manta térmica, silbato y frontal), amén de las sales
minerales y algo para comer. Depositada la bolsa con las prendas usadas y el
material sobrante en el sitio habilitado para ello, nos pusimos de nuevo piernas a la obra.
Participantes en el descenso que conducía a arroyo Tejada (p.k 19,000) Foto: Pablo García
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X. De Cercedilla (p.k. 64,300) a la Calzada Romana (p.k. 71,800)
Asfalto para atravesar el casco
urbano de Cercedilla y la carretera de las Dehesas que deja paso a la carretera
de la República,
una pista forestal con excelente firme. Las rampas más duras se encuentran en
la parte de las Dehesas.
La verdad es que con algo
consistente en el estomago las cosas se veían de otra manera. El paso por el
casco urbano de la localidad lo hicimos al trotecillo, en mi caso algo molesto
por el flato que se me puso (posiblemente por la comida) pero con ánimos y
fuerzas renovadas. Además la temperatura había bajado y el calor ya no era tan
asfixiante como un par de horas antes.
Abandonando las calles de
Cercedilla daba comienzo la que sobre el papel y por desnivel debería ser la
parte más dura de la carrera: la subida a la Fuenfría. Pero mire usté por
donde, las cosas muchas veces no son como parecen. Así, en las primeras y más
duras rampas de la carretera de Las Dehesas que nos había de acercar a las
faldas de la montaña, me empecé a encontrar sospechosamente bien. “¿Será la
mejoría última que dicen se tiene antes de morir?” no dejaba de preguntarme
mientras empecé a marcar un ritmo de caminata vivo y constante. Cuando me di
cuenta Bruce ya había perdido unos metros. A partir de entonces cada vez que me
giraba hacia atrás su figura estaba más lejos.
Algo raro que se me escapaba
estaba ocurriendo, pues cada vez me encontraba más fuerte y animado. Hasta
entonces lo más largo que había corrido era un maratón y ahí, cuando haces plaf,
te puedes dar por jodido e intentar llegar a la meta como mejor puedas. Aquí
no. Cerca de treinta kilómetros antes estaba hecho una mierda, sin apenas poder
correry ahora, con casi setenta mil
metros en las patas, me sentía en condiciones de aguantar lo que me echaran. Total, que seguía avanzando con
determinación y en solitario, fijándome en que el trío que me precedía allá a
lo lejos estaba cada vez más cerca. Completé la zona de asfalto y entré en la
pista de tierra conocida como la carretera de la República. Abro aquí un paréntesis y me
desvío del objetivo principal de esta interminable crónica. El motivo es el
nombre de esa pista. Carretera de la República ¿No os parece curioso? A mí me llamó la
atención al conocerlo y por eso busqué su origen. Parece ser que durante la
dictadura de Primo de Rivera se proyectó la construcción de una carretera que
uniera el pueblo madrileño de Cercedilla con Valsaín (Segovia) atravesando el
puerto de la Fuenfría. La
vía se empezó a construir, siendo las obras llevadas a cabo por la empresa
Puricelli (de ahí que también sea conocida como carretera Puricelli), pero
estas fueron detenidas durante la Segunda
República por la oposición que a ellas mostraron los grupos
ecologistas. Lo que iba a ser una carretera quedó entonces en una pista
forestal sin asfaltar con excelentes miradores. Cierro el paréntesis y retomo
la crónica.
Casi al inicio de la Carretera de la República, estaba apostada
a ambos del camino una familia que no cesaba de dar ánimos. Cuando llegué a su
altura empezaron a jalear con gritos y aplausos. Entre risas me arranqué e hice
unos metros corriendo para agradecerles su apoyo. La verdad es que a esas
alturas de la aventura en las que los sentimientos ya empezaban a estar a flor
de piel, gestos como ese emocionan. Unos metros antes de alcanzar el
avituallamiento y punto de control, dí alcance a los tres contrincantes que
iban delante de mí.
En el avituallamiento, una vez
sellado el pasaporte, repuse líquidos y saqué de la mochila una nueva barrita
de cereales. Mientras daba cuenta de ella, permanecí allí haciendo tiempo durante
unos minutos para ver si Bruce me alcanzaba, pero ni siquiera se le veía a lo
lejos cuando ya había acabado de comérmela. No tenía mucho sentido seguir
esperando pues, por la distancia que le había tomado, nuestros ritmos eran en
esos momentos debían ser muy diferentes. Me ajusté la mochila (como llevaba tantas cosas
en ella, me la había tenido que quitar para buscar la tarjeta de control de
paso) y volví al tajo.
