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domingo, 31 de enero de 2010

Paisajes de baldositas


Este fin de semana he vuelto a la piscina tras dos meses de ausencia. ¡Mira que me cuesta esto de nadar! Pero no queda otra. Los dolores de lumbares vuelven a fastidiarme y pelearme con el agua de la pileta parece ser el mejor alivio.

En mi reencuentro de ayer nadé unos cincuenta minutos, siempre con el pull sujeto entre los muslos. Este tiempo es prácticamente el único en la semana que dedico a mi “vida interior”, a reflexionar, a encontrarme conmigo mismo. Más que nada porque no me queda otra opción. Entre los tapones de los odios y llevar la cabeza parcialmente bajo el agua, los escasos sonidos que me llegan lo hacen muy amortiguados. Todo es monotonía. Las hileras flotantes de discos de colores que delimitan las calles siempre a mi derecha. Cada tres brazadas girar la cabeza para tomar aire; expulsarlo después por la nariz dentro del agua, generando un pequeño caudal de burbujas que enseguida quedan atrás. Dar la vuelta para comenzar un nuevo largo una vez llegado a la pared que delimita el final de la pileta. Y sobre todo, lo más aburrido, contemplar ese invariable paisaje de puñeteras baldositas azules (y alguna blancas) que se extiende sin fin hasta donde la vista alcanza.

Por qué ¿A quién coño se le ocurrió alicatar las piscinas con la puñeteras baldositas? ¿No sería más cómodo poner azulejos más grandes? Parece que estoy viendo al ínclito creador de esta tradición convenciendo a su cliente “Mire usté, le voy a hacer un trabajito fino, fino. En vez de hacerle un simple enfoscao, que es resultón pero feo, o poner baldosas grandes, más elegante pero muy visto, le voy a alicatar la piscina con miles de cuadraditos en tonos azules. Le va a salir pelín más caro pero le va a merecer la pena. Porque usté no es de los que prefiere ahorrarse unas perras por no tener una piscina como Dios manda ¿O me equivoco?”

En fin, que cuando estoy hablando con alguien y me dice la típica soplagaitez “Yo no podría ir a correr, ¡debe ser aburridísimo!”. Siempre le hago la misma pregunta “¿Tu no nadas verdad?”

Saludos
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lunes, 16 de marzo de 2009

Bleu (Azul)


Hace ya más de tres lustros que ví en el cine Trois Couleurs: Bleu (1993), peliculón dirigido por el desaparecido realizador polaco Krzysztof Kiéslowski y que era la primera entrega de una trilogía (completada posteriormente con Rouge y Blanc) en la que pretendía plasmar los ideales de la revolución francesa. Aunque no he vuelto a verla desde entonces, tres cosas de aquel film se me quedaron grabadas: la escena inicial e impresionante del accidente de coche, la excelente banda sonora y las imágenes en la que una joven Juliette Binoche nada sola en una gran piscina de color azul.

Y ¿por qué traigo hoy esta película hasta aquí? Pues porque después de dos años, el sábado rescaté de las entreñas del armario mi bañador Adidas “turbo”, mis gafas azules Arena, mi gorrito también azul y también Arena, y mis tapones de silicona para los oídos y…¡volví a nadar! (o algo parecido). Cuando tras pensarlo largo rato sentado en el borde de la pileta decidí sumergirme en el agua, me vino al cabezorro la imagen de la Binoche nadando elegantemente en aquella piscina azul. Ahora allí estaba yo cuan Michael Phelps de garrafón, pegándome contra el agua para intentar completar un largo tras otro sin perecer en el intento.

Y es que los dolores de espalda y las recomendaciones del fisio me han convencido de que aunque me resulte un pestiño, me aburra como un muerto, me cueste Dios y ayuda mantenerme a flote, tengo que volver a incluir en mi rutina semanal al menos un día de "suiminpul". Este fin de semana comencé con treinta largos que, a una distancia de cincuenta metros por largo, da un total de mil quinientos metros. De los treinta largos, veinte fueron con “pull” (especie de pequeño flotador en forma de ocho que se pone entre las piernas para trabajar sólo el tren superior) y diez sin él. Para que os hagáis una idea de lo que me cuesta nadar, prefiero hacerlo con pull que sin él, pues así me es más fácil mantenerme a flote. El agua no es mi medio. Tardé un porrón de años en aprender a nadar y estoy convencido de que si la naturaleza hubiera querido que yo me desenvolviera con soltura en el medio acuático, me hubiera dotado de una grandes aletas y una estupendas branquias.

En fin, que dado el consenso general de que nadar es bueno para la espalda, habrá que hacer el sacrificio e ir a la piscina regularmente a hacerse unos larguitos ¡Todo sea por poder seguir corriendo!

Saludos

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