sábado, 14 de septiembre de 2013

Camí de Cavalls (4): Arenal d'en Castell - Cala Tirant

Por la zona boscosa de la Albufera des Comte (p.k. 4,600)


















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Longitud: 10.800 metros (*)
Salida: Arenal d'en Castell (altitud 67 m)
Llegada: Cala Tirant (altitud 72 m)
Desnivel acumulado: 747 m aprox.
Dificultad: Fácil
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Este itinerario del Camí de Cavalls une dos grandes urbanizaciones (Arenal d’en Castell y Platges de Fornells) y discurre por una zona bastante llana, en general con buen firme y alejada de la costa casi en su totalidad. Sin duda lo menos atractivo del trayecto son los más de 3.000 m sobre asfalto que, a través de varias carreteras, van a terminar a las puertas de Cala Tirant.

La etapa se inicia en el extremo oeste del Arenal d'en Castell, a escasos 150 metros de la playa del mismo nombre, justo donde acaba el núcleo urbano. Los primeros 900 metros bordean el litoral junto a altos acantilados y las vistas elevadas sobre el mar que desde allí se tienen son dignas de admirar. Lo peor de estos nueve hectómetros es el firme: se trata de un sendero trazado sobre terreno rocoso y calizo muy erosionado, de aristas cortantes y muy irregulares. Hay que prestar bastante atención a la hora de pisar si uno no quiere arruinar la aventura nada más iniciarla. 

Finalizado este primer subtramo se gira a la derecha y comienza un nuevo trecho, éste sobre asfalto, que recorre con tendencia descendente y durante aproximadamente 1.200 m las calles de la urbanización de Son Parc. Apartamentos, restaurantes y algún hotel se suceden entonces hasta que un nuevo giro a la derecha nos deja en una pista de tierra que desemboca en el aparcamiento del Arenal de Son Saura. Conviene en este punto desviarse un pelín del trazado del Camí y echar un vistazo a la playa.
 
Vista de la bahía de Fornells desde el Camí de Cavalls (p.k. 6,500)
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Con 80 m de ancho y 200 m de largo, el Arenal de Son Saura es una playa amplia de arena blanca y fina. Aunque en ella no hay levantadas construcciones residenciales, se ubica muy cerca de la urbanización de Son Parc y dispone de servicios de ocio y restauración. Destacan en ella sus impresionantes sistemas dunares.

Para continuar con la etapa, se ha de tomar un camino angosto que nace junto a la depuradora situada en las cercanías de la playa del Arenal de Son Saura (p.k. 2,300). Esta vía comienza en claro descenso y se va estrechando hasta convertirse en un sendero que se introduce en una zona sombría y con densa vegetación. Nos encontramos justo en el límite norte de la marisma litoral del Prat de Son Saura, lugar comunmente utilizado para la observación de aves.

La cuesta con mayor pendiente ascendente de todo la etapa, sirve de transición entre la parte más húmeda y la zona boscosa de la Albufera des Comte. Aquí el sendero vuelve a ensancharse hasta convertirse en un amplio camino que durante tres mil metros (desde km 2,6 al 5,6) va a atravesar un paisaje de gran valor natural, consistente basicamente en un bosque de pinos con sotobosque rico en especies arbustivas y herbáceas. Las copas de los árboles casi se cierran sobre nuestras cabezas, por lo que aunque el día sea soleado, en esta zona se dispondrá de una buena protección frente al astro rey. En cuanto al perfil, los desniveles se suceden uno tras otro pero siempre sin grandes pendientes. Aunque las bifurcaciones y cruces de pistas forestales son abundantes, la señalización del Camí y los carteles que anuncian que se trata de accesos privados son más que suficientes para poder seguir el itinerario sin posibilidad de pérdida.
 
El Camí de Cavalls convertido en pista forestal (p.k 6,900)
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Transcurridos unos 5.600 metros desde el inicio de la etapa, el paisaje boscoso finaliza y se abren grandes claros. Con pendiente claramente favorable al principio, se entra en un área con grandes parcelas de cultivo ahora descuidadas, con algunas construcciones abandonadas y con paredes secas en mal estado entre las que crecen higueras y zarzas. Un giro a la derecha de 90º nos sitúa en un corredor sombrío, con superficie empedrada y flanqueado por pinos a ambos lados que posiblemente fuera utilizado como lugar de tránsito de carruajes. Al superar un portón de madera ubicado al final del corredor mencionado, un cartel anuncia que se entra en la reserva de la Concepció. El principal atractivo de esta reserva son las Salines Noves, Cala Roja y Cala Blanca a las que se llega tomando un ramal que nace a la derecha del camino (p.k.7,000 aprox.). Según reza un anuncio ubicado en el desvío, las salinas solo pueden ser visitadas de forma guiada llamando a un número de teléfono que allí se indica. Un poco antes de alcanzar el desvío de las Salinas, a la izquierda de la vía pueden contemplarse los restos de la basílica paleocristiana de d'es Cap del Port. Descubierta en 1958, tras las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo se pudieron documentar los restos de un recinto de culto y un conjunto de habitaciones situadas al sureste del mismo.

Continuando por la amplia pista de tierra, poco después se alcanza la cerca que delimita la reserva y que deja paso a la carretera Me-7.

Los "cavalls" que apellidan al Camí
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Como se mencionaba al principio, los últimos 3.300 metros del itinerario Arenal d'en Castell-Cala Tirant son lo menos atractivo de este segmento del Camí menorquín, pues se desarrollan íntegramente por asfalto. Primero se toman las carreteras Me-7 y Me-15 dirección a Fornells. Es necesario tener precaución al transitar por ellas pues el arcén es muy estrecho y se está expuesto al tráfico rodado, que normalmente no circula a velocidad moderada precisamente. Más tarde, a la altura de la urbanización de Salines Noves se gira hacia a la izquierda para entrar en el desvío que ha de conducir al núcleo turístico de Platges de Fornells. Aquí nace un carril bici/peatonal que permite ir separado de la carretera. Tras salvar el último repecho ya solo queda descender unos 350 metros para llegar a Cala Tirant, final del trayecto.