La tarde cae. Los más adelantados llegarán antes de que anochezca (p.k. 98,000) Foto: Pablo García
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XI. De la Calzada Romana (p.k. 71,800) a el Alto de la Fuenfría (79,200)
Pista forestal con excelente firme
y con suave y continua pendiente ascendente
No recuerdo que hora era, pero si
que el sol estaba tapado por las montañas y que la temperatura había descendido
hasta un nivel my agradable. Restaban casi siete kilómetros y medio para
coronar la Fuenfría
y muy mal se me tenían que dar las cosas para que no pudiera completarlos antes de que
anocheciera. Esa era entonces mi máxima preocupación pues, al no conocer el descenso,
no quería hacerlo de noche por si algún tropezón o alguna piedra mal pisada
acababan con mi carrera.
Me seguía sintiendo fuerte y cada
vez iba más animado. Durante este tramo de ascenso tuve varios compañeros de
fatigas pues cada vez que alcanzaba a algún contrincante entablaba conversación
con él. Incluso en algún momento llegamos a formar un grupo majillo de cuatro o
cinco componentes. Casi todos con lo que coincidí eran reincidentes en esta
carrera y no pocos de ellos esperaban vengarse de ediciones pretéritas.
Recuerdo el que comentó que no había podido alcanzar Segovia en la edición
anterior porque con fuertes dolores musculares desde el kilómetro sesenta tuvo
que abandonar tras aguantar una veintena de kilómetros más. O aquel que se vió
obligado a dejarlo en Cercedilla a causa del estado de sus pies que posteriormente necesitaron
cuidados especiales durante varias semanas.
Cuando comenté que era mi primera
experiencia en la
Madrid-Segovia y en carreras sobre esta distancia, me dijeron
que entonces iba francamente bien en cuanto a tiempo y a frescura física ¡Para
que quería más! ¡Si ya iba bien de moral, solo faltaba que también me echarán
flores! Tan bien me sentó que en los últimos kilómetros de subida, cuando la
pendiente se volvía más llevadera, completé unos cuantos intervalos a la
carrera.
Me había vuelto a quedar solo
pero estaba disfrutando intensamente de las sensaciones que experimentaba y de la belleza del
entorno. Tanto es así que en las partes que andaba me puse a enviar guasap a
mis amigos, a la familia, a la madre de mi hijo para contárselo. Por cierto,
esta última ni me contesto (todavía se la guardo). Hasta envíe un mensaje al
programa deportivo Tiempo de Juego diciéndoles lo de la carrera y donde me
encontraba. Ellos si que me respondieron y, según me dijo mi pareja posteriormente,
hicieron mención a la
Madrid-Segovia en el programa. En estas me encontraba cuando oí
que alguien venía corriendo por detrás. Apenas me dio tiempo a volverme y ver
que era una participante que me pasó rápidamente entre palabras mutuas de ánimo.
Jodo ¿cuánto hacia que no me adelantaban? Acostumbrado ahora a ser yo el
que ganara posiciones, se me hizo raro perder una.
Apenas unos dos o tres
hectómetros más allá se ubicaba el avituallamiento y el control de paso. Sellé
y bebí un vaso de Nestea. Esta bebida me había entrado y sentado muy bien en
los anteriores puntos de repostaje y volvió a hacerlo en este. Pero ojo, que no
lleve a error mi comentario y alguien pueda pensar que mi hidratación fue solo esa. Aunque no lo he mencionado, durante toda la subida
y a pesar de que ya había refrescado, había seguido bebiendo agua con un sobrecito de Isostar disuelto en ella casi de forma continua. El
Nestea era como una especie de “premio”. Aunque lo que si fue un verdadero premio
fue el poder degustar una de las magdalenas que, entre otros alimentos (caldo
creo recordar que también), se ofrecían en el avituallamiento. ¡Me supo a
gloria béndita!
Haciendo balance mientras me zampaba la magdalena, me parecía increíble la mejora que había experimentado
desde Cercedilla. ¿Cómo podía ser que llegando a Mataelpino no pudiera con mi
cuerpo y ahora, casi treinta mil metros después, tuviera una sensación de poder
aguantar todo lo que me echaran? ¿Habría sido la paella, el fin del calor
asfixiante o simplemente la cabeza la que hubiera obrado el milagro? No sé lo
que sería, pero lo que si tenía claro es que me quedaba mucho por aprender
sobre las carreras de ultratrail.
Participantes reponiendo líquidos en la ansiada fuente entre La Pedriza y Mataelpino. Foto: Pablo García
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XII. Del Alto de la
Fuenfría (p.k. 79,200) a la Cruz de la Gallega (p.k. 90,800) Descenso al principio por pista
amplia con piedras sueltas (Calzada Romana), seguido luego por cerca de diez
mil metros sobre asfalto. Desde el alto comenzaba un
descenso de más de veinte kilómetros que debía finalizar cruzando el acueducto.
“Prácticamente solo un medio maratón” pensé para mí. Pero además de pensarlo
debí decirlo en alto porque otro corredor que había partido a la vez que yo del
avituallamiento dijo: “Si, apenas dos series más”. -“¿Dos series más?” le pregunté extrañado -“Si. Solo me quedan dos series. Esta mañana temprano,
cuando salí de casa, le dije a mi mujer: cariño, me voy a correr que hoy me
toca entrenamiento de series. Concretamente diez series de 10.000 metros. Llevo
ocho, así es que dos más y acabo” Su forma de ver la carrera me
arrancó unas risas, muy “agradecibles” en aquellos momentos. Cambiamos un par
de impresiones más y al poco tiempo él se rezagó, aunque volveríamos a
coincidir varias veces en lo que restaba de carrera. Y se quedó atrás porque yo
había empezado a correr a una velocidad a la que no recordaba haberlo hecho en
los ochenta mil metros precedentes. Como ya he dicho anteriormente,
yo no conocía el trazado de la carrera. Eso solo me causaba a priori un pequeño
miedo y era tener que negociar el descenso de la Fuenfríametido ya en
plena noche, sin apenas visibilidad y fatigado. Una mala pisada, un tropezón o
cualquier circunstancia similar podía mandar al garete toda la ilusión de poder
completar mi primera incursión en el ultratrail. Sin embargo alcancé este tramo
bastante antes de lo que mis previsiones marcaban y todavía con luz suficiente
para poder ver perfectamente donde pisaba. De esta forma la bajada era
sencilla y su única dificultad era sortear las numerosas piedras sueltas que
poblaban la pista forestal. Tomando los laterales del camino y llevando cierta
precaución no hubo mayor problema. Más allá de la mitad de la bajada había una
fuente por la que apenas manaba agua y en la que se concentraban unos cuantos
participantes. Pensé que muy posiblemente con la botella que llevaba en la
mochila tendría hasta el siguiente avituallamiento (debían quedar unos diez
kilómetros), pero para ir más tranquilo decidí detenerme y llenar también el
bidón que ahora portaba en la mano. Mientras esperaba mi turno, saqué la
camiseta de manga larga de la mochila y me la puse por encima de la sin mangas
pues la temperatura ya era demasiado fresquita. En rellenar el bidón se me fue un ratillo lo cual me fastidió un poco, no ya por el tiempo perdido, sino porque me
rompió el ritmo que había adquirido. Un corto tramo sobre tierra y
poco después llegó el asfalto. La verdad es que fue un alivio pues la
preocupación por sufrir cualquier percance desapareció de un plumazo. El itinerario discurría entonces en un
terreno con suave pendiente en descenso y por una zona rodeada de innumerables
y hermosos pinos. Aún tuve tiempo de disfrutar del entorno durante un ratillo
antes de que la oscuridad ganara definitivamente la partida y yo dejara de ver
casi por completo. Paré, me coloqué y encendí mi frontal y reemprendí rápidamente
la marcha. La luz no era muy potente pero tenía una visibilidad bastante
aceptable. Las sensaciones que viví en este
parte de la carrera fueron muy especiales. Dio la casualidad que estuve durante
un buen tiempo en solitario, sin nadie detrás ni nadie por delante, en casi
total silencio solo roto por mi respiración y mis pisadas y en un entorno
natural que no conocía en absoluto. Fue una verdadera gozada. Tan en solitario estuve durante ese
tiempo que me empezaron a surgir dudas de si había tomado un camino equivocado.