Cala Tirant está divida en dos partes. La playa pequeña, primera que se alcanza, no mide más de 40 mde longitud y presenta un pequeño campo de dunas estabilizadas con vegetación. Superada una escalera/pasarela de madera desde la que se tienen unas bonitas vistas del entrante de mar entre las puntas Llarga y Negra, se alcanza la playa grande de unos 400 m de largo. Esta parte más amplia de Cala Tirant presenta normalmente importantes acumulaciones de posidonia (algas) en su orilla. Además tiene un extenso campo de dunas tierra adentro que se encuentra actualmente en regeneración y en su extremo occidental se localiza un humedal conocido como Binidoaire, salida natural de las balsas de Lloriac.
  
Camino empedrado entre pinos (p.k. 6,100)
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Como recorrido alternativo al Camí de Cavalls oficial, alcanzada la urbanización de Salines Noves (p.k. 9,700), puede no tomarse el desvío hacia Platges de Fornells y seguir recto hasta la localidad de Fornells. Sin duda merece la pena recorrer toda su espectacular bahía que hace las veces de puerto natural, atravesar su núcleo urbano y justo al final, allí donde se sale a mar abierto, ascender hasta la Torre de Fornells. Esta torre defensiva es de las más grandes de Menorca y fue levantada durante la época de dominación británica (1801-1802) con el objetivo de vigilar y proteger la entrada al puerto. De forma troncocónica, está construida con piedra mortero y refuerzos de areniscas. La torre es un muy buen lugar para disfrutar de las bellas puestas de sol isleñas.
 
Este suplemento de ida y vuelta fornellero supondría sumar 6.600 m más a los 10.800 m iniciales de la etapa.
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Puntos de interés de la ruta: Arenal d'en Castell, Arenal de Son Saura, Prat de Son Saura, bosque de la Albufera des Comte, las Salinas Noves, Cala Roja, Cala Blanca y Cala Tirant.
Observaciones: La distancia obtenida por el GPS utilizado fueron 10.620 m por los 10.800 m oficiales
 
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Al comienzo de la etapa, en Arenal d'en Castell

Subida desde la zona del Prat de Son Saura a la albufera des Comte (p.k. 2,600) 

Puerta de entrada a la reserva de la Concepció (p.k. 6,300)

Restos de la basílica d'es Cap del Port (p.k. 6,300)

Construcciones en ruínas (p.k.6,400)
 
¡Que tiene la zarzamora que a todas horas.... !
  
La Me-7 casi sin arcenes (p.k. 7,500)
 
Final de la etapa en Cala Tirant

  

martes, 10 de septiembre de 2013

Camí de Cavalls (15): Sant Tomás - Son Bou

Pasada Punta de Talis (p.k. 1,600)

 
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Longitud: 6.400 metros (*)
Salida: Sant Tomás (altitud 52 m)
Llegada: Son Bou (altitud 74 m)
Desnivel acumulado: 270 m aprox.
Dificultad: Fácil
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En esta etapa del Camí de Cavalls pueden distinguirse tres tramos bien definidos. El primero comienza justo a la altura de la rotonda de acceso a Sant Tomás y abarca las playas de Sant Adeodat y Sant Tomás. Ambas son playas urbanas que, a pesar de que su oferta hotelera se sitúa paralela a la línea de costa, han conservado su sistema dunar con una buena cobertura vegetal gracias a las pasarelas elevadas por las que se accede. La longitud de este primer segmento es de 1.100 metros y discurre por una especie de paseo marítimo pavimentado que serpentea entre las edificaciones y la propia línea de costa. Llegados al final del mismo, se gira a la derecha para descender hasta la playa.

Se inicia aquí el segundo tramo, el más bonito sin duda y el que da razón de ser a este itinerario. Desde la arena de la playa de Sant Tomás, en su extremo este, el Camí de Cavalls asciende entre piedras y siempre al lado del mar para superar Punta de Talis desde donde puede contemplarse una formidable vista panorámica de la costa. Esta es la única pequeña dificultad técnica que encontraremos en el recorrido y se solventará de manera fácil únicamente con tener precaución a la hora de apoyar los pies en la superficie rocosa irregular y erosionada. Después de unos 600 metros se entra en un amplio camino de tierra que, con algunas variaciones, ya no abandonaremos hasta la llegada al núcleo urbano de Son Bou.

El terreno es aquí prácticamente plano lo que ha favorecido tradicionalmente el cultivo de estas tierras. Se divisan grandes fincas delimitadas por paredes de piedra seca, algunas de ellas todavía en uso y otras dedicadas a zona de pasto y recreo de diferentes animales. No es raro encontrarse con vacas, caballos e incluso cerdos lo que explica el gran número de portones que se encuentran a lo largo de esta ruta. Por favor recordad siempre dejarlos bien cerrados.   
 
El Camí de Cavalls adoquinado a su paso por la playa de San Adeodat (p.k. 0,200)
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Justo al llegar al inicio de la playa de Son Bou, en Punta Redonda (p.K. 2,300), el camino se desvía a la izquierda para dirigirse tierra adentro buscando el Torrent de Sa Vall y bordeando la albufera del Prat de Son Bou. Ésta última es una de las principales zonas húmedas de la isla y la más importante de la zona sur. Con una superficie de unas 80 hectáreas, es una marisma litoral dispuesta casi en paralelo a la costa y separada del mar por la playa de Son Bou. Además de por el Torrent de Sa Vall (en el oeste), también se alimenta del que desciende por el barranco des Bec (en el este), variando la permanencia del agua de forma irregular entre las zonas encharcadas temporalmente y aquellas en las que el agua persiste durante todo el año. Entre la vegetación son frecuentes el carrizo, la espadaña, los juncos marinos y los tarajes. En lo que a la fauna se refiere, por allí pasan durante el año numerosas aves acuáticas, fundamentalmente diversas especies de ánades y, según la estación, garzas, fochas o calamones.