Como he dicho anteriormente, no conocía ni la zona ni el recorrido y mi frontal
no daba mucho de sí. A pesar de que intenté repetidamente localizar atada a
algún árbol una cinta de plástico que me sacara de dudas, no hubo forma. ¿Y si
me había saltado algún desvío? Un poco asustado decidí pararme y esperar a ver
si aparecía alguien. Debió de transcurrir un poco más de un minuto (a mí se me
hizo eterno) hasta que a lo lejos ví aparecer dos luces que se movían
aproximándose. ¡Uff, menudo alivio sentí! Con confianza de nuevo retomé la
carrera. Un poco más adelante, aunque la
tendencia seguía siendo descendente, se entraba en un terreno un pelín
rompepiernas con cuestas arriba bastante llevaderas pero en las que prácticamente
todo el mundo iba andando. Gracias a ello y a que yo seguía corriendo casi de
forma constante, comencé a dar alcance y a adelantar a algunos de los
participantes que me precedían. En estas estaba cuando me volví a encontrar con
el “compi de las series” (que me perdone por el apelativo si es que llegar a leer esto), pues me había adelantado mientras yo esperaba mi
turno en la fuente del descenso de la Fuenfría, y compartí con él unos cuantos minutos
de carrera. Él ya había corrido la Madrid-Segovia en al menos una ocasión más (creo
que me dijo que en dos, pero ya no lo recuerdo bien) y, a petición mía, me
adelantó un poco lo que quedaba hasta meta: perfil llevadero y superficie de
asfalto hasta el avituallamiento de la Cruz
Gallega y desde allí superficie muy irregular de tierra y mala
señalización hasta las cercanías de Segovia, donde pareciera que nunca ibas a
llegar por lo largo que se hace al final. Oye, pues por lo que pude comprobar
después, lo clavó. Llegados a una cuesta arriba el dejó de correr y me fui en
solitario. “Hay que guardar todas la fuerzas que se pueda para el final - me dijo-,
así es que en cuanto el terreno pica hacia arriba, me pongo a andar”. Lo
cumplió a rajatabla. La última parte hasta el
avituallamiento se hizo muy larga. Menos mal que a mi altura llegó un corredor
desde atrás (era la primera vez que alguien me adelantaba en carrera desde que
lo hizo aquella fémina cerca de la cima de la Fuenfría) y en animada
conversación alcanzamos la Cruz
de la Gallega.
Participantes atravesando el secarral camino de Manzanares el Real. Foto: Pablo García
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XIII. De Cruz de la
Gallega (p.k. 90,800) a Segovia (p.k. 101,800) Tramo sobre tierra bastante irregular al principio y más sencillo
después. Los dos mil últimos metros por el asfalto de las calles segovianas. Con
tendencia al descenso. El avituallamiento de la Cruz de la Gallega era la última
estación de paso antes de llegar a Segovia. Como había seguido bebiendo en
carrera y además, obviamente, la temperatura era bastante más baja que hacía
horas, mis necesidades de reponer líquido eran ahora mucho menores. Aún así me
bebí dos nuevos vasos de Nestea que acompañé con otra magdalena. Lo hice muy
tranquilamente, sin prisa y estirando un poquitín los músculos de las piernas.
Las tenía cargadas (normal), pero curiosamente no tenía ningún dolor, ni en
ellas ni en el resto del cuerpo. En el avituallamiento coincidí
con Sandp y Pardillete, del grupo de Los Paquetes. Llevábamos una carrera
bastante pareja: habíamos salido al mismo ritmo, luego ellos se fueron por
delante y volvimos a vernos en el avituallamiento de Cercedilladonde llegaron antes que nosotros. Ahora nos
encontrábamos de nuevo. A Sandp se le veía como si acabara de empezar. Ya
habíaparticipado anteriormente en la prueba
y esta vez iba a mejorar con creces su marca. También antes de volver al tajo
me reencontré con “el compi de las series“ que acababa de llegar -“¡Vamos, una serie más y se
acabó!” le dije - “La última. Un poquitín más
larga pero la última”. Efectivamente, once kilómetros,
un entrenamiento de los que hacía casi a diario. ¡Nada más y nada menos! No hice más que afrontar los primeros metros de este último parcial, cuando dí cuenta de
que aquello no iba a ser precisamente cómodo. El recorrido transitaba entonces
sobre superficie de tierra, muy irregular, con raíces y piedras. Las piernas
estaban muy fatigadas y no respondían ya con la solvencia que debieran en caso
de que surgiera algún imprevisto. Y encima comprobé que la luz de mi frontal no
era suficiente para iluminar el camino: no había existido problema cuando
íbamos por el asfalto, pero ahora… En los primeros quinientos metros creo que
di tres tropezones y se me fue una vez el tobillo. Empecé a ir con más miedo
que vergüenza, así es que cuando alguna zona no la veía muy bien dejaba de