El camino se estrecha a medida que se acerca al fondo del barranco de Torrent de Sa Vall, la vegetación se vuelve más frondosa y el terreno más húmedo, apareciendo junto al camino charcos y zonas pantanosas. En el punto más bajo de esta etapa (km 3,300), una fila de adoquines forman un paso elevado que permite transitar por allí sin mojarse los pies. Inmediatamente después se gira a la derecha y se entra en un pasillo (a un lado la ladera y al otro un valla de piedras) sombreado por gran número de acebuches que gana altura paulatinamente hasta llegar a una explotación agricolaganadera. El camino se ensancha de nuevo y se convierte en una cómoda vía pecuaria que muere justo en la entrada a la zona urbanizada de Son Bou. La longitud de este segundo tramo es de 3,5 kilómetros y a su término se han recorrido ya 4.600 metros de los 6.500 metros de los que consta la etapa. 

Bloques de piedra para salvar el humedal (p.k. 3,300)
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El tercer tramo es el menos atractivo y discurre en su totalidad sobre el asfalto de las calles de Son Bou (1.900 metros). El acceso se hace a través de una cuesta de pendiente pronunciada y longitud no despreciable, a la que sucede un terreno prácticamente llano. A efectos de que sea más facil de identificar, conviene recordar que en este segmento urbano la señalización del Camí de Cavalls no se hace mediante los típicos postes de madera sino a través de signos pintados (una raya roja y otra blanca) en los postes de las señales o de las farolas. Aún siendo la parte menos vistosa del trayecto, al realizarse por una elevación del terreno, si uno gira la cabeza a su derecha podrá observar como allí abajo se extiende el Prat de Son Bou y la playa del mismo nombre. 

La playa de Son Bou es con sus casi 3.000 metros de longitud la más larga de Menorca. Presenta un importante sistema dunar y su arena es fina y blanquecina. Se podrían distinguir dos zonas. La primera sería la más "virgen" e iría desde Punta Redonda hasta la salida natural del humedal. Es un espacio sin urbanizar que mantiene los valores naturales y que presenta una muy buena conservación de las dunas. La segunda se extendería desde la salida del humedal hasta la basílica paleocristiana. Esta es una zona urbana con todo tipo de servicios (restaurantes, zonas de aparcamiento, socorristas...) y aunque las dunas se están regenerando en estos últimos tiempos, la erosión del sistema se aprecia fácilmente.

La etapa finaliza junto al parking ubicado casi en la salida de la localidad, a altura de las moles hoteleras que afean el paisaje y que no estaría mal hacer desaparecer.


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Como recorrido alternativo al Camí de Cavalls oficial, en Punta Redonda, justo donde da comienzo la playa de Son Bou, se puede optar por seguir recto y tomar la ruta que a través de un pasillo delimitado con cordones se adentra en el sistema dunar. Entre la playa de Son Bou y el Prat de Son Bou, este trayecto presenta una superficie de arena, lo que es más incómodo y requiere un esfuerzo físico mayor.  Alcanzado el punto donde desagua la zona húmeda (más o menos a mitad de recorrido), se puede seguir por la playa hasta su término donde se encuentran los restos de la basílica paleocristiana.

La basílica fue descubierta en los años cincuenta del siglo pasado y se estima que fue construida hacia el siglo V y que estuvo activa hasta principios del siglo VIII. El edificio era de planta rectangular y presentaba un pórtico con tres entradas por las que se accedía al nartex  (en el que se situaban los fieles que aún no habían sido bautizados). Las entradas daban paso a tres naves separadas por pilares sobre los que descansaban unos arcos que actualmente no se conservan. Las tres naves finalizaban en la cabecera que también era tripartita.

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Puntos de interés de la ruta: Playa de San Adeodat, playa de Sant Tomás, punta Talis, punta Redonda, playa Son Bou, barranco de Savall, Prat de Son Bou, sistema dunar de Son Bou y basílica paleocristiana.

Observaciones: La distancia del trayecto obtenida en mi recorrido fue de 6.500 metros frente a los 6.400 oficiales.

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Subida a Punta Talis desde la playa de Sant Tomás (p.k. 1,300)



















Panorámica desde Punta Redonda (p.k. 2,300)





Mama cerda y los cerditos junto al Prat de Son Bou


Subida "empasillada" hacía la explotación agropecuaria (p.k. 3,500)






















Desembocadura del humedal de Son Bou
Junto al Prat de Son Bou (p.k. 3,000)
Enfilando hacia el tramo urbano de Son Bou (p.k. 4,300)
Acceso a playa de Son Bou

Final de Torrent de Sa Vall desde el "paseo dunar" de Son Bou
 
 









Última actualización 12.09.2013
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sábado, 24 de agosto de 2013

XII Maratón Río Boedo

Bruce y Atalanta durante la segunda vuelta (Foto: Arganz)
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Hay mucha gente que peregrina a Santiago de Compostela. Yo no. Yo soy más de hacerlo a Báscones de Ojeda. Y más desde que una mañana tórrida de agosto de 2010 fui llamado a formar parte de la selecta congregación de boedianos. Aquel día abandoné todo lo superfluo que rodea al atletismo popular y alcancé por fin la pureza del "correr x correr" que tanto ansiaba. Para ello tuve que superar un rito de iniciación consistente en completar el maratón que en aquella localidad palentina se celebra y sumergirme posteriormente a modo de bautismo en las frías aguas del río Boedo. Las pasé canutas, seguramente peor que en todas mis experiencia previas y posteriores sobre la distancia de Filípides, pero mereció la pena.
 
Tanto fue así que al año siguiente decidí volver a correrlo, pero los elementos se coordinaron para que no fuera posible. Habiendo pernoctado en Burgos, salí de madrugada hacia la tierra prometida pero en el desvío pasado el de Osorno, la noche me confundió y tomé dirección Palencia en lugar de dirigirme hacia Santander. Nunca llegué a Báscones pero lo acepté de buen grado (bueno, después de cagarme en todo lo cagable) y entendí que si así sucedió fue porque así tenía que ser. En 2012 me lo volví a perder, esta vez por unas vacaciones fuera de la península en la fecha de celebración del maratón.
 
Según el calendario arganzniano, el 2013 era año boediano, circunstancia pintiparada para peregrinar a Báscones de Ojeda y renovar mis votos. La suerte estaba echada.
 
Por las largas rectas de tierra (Foto: Yo)
 
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Antes de hablar del XII Maratón Río Boedo, quisiera hacer un inciso para recomendar a los que queráis conocer como es esta carrera que leáis la entrada que hice con motivo de mi primera participación. No lo digo por “vender mi libro” (que también), sino porque como no meo veo capacitado para poder explicarlo mejor de lo que lo hice allí, no voy a volver a repetirlo aquí. Si queréis hacerme caso podéis pinchar en el siguiente enlace.
 
 
En esta ocasión obviaré aspectos que ya traté en aquella crónica y ahondaré en alguna de las características del maratón bizarro, por lo que si alguien lee esta entrada sin haber hecho lo oportuno con la anterior es posible que no saque una visión completa de lo que es este evento.
 
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Como primera idea creo que lo justo es volver a referirme a Gabriel y allegados. Es imposible concebir este maratón y el medio maratón que tiene lugar la tarde anterior sin ellos. La atención y el cariño que muestran hacia todos los que allí acudimos y el curro que se pegan para que todo salga bien son dignos de elogio. Y más en los tiempos que vivimos, porque a pesar de la situación económica actual y de que el número de participantes es cada vez mayor (aunque sin exageraciones), consiguen sacar adelante las dos pruebas sin cobrar inscripción alguna y manteniendo la entrega de un trofeo, un diploma, una camiseta y una caja de deliciosas pastas artesanales a todos los participantes, todo ello sin contar con los numerosos avituallamientos ofrecidos en las dos carreras y la paellada final para todos lo corredores y acompañantes.  
 
Por lo que pude oír, a pesar de que algunos de los participantes asiduos que conocen a Gabriel le han pedido que nos cobre una inscripción o que al menos que facilite un número de cuenta en el que cada uno ingrese la cantidad que considere oportuna, éste rechaza la propuesta. Sé que lo que yo diga también va a dar igual, pero después de disfrutar tanto uno se encuentra con la obligación moral de dar algo a cambio. Si él no accede a percibir un dinero que sea para sufragar de forma directa los gastos de la carrera, creo que una alternativa podría ser que pudiéramos realizar alguna donación a la Fundación Río Boedo que él preside y que tiene como finalidad el desarrollo del Valle del Boedo, la Ojeda y la Valdivia. Ahí dejo la idea por si alguno de sus conocidos lee esto y se la quiere hacer llegar.

En cualquier caso agradecer de corazón a Gabriel y Cia. el hacer posible que disfrutemos de lo que más nos gusta en un ambiente y entorno únicos. Muchas gracias.
 
En la zona de tierra (Foto: El Menda)
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En lo estrictamente deportivo, cuando uno se enfrenta al Maratón de Río Boedo ha de saber que si no quiere sufrir en exceso debe manejar con acierto, además de la distancia, otras dos variables: la soledad y el calor. En este caso no hay que preocuparse por el recorrido y su altimetría pues, a pesar de discurrir casi a partes iguales por asfalto y tierra, es prácticamente llano en su totalidad.
 
En cuanto al factor soledad, comencemos por decir que no llegábamos a sesenta los que este año nos encontrábamos a las 8:00 AM bajo la pancarta manuscrita que marcaba la salida y la llegada del maratón, pancarta que dicho sea de paso se ha convertido en uno de los elementos de culto de este evento. Si al reducido número de participantes se une que el recorrido consiste en dar tres vueltas a un circuito que transita por una carretera solitaria a la ida y por medio del campo a la vuelta, os podéis imaginar que la probabilidad de hacer gran parte del maratón en solitario es muy elevada. 
 
Ante esta situación y dentro de que cada uno tiene sus preferencias y su forma de vivir la carrera, mi consejo para evitar la interminable soledad del corredor de fondo es intentar formar un pequeño grupito. Más aún teniendo en cuenta que es esta una carrera en la que los participantes suelen tener una experiencia dilatada, lo que hace muy enriquecedor charlar con unos y con otros. En este sentido este año eché en falta el grupo majo que formamos en 2010. Entonces nos llegamos a unir siete participantes y, aunque fuimos perdiendo unidades según avanzaba la prueba, la verdad es que llevamos una buena conversación y se hizo muy llevadero.
 
Me dio la sensación de que en esta edición la people que nos dimos cita debíamos ser de carácter más solitario que entonces, pues ya en la primera recta el pequeño pelotón inicial se había convertido en una fila de uno (salvo alguna excepción) en la que los huecos entre participante y participante eran cada vez mayores. En nuestro caso (Bruce y yo), al salir en puestos retrasados fuimos adelantando algunas posiciones e intentando ganar alguna adhesión para la causa. De esta forma al poco de empezar nos convertimos en un trío al engancharse a nosotros otro corredor al que adelantamos, aunque se mantuvo por regla general un par de metros detrás de nosotros. Llegando al final de la primera vuelta, alcanzamos a otro participante que se acopló sin dificultad a nuestro ritmo pasando a constituir un cuarteto que se mantendría durante bastantes kilómetros. Esta última incorporación era Atalanta, un mirobrigense curtido en mil batallas que hacía doblete (había completado el medio maratón la tarde anterior) y que alcanzaba con el del domingo su quincuagésimo maratón.
 
Resumiendo, para los que gusten de correr en soledad el Maratón de Río Boedo es una oportunidad magnífica de hacerlo. Para los que no quieran sufrirla mi recomendación es que intenten buscar a alguien o “alguienes” con los que poder compartir parte o la totalidad del recorrido.
 
Según decían, el 3978 venía desde Ecuador expresamente para la carrera (Foto: Arganz)
 
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El segundo factor que mencionaba con anterioridad es el calor. Para mí es lo más duro de este maratón, sobre todo cuando se superan las dos horas y media de competición. En esta décimo segunda edición la jornada amaneció muy fresquita, tanto que al principio yo pedía con la boca pequeña que levantara el sol para que la cosa templara un poco, aún a sabiendas de que un tiempo después me arrepentiría totalmente de mis palabras. Para que os hagáis una idea, unos minutos antes del comienzo de la prueba el termómetro del coche no llegaba a los 12ºC y cuando alcancé la línea de meta bajo un sol de justicia (poco después del mediodía) la temperatura superaba los 30ºC. Ah, y tened en cuenta que es un calor con sol, porque salvo en la arboleda a la orilla del río (¿200 metros en cada vuelta?) no hay una triste sombra en todo el recorrido.
 