correr y me ponía a andar. En una de estas me encontraba cuando sentí que había
alguien a mi derecha, pero yo no veía ninguna luz. Que raro pensé. Al girarme
hacia ese lado ví a apenas dos o tres metros dos grandes ojos que reflejaron la
luz de mi frontal ¡Coñó que susto! Una vaca me miraba con los ojos abiertos de
par en par. Normal, poneos en el lugar de vaca viendo pasar a una ristra de
tíos corriendo en plena noche. En fin. Calculo que debíamos haber
recorrido unos tres mil metros cuando entramos en una nueva fase. La cuesta
abajo que habíamos tenido desde que saliéramos del avituallamiento se había
transformado ahora en un amplio llano, y la superficie sobre la que corríamos
no presentaba tantas trampas como el tramo que acabábamos de dejar atrás. Pero
no todo eran ventajas: la señalización del recorrido era claramente
insuficiente y más inmersos en plena noche. Y no era una sensación mía. Tuve que parar varias veces y esperar
a que llegaran los que venían por detrás para, entre todos, intentar localizar
los trozos de banda de plástico que señalizaban el trayecto. Viendo el
panorama, decidí que era mejor hacer el resto de la carrera hasta Segovia
acompañado o al menos no muy alejado de los contrincantes, así es moderé mi
marcha y la amoldé a la de mis perseguidores. Solo en algún pequeño trecho en
que era más fácil seguir las marcas y en el que veía que podía alcanzar a los
que me precedían (que me servían de referencia) avivé el ritmo y abandoné una
compañía para encontrar otra. Debíamos estar a unos cinco mil
metros de la llegada y yo había cogido una marcheta en la que tenía la
sensación de que podía seguir corriendo por los siglos de los siglos. Los dos últimos compañeros de
aventuras que tuve me vinieron fenomenal pues conocían la zona y me evitaron
tener que estar preocupado por ir buscando las señalizaciones. Apenas a unos
cuatrocientos metros de la entrada en Segovia disolvimos el trío y cada uno
siguió a su ritmo. Yo me fui en solitario buscando las calles que debían
conducirme al acueducto. Debieron ser apenas dos
kilómetros los que recorrimos por las vías urbanas segovianas, pero fueron una
auténtica delicia. Muchos de los que a esas horas paseaban o estaban todavía
sentados en las terrazas de los bares, se ponían a aplaudir y animar a nuestro
paso. El subidón de adrenalina era cada vez mayor, y sin quererlo me había
acelerado de una forma impropia después de haberme metido cien kilómetros entre
pecho y espalda. En un increible sprint alcancé las calles céntricas. Por la Plaza de Somorrostro y la C/ San Francisco, pobladas de
transeúntes como correspondía a una noche veraniega de septiembre, la gente detenía su paseo y se ponía a
aplaudir cuando llegaba a su altura ¡era increíble! ¡solo se me ocurría ir
diciendo gracias a un lado y a otro mientras les devolvía los aplausos! Un
último giro y ahí estaba, casi ciento dos kilómetros después, la ansiada meta.
Crucé la línea con una inmensa sonrisa y un poco más allá me detuve. Cerré el
puño y lo agité con rabia mientras gritaba “¡Toma, toma y toma!” Posiblemente
cuando dentro de muchos años piense en mi época de corredor, entre los
recuerdos que ocupen un lugar especial se encuentre este, el de la primera vez
que completé la
Madrid-Segovia. Por cierto, emplee un tiempo neto
de 14:15:09 y fui el 140 de los 592 que lograron completar esta IV Madrid –
Segovia por el Camino de Santiago ¡Con un par!
El menda lerenda unos segundos después de cruzar la meta (p.k. 101,800) Foto: Pablo García
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XIV. Tras cruzar la meta y más allá. Después de pasar la línea de meta
me sentí un tanto raro. Nadie me esperaba y los participantes llegábamos bastante
separados, así es que estuve solo un tiempo (no sé muy bien precisar cuanto),
con mi medalla al cuello y comiendo un pequeño bocadillo de jamón que me dieron
en la llegada. Estaba muy contento por haber logrado completar la carrera
pero también con un poco de tristeza porque se hubiera acabado. No sé, supongo
que son momentos en los que uno está un poco confuso y los sentimientos muy a flor de piel. En mi caso estaba tan perdido que
creí que faltaban unos minutos para la 1:00 A.M. cuando en realidad eran
alrededor de las 22:50 P.M. Y es que nunca fui pendiente de la marca ni de la
hora. Es cierto que a lo largo del día miré el cronometro varias veces (pocas),
pero es que, cada vez que lo hacía, no me aportaba ninguna información
relevante. ¿Qué más me daba ver seis horas y pico que diez o doce? Lo que me
importaba en esta ocasión eran los kilómetros y, a partir de Cercedilla,
tampoco mucho.