Para no intentar sucumbir bajo la elevada temperatura y los afilados rayos del astro rey que azotan la llanura palentina en estas fechas, fundamentalmente se pueden poner en marcha dos tácticas. La primera consiste en apretar todo lo que puedas en la primera parte de la carrera. Durante los aproximadamente primeros ciento veinte minutos de carrera el calor es más o menos llevadero, así es que todo el terreno que dejes atrás en ese espacio de tiempo ya lo llevas ganado. El riesgo de esta opción es que como no midas muy bien tus fuerzas puedes llegar a la parte final, la más exigente, muy cascado. Si cometes ese error te puedes dar por jodido. La segunda alternativa es más conservadora y pasa por ir reservando fuerzas durante la primera parte para afrontar lo más entero posible la última vuelta de recorrido (aproximadamente quince kilómetros). Esta opción tampoco es una garantía de éxito pues por muy bien que llegues a la parte decisiva, has de contar con que ya llevarás bastantes kilómetros en las patas y con que aguantar a pleno sol y con 30ºC el infierno de asfalto primero y las interminables y áridas rectas de tierra después, es harto complicado. Vamos, que también en este caso tienes una alta probabilidad de darte por jodido.
 
Visto lo visto, si al tema de la soledad le encuentro solución, al del calor no. Aquí lo único que se me ocurre es hidratarse y refrescarse lo máximo posible y aceptar que te va a tocar sufrir si o si. No hay otra. 

Pancarta de culto con torre de iglesia al fondo (Foto: Arganz)
 
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En lo personal, con mi segunda experiencia boediana pretendía volver a disfrutar de una carrera única, acumular kilómetros de cara a la cada vez más próxima Madrid-Segovia y, sobre todo, no sufrir como lo hice en los últimos kilómetros de mi debut. Todo ello se cumplió.
 
El último mes y pico me he dado unas buenas palicillas que me han permitido obtener un buen estado de forma para lo que normalmente es mi nivel. Como contrapartida también arrastro una pequeña fatiga en las patas, aunque nada preocupante. Mezclando ambos ingredientes pensaba a priori que debía poder completar el maratón en un tiempo que rondara las cuatro horas. Y ese ritmo fue más o menos el que seguí con Bruce, con Atalanta y con el cuarto integrante del grupo durante las dos primeras vueltas, giros que no tuvieron más historia que la de ir dejando pasar los kilómetros disfrutando lo más posible y esperando la llegada del momento decisivo.
 
En el último paso por Báscones de Ojeda dejé ir a mis compañeros y me dirigí al coche. Mi idea era avituallarme bien para encarar con fuerzas el final de la carrera, así es que miccioné, di cuenta de una barrita energética, bebí un par de tragos de agua fresca y cogí un limón antes de reemprender la marcha. Cuando salí del pueblo y alcancé la carretera, ví en la larga recta como Bruce se había distanciado alrededor de unos doscientos metros, abandonando la compañía de los otros dos componentes del grupo que debían estar unos setenta y cinco metros más cerca de mí. Me animó el ver que la distancia con ellos se reducía rápidamente, tanto que en un breve lapso de tiempo llegué a su altura. Viéndome bien y con un ritmo superior me despedí de los dos y me fui en busca de Bruce.
 
Al principio tenía mis dudas. Le veía allí a lo lejos y tenía la sensación que iba un poquito más despacio que yo, pero tenía miedo de que pudiera cebarme y pagarlo en los últimos kilómetros. Moderé un pelín mi marcha por si acaso pero percibí entonces que, a pesar de haber aflojado, el hueco con los que me perseguían aumentaba y la distancia con Bruce disminuía. Incentivado por ello, mantuve la zancada y le di alcance poco antes de entrar en Revilla de Collazos. En el avituallamiento a la salida de la población, me dijo que él iba ralentizar su marcha y que me fuera en solitario. Le hice caso.
 
Adelanté a tres participantes antes de entrar por segunda y última vez en Collados de Boezo y a otros dos (uno de los cuales iba muy tocado) a la salida de la misma localidad, justo donde comenzaba el tramo de tierra. Me encontraba fuerte y animado, pero no quería echar las campanas al vuelo. Recordaba lo mal que lo pasé en los últimos cinco mil metros la vez anterior y lo que sufrí entonces y tenía muy claro que no quería que se repitiera. Para no beber demasiada agua y evitar llenar mi estómago, empecé a dar bocados al limón (ese que cogí del coche en la parada “técnica”) buscando una forma de apagar la sed y refrescarme. No dio mucho resultado pero al menos me dejó un buen sabor de boca y me entretuvo.
 
Iba bien de piernas pero el calor era exagerado y las largas rectas minaban mentalmente. A pesar de reducir mi marcha adelanté a otros dos corredores, uno al que se le iba subiendo el gemelo y otro que ya iba al límite. La verdad es que en estos últimos kilómetros uno tenía la sensación de encontrarse con una rara variedad de zombies en vez de con corredores de un maratón. Y en estas me encontraba cuando yo también sucumbí. Empecé a sentirme mal y no quise repetir la escena de tres años antes, así es que tomé la sabía decisión de echar andar durante unos doscientos metros y recuperar en la medida de lo posible refrescándome con el agua que aún tenía del último avituallamiento. Sin duda fue lo mejor que pude hacer.
 
Para que os hagáis una idea de cómo irían los demás, solo perdí una posición. Quedaban unos tres mil metros cuando reemprendí la marcha, siempre siguiendo de cerca al participante que me había adelantado y que me sirvió de referencia hasta llegar a meta. Terminé en un tiempo de 3:57:33, aunque eso fue lo de menos.
 
Autorretrato rural con gorra y corrredores al fondo (Foto: Arganz)
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Tras cruzar la meta noqueado, saludé a Yonhey (estaba haciendo de reportero gráfico) balbuceando unas palabras que dudo que fueran entendibles y di media la vuelta camino de la fuente. Solo quería refrescarme y reponer líquidos. Cuando ya empezaba a ser persona, llegó Bruce y juntos nos dirigimos camino del río Boedo donde nos dimos un medio baño reparador (solo las piernas, que el agua fría estaba fría de pelotas). Como estaría mi cuerpo que desde el final de la prueba estuve ingiriendo bebidas y no oriné hasta que por la tarde llegué a Madrid cerca de cuatro o cinco litros después.
 
El estado en que llegué, aun siendo bastante mejor que el de 2010, me ha hecho plantearme una pregunta a la que tendré que responder con el tiempo ¿volveré? Evidentemente este maratón es una experiencia única y muy enriquecedora pero ¿merece la pena sufrir ese final? ¿qué sentido tiene arriesgarse a que te pegue un zurriagazo por correr a más de 30ºC una mañana de agosto a pleno sol? A día de hoy pienso que no volveré a participar, al menos en un futuro próximo, pero ya sabéis que pronto se nos olvidan estas cosas a los corredores zumbados.

Y hasta aquí la historia de la renovación de mis votos boedianos. La paz sea con vosotros. Podéis ir en paz.
 
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Os dejo con algunas fotos más...
 
 
Llegado a meta (Photo by Yonhey)
Girasoles
Me & Río Boedo (Photo by Arganz)
 
Con Yonhey (Photo by Yonhey)

 
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domingo, 18 de agosto de 2013

Renovando los votos boedianos

Con Atalanta, que hacía doblete y completaba su maratón num. 50 (Foto: Yomismoconmimecanismo)
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Y al tercer año renové mis votos boedianos.
 
La carrera volvío a hacerse muy dura por el fuerte calor  reinante (más de 30ºC en la parte final), pero el sufrimiento ha merecido la pena para volver a encontrarme con una prueba que debería ser imprescindible para cualquier maratoniano que se precie. Sostenido año tras año por Gabriel y Compañía, el Maratón del Río Boedo es un ejemplo de la ya casi olvidada esencia del atletismo popular al que unos cuantos "chalados" acudimos para aportar nuestro granito de arena ¡Bendita locura!
 
A ver si en los próximos días me curro una crónica como la ocasión merece. Hasta entonces no paséis mucho calor. Un saludete.
 

domingo, 4 de agosto de 2013

XXXI Trofeo de San Lorenzo

Al paso por el Palacio Real (www.vistoyvivido.blogspot.com)
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Que sepáis que desde el pasado domingo he alcanzado el nunca bien ponderado título de decasanlorenzino ¡Toma ya! ¡Diez trofeos del santo parrillero en mis largas y afeitadas piernas! Voy a ver si envío un correo a consultoriopapal@vatiano.it porque yo creo que, gracias a este logro, es factible que el nuevo Papa me conceda algún tipo de indulgencia o al menos un fin de semana con gastos pagados en el paraíso cuando las diñe. En la distancia y por lo que se ve en los medios, parece majete así es que a lo mejor cuela. Y si no se consigue pues oye, yo ya estoy más que satisfecho.
 
Como tocaba acumular kilómetros de cara a la Madrid-Segovia (no os lo he dicho hasta ahora pero me inscribí hace unos meses), esta vez quedé con Bruce una hora antes del comienzo de la carrera y nos fuimos a trotar por el cercano Parque del Retiro durante cuarenta y cinco minutillos. Él también hará la Madrid-Segovia y, si todo va según lo previsto, la idea es completarla toda o al menos hasta donde bien se pueda juntos. Total que estas salidas nos sirven, además de para hacer kilómetros, para entrenar el aguantarnos durante mucho tiempo sin acabar echándonos las miserias en cara cuan matrimonio bien avenido. Tras la terapia de pareja (¡sin mariconadas!), a las 8:55 A.M. ya estamos de vuelta a la Ronda de Atocha, calentados (que no calientes) y listos para tomar la salida.
 
A priori la mejor noticia de esta edición era que el recorrido del XXXI Trofeo de San Lorenzo se conservaba sin cambios respecto de la anterior, incluyendo el paso por C/ Cedaceros, C/ Alcalá y la Plaza de Cibeles. Este tramo parece ser motivo de discordia entre los organizadores y el Ayuntamiento en los últimos tiempos, de manera que en 2011 fue suprimido y en 2012 se añadió a última hora para salvar el paso frente al Congreso de los Diputados que en aquel entonces era asediado por las protestas de la ciudadanía contra las reformas recortadoras. Sin embargo como la tradición dice que el santo no puede ser venerado dos años seguidos repitiendo trazado, las autoridades decidieron a ultimísima hora que las costumbres había que respetarlas. Tan in extremis fue, que ya habían pasado por allí los primeros clasificados cuando los señores agentes extendieron una cinta de un extremo a otro de la C/ Cedaceros y encauzaron al resto de la manada de participantes directamente por la Carrera de San Jerónimo abajo.
 
A mí todo esto me sonó un poco a descojone general y a poca seriedad por parte de los que autorizaron y controlaron el recorrido, pero como a esta carrera voy a disfrutar y a pasármelo bien, me lo tomé de la mejor manera posible. No sé si los que se jugaban un puesto delantero  en la clasificación lo aceptaron igual de bien. En cualquier caso tengo decidido que si los astros se alinean, la carrera se disputa el año próximo y yo participo, el menda lerenda recorrerá el tramo amputado en esta ocasión por lo civil o por lo criminal (como ya hice en 2011).

Bajando camino de Neptuno (Photo by Yomismo)
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Por lo demás la carrera fue de nuevo una fiesta del atletismo popular madrileño. El recorrido por el centro histórico de la capital es impagable. El ambiente antes, durante y después de la carrera es formidable: para unos es el fin de la temporada y el inicio de las vacaciones, para otros la reèntre después de unos días de asueto y para todos ellos una excusa cojonuda para sentarse en alguna de las terrazas de los bares de las cercanías y pasar un buen rato en compañía de los colegas. Encomiable es el empeño que pone la Agrupación Recreativa Argumosa en seguir celebrando el trofeo año tras año, cada vez con más trabas y dificultades. Y sobre todo me gustaría volver a resaltar un año más la celebración de la carrera de benjamines y alevines. Puede que cuando no nos atañe no le demos importancia, pero ahora que The New Arganzboy participa en ella os aseguro que es muy especial. Son solo treinta o cuarenta metros, pero los niños la viven con la mayor de las ilusiones. Y si encima al terminar los obsequian a todos ellos con una medalla y ¡una copa! no os quiero ni contar. Por todo lo dicho y como todos los años, muchas gracias a quienes con su esfuerzo y dedicación hacen posible el Trofeo de San Lorenzo.
 