Del estado de gilipollez en que
me encontraba me sacó Jordan. Después de preparar la carrera se había quedado
sin poder ponerse en la salida por una lesión de última hora pero había ido a
la meta supongo que a estar con los Paquetes.Me dio la enhorabuena y me preguntó por la carrera. En ese momento fue
lo peor que pudo hacer porque yo todavía no había hablado con nadie y tenía
unas ganas locas de despacharme. Pero bueno, creo que pude contenerme y no le
di mucho la chapa.
De vuelta a la realidad salí
dirección al polideportivo. ¡Carajo! Tocó hacer una última subida de unos
quinientos a la vera del acueducto hasta que llegué a él. Recogí mis enseres (las
mochilas con “las sobras” que había dejado en Colmenar y en Cercedilla) y, justo
cuando iba a cambiarme, entró una chica de la organización avisándonos a los
que allí estábamos que salía un autobús para Madrid de forma inminente. Pues
nada, ni cambiarme. Me fui para el autocar todavía vestido de romano.
Había enviado unos guasap a Bruce
pero no había recibido contestación. Fue cuando el estábamos en las cercanías de
Plaza de Castilla cuando llegó su llamada. Había acabado en 14:59:37.
Ya en casa y antes de meterme en
la ducha me pesé. Estaba rozando los 77 kg, lo que significaba que había
perdido…¡seis kilos! Los tres primeros los recuperé muy rápido. Para volver a
ganar los tres siguientes tendrían que pasar unas semanas. Me metí en la cama
pensando en que al día siguiente mi cuerpo estaría para el arrastre. Que va. Mi
sorpresa fue mayúscula cuando al despertar no me dolía nada, ni articulaciones
ni músculos. Ni una mísera rozadura ni una pequeña agujeta. Eso si, el
cansancio general si era muy grande. Y aunque me fui recuperando en los días
posteriores (salí a correr apenas dos días después), me quedó una “fatiga
interior” difícil de explicar que me ha durado hasta que he tenido que parar la
lesión que me tiene en el dique seco.
*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*
XV. Epílogo reflexivo Posiblemente esta sea la más difícil y peor crónica que haya escrito al momento pues, por más que lo he intentado, me ha sido imposible plasmar mínimamente las sensaciones que viví en aquel ya lejano sábado de septiembre. Muchas veces me senté frente al ordenador en los días posteriores a la carrera para intentar hilvanar un texto que mereciera la plena publicar, pero todas ellas tuve que dejarlo contrariado. No era capaz de transformar en palabras todo lo que bullía en mi cabeza. Finalmente me resigné y desistí. Mi primer ultratrail, mi primer ultrafondo, quedaría solo para mí.
Hace un par de semanas la cosa cambió. Desde hace mes y medio estoy en el dique seco por la jodida espalda. En estos periodos uno trata de refugiarse en los recuerdos, en los buenos momentos vividos corriendo. Entonces fue inevitable volver la vista sobre la Madrid-Segovia. ¿De verdad no iba a escribir sobre ella? ¿Y si a la postre fuera mi primera y última incursión en esa distancia? ¿Me acordaría de ella dentro de unos años? Recuperé los apuntes que habían quedado olvidados en un Word llamado Magovia 2013 y empecé a tirar de recuerdos para intentar dar forma a una historia que si bien no transmitiera sensaciones si que al menos recogiera los hechos.
El resultado de todo esta peripecia es el pedazo ladrillo que tenéis enfrente, una extended version sin cortes ni ideas eliminadas, todo según me ha salido. Mis condolencias y admiración a quien haya hecho una lectura íntegra y haya llegado hasta este punto.
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XVI. "Me se" olvidaba.
Mis
agradecimientos a todos aquellos que hicieron posible esta carrera y que
estuvieron ahí ayudándonos y animándonos. Y por último la dedicatoria: esta va
por mi, ¡me la merezco! (Michel dixit frente a Corea del Sur).
Video con mi llegada a meta (a partir del 0' 49''). Vía Sandp (¡gracias majo!)