En lo personal me encontré muy bien. Desde la vuelta de vacaciones estoy saliendo  a correr casi todos los días y, cuando no lo hago, le doy a la elíptica, lo que me ha llevado a lograr un buen estado de forma. Fui a un ritmo cómodo desde la salida  hasta el comienzo de la Cuesta de San Vicente donde inicié un farlek fotográfico que duraría hasta casi el final de la prueba. El tiempo fue lo de menos, pero para que quede constancia diré que finalicé en 0:49:51 y ocupé el puesto 443 de los 940 llegados a meta.

Y esto es todo. Podéis ir en paz.



La carrera al paso por Neptuno (Foto: El Menda)

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sábado, 27 de julio de 2013

III K30 Peñalara

Por la cima de Peñalara (Photo by Arganz)
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Pequeño rollo de rentrée y tal

Antes de nada pido disculpas. El blog agoniza y no tengo valor a darle el golpe de gracia que acabe con él con un poco de dignidad. Seguramente se deba a que tengo la esperanza de que la situación se revierta y este confesionario correril vuelva a recobrar sus brios de antaño. Pero de momento es lo que hay.

Por retomar un poco la historia donde la dejé, decir que a la semana siguiente de participar en la III Carrera de Montaña “Pico Zapatero” (última carrera cronicada hasta le fecha), me planté por tercer año consecutivo en la línea de salida del Medio Maratón de Montaña “Montes de Toledo”. Su cuarta edición se caracterizó por el molesto viento y por una niebla agarrada a la montaña que nos hizo correr gran parte del ascenso envueltos por ella. Esta vez acabé muy contento, porque por fin conseguí doblegarla: en peor forma que en mis dos anteriores participaciones, hice mejor marca y acabé más entero.

Desde entonces no me volví a dorsalear, los entrenamientos se hicieron ligeros y acabé finalmente por tomarme unas vacaciones de diez días sin correr. A la vuelta comencé a ver el calendario de carreras de julio y me encontré con la III K30 Peñalara. Tenía once días por delante para recuperar un poco la forma y afrontar esta competición de montaña sobre una distancia de poco menos de 23 kilómetros. A lo mejor era un poco precipitado, pero pensaba que tomándomela con calma no debería sufrir demasiado.

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Entrando en materia

Como uno es como es, una vez inscrito no volví a interesarme por la prueba hasta el día antes. Y fue entonces cuando comencé a sentir cierto canguelo. Al ver la clasificación del año anterior, me di cuenta que según la franja donde suelo estar encuadrado al acabar las carreras, mi tiempo final debería rondar las 3h 10min. Teniendo en cuenta que se trataba de recorrer unos 22.500 metros, empecé a atisbar que aquello, lo que se dice un paseo no iba a ser. Por curiosidad seguí buceando en la página web del Grupo de Montaña La Acebeda, organizadores del evento, y leí que el desnivel acumulado del III K30 Peñalara era de 3.170 metros ¿no era mucho eso? Para confirmarlo repasé pruebas de montaña que ya había disputado anteriormente sobre distancias similares para hacerme una idea. Lezamako Mugetatik 2.400 metros en 28 kilómetros de longitud. Carrera las Dehesas, 1.300 en 22 kilómetros. Carrera de Montaña Pico Zapatero 2.226 metros en 22 kilómetros ¡Cojonuo pues! Después de más de un mes sin entrenar una distancia superior a diez kilómetros, sin acercarme a la montaña, con un parón de diez días y con solo una semana de entrenamiento ¿iba a ser capaz de torear a semejante morlaco? ¿alguien dijo miedo? Si lo dijo no lo escuché, pero en mi cabeza retumbaba la palabra INCONSCIENCIA. ¡La madre que me trajo!

A grandes rasgos y a toro pasado, la prueba podría resumirse en salir desde la Granja de San Ildefonso camino de Peñalara, hacer cumbre y volver. ¿Facil, no? ¡Y un cojón de pato viudo! Los más de veintidós kilómetros eran una sucesión de cuestas de gran inclinación, generalmente hacia arriba en la primera parte de la prueba y hacia abajo en la segunda. Y si queréis que os diga la verdad, no sabría decir que me costó más si las subidas o las bajadas.

Como digo, hasta aproximadamente el punto kilométrico 10,500, la ascensión era prácticamente continua. De hecho, nada más salir de la Granja se tomaba un camino estrecho que se empinaba y que ya nos ponía a todos a andar en fila de a uno. Yo iba tranquilo en las últimas posiciones de carrera y poco a poco adelantaba participantes sin proponérmelo. Las cuestas hacia arriba se sucedían y, aunque exigentes, no eran muy técnicas. Antes de llegar a Peñalara nos encontramos en un pinar con la primera dificultad seria del K30: un cuestarrón con un gran desnivel, superficie de hierba y una longitud no despreciable. Había que tener cuidado en los apoyos para no resbalar y mantener el cuerpo echado hacia delante para no perder el equilibrio y caerte de espaldas. Finalizada la ascensión y tras disfrutar de un buen avituallamiento y un corto paseíto por praderas que más bien parecían jardines, llegaba el plato fuerte de la jornada.

Por las bonitas praderas previas al canchal (Photo by Arganz)
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El descubrimiento del canchalazo peñalarense

¿Cómo un tío que no ha ido al monte ni a comer tortillas los domingos y que solo lleva tres temporadas iniciándose en trails y pruebas de montaña os puede explicar lo que sintió cuando, en la base de Peñalara, miró hacia arriba y percibió que hasta donde la vista le alcanzaba había que ascender en una interminable línea recta sobre un canchal? Yo soy incapaz. Quizás un “me cagué en las bragas” sea lo más descriptivo. Lo que si os puedo asegurar es que posiblemente sea lo más duro y lo más impresionante a lo que me he enfrentado hasta el momento en esta modalidad de atletismo.

El primer tramo pude negociarlo más o menos decentemente, pero cuando la cosa se complicó tuve que recurrir de forma continua a ayudarme de las manos para seguir avanzando. Aquello era duro de pelotas y el sol pegaba con fuerza, así es que a lo largo de ascensión me ví obligado a detenerme un par de veces a tomar resuello y a tirar de la botellita de agua para refrescar el gaznate. En la segunda ocasión, ya bastante arriba, opté por sentarme un ratito sobre una de las grises piedras del canchal y disfrutar de las espectaculares vistas que desde allí se tenían. La imagen tenía su coña: los que venían detrás alcanzaban mi posición trepando mientras yo, sentado frente a ellos, daba buena cuenta de unas gominolas que había cogido en el avituallamiento. Muy buñuelista la escena.

Superado el canchal con más pena que gloria, aun tocaba subir un poquito más para hacer cima. Allí había un control de paso en el que mi tiempo parcial fue de 2:07:14. Teniendo en cuenta que había cubierto aproximadamente 10,500 km y había ascendido cerca de 1.300 m, la marca os puede servir para haceros una idea de lo que había sido aquello.

Se podría pensar que entonces empezaba ya el descenso. Pues no exactamente. Antes había que negociar todavía un pequeño cresteo por la cumbre sobre otro canchal que tenía su miga, disfrutar de atravesar alguna zona que permanecia cubierta de nieve a mediados de julio y superar otras acumulaciones pétreas en las que, o tenías mucho valor y destreza, o mejor arrastrabas el culo (opción elegida por servidora). Después de todo ello si daba comienzo el largo descenso. Pero ojo, era una bajada con trampa. Al menos para mí. Se trataba de desniveles en general muy pronunciados y con mucha piedra suelta, lo que con 190 cm de altura, unos 84 kg de peso y la falta de soltura congénita de mi persona, complicaban mucho el asunto. Tenía que ir continuamente frenando para no embalarme con el resultado de que las rodillas empezaron pronto a echar humo. Las piedras hacían que prácticamente nunca pisaras sobre terreno llano, con lo que los tobillos empezaron a sufrir repetidas torceduras y, en una de ellas, cascó el derecho. En resumen, que en algunos momentos llegué a añorar las subidas iniciales.

Debía ser alrededor del 17,000 km cuando la bajada suavizó y, aunque siempre picando hacia abajo, entramos en un terreno rompepiernas pero con una superficie más cómoda. A esas alturas yo ya había tirado la toalla. Notaba la falta de kilómetros del último mes y las articulaciones se quejaban en cada paso, así es que decidí disfrutar del entorno en la medida de lo posible y completar trotando la distancia hasta meta. Aun así alcancé reventado la línea de llegada en 3h 47min 26 seg y ocupé el lugar 123 de los 182 finalistas.

El inicio del canchalazo (Photo by Arganz)
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En resumiendo y en concluyendo

El K30 de Peñalara es desde mi experiencia relativamente corta, una prueba muy exigente y con tramos de bastante complejidad técnica. Al desnivel acumulado hay que añadir que la mayoría del trazado discurre por superficie poco corrible e incómoda, con especial atención al canchal peñalero. Además según he podido conocer posteriormente, esta tercera edición era una versión endurecida respecto a las dos anteriores, pues el cuestarron herboso al que hice referencia anteriormente no había sido incluido en años precedentes. Para hacerse una idea de su efecto, el clasificado en la posición número 100 en 2012 marcó en meta 2h 57min, mientras que en este 2013 la misma posición se logró con 3h 37min.

A su dureza física hay que unir la alta temperatura. Si bien es cierto que buena parte del recorrido se hacía por zonas sombreadas y que a mayor altura pelín más de fresquito, el calor apretó bastante y contribuyó al desgaste físico de los participantes.

Más allá de todo lo mencionado, el III K30 Peñalara resultó ser una prueba variada y divertida que discurrió en gran parte por estrechos senderos, que atravesaban un entorno muy bello en el que se podía disfrutar de bonitos y variados paisajes, atravesar inmensos pinares, sumergirse en bosques de helechos, saltar riachuelos o salvar como cada uno mejor sabía y podía los grandes troncos caídos que en numerosas ocasiones atravesaban el trazado. Una verdadera gozada.

Los responsables del cotarro fueron los componentes del Grupo de Montaña La Acebeda quienes lo hicieron muy, muy bien. El recorrido estuvo perfectamente balizado, hubo numerosos puntos de control y los avituallamientos estuvieron generosamente surtidos, tanto los intermedios como el de meta. Agua, isotónicos, fruta, frutos secos, gominolas…, formaban parte del buffet. Desde mi punto de vista, se hubiera agradecido algún avituallamiento líquido más, pero tampoco me resultó crucial pues decidí llevar mochila durante la carrera y, en ella, un bidón de agua. Recordar que en el III K30 Peñalara no se ofrecían vasos en los avituallamientos por lo que cada uno debía portar el suyo. Por si acaso alguien no se hubiera enterado, unos minutos antes de salir lo recordaron y repartieron recipientes plegables entre aquellos que no tenían. Mencionar también el contenedor de agua fría instalado en la zona de llegada que permitía refrescar las piernas a todos lo que así lo quisieran.

Como novedad de esta edición, junto con la prueba tradicional, se desarrolló el I Real Sitio Trail sobre una distancia de 42 kilómetros. Los participantes no fueron muchos, menos de 50 por los aproximadamente 180 del III K30 Peñalara, y a tenor del desnivel acumulado, proporcionalmente la exigencia era menor que la de la prueba corta. Ojalá se siga celebrando en próximas ediciones pues puede ser una buena opción para un maratón en julio.

Por último señalar que el ambiente fue muy agradable, tanto entre los corredores, como con los granjeños que estuvieron animando y con todos los montañeros que encontramos a lo largo del recorrido. Una gran carrera.

¡Hasta la próxima!


Perfil y track, cortesia de la organización

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Al poco de comenzar (www.cplaconquista.blogspot.com)

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