sábado, 24 de agosto de 2013

XII Maratón Río Boedo

Bruce y Atalanta durante la segunda vuelta (Foto: Arganz)
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Hay mucha gente que peregrina a Santiago de Compostela. Yo no. Yo soy más de hacerlo a Báscones de Ojeda. Y más desde que una mañana tórrida de agosto de 2010 fui llamado a formar parte de la selecta congregación de boedianos. Aquel día abandoné todo lo superfluo que rodea al atletismo popular y alcancé por fin la pureza del "correr x correr" que tanto ansiaba. Para ello tuve que superar un rito de iniciación consistente en completar el maratón que en aquella localidad palentina se celebra y sumergirme posteriormente a modo de bautismo en las frías aguas del río Boedo. Las pasé canutas, seguramente peor que en todas mis experiencia previas y posteriores sobre la distancia de Filípides, pero mereció la pena.
 
Tanto fue así que al año siguiente decidí volver a correrlo, pero los elementos se coordinaron para que no fuera posible. Habiendo pernoctado en Burgos, salí de madrugada hacia la tierra prometida pero en el desvío pasado el de Osorno, la noche me confundió y tomé dirección Palencia en lugar de dirigirme hacia Santander. Nunca llegué a Báscones pero lo acepté de buen grado (bueno, después de cagarme en todo lo cagable) y entendí que si así sucedió fue porque así tenía que ser. En 2012 me lo volví a perder, esta vez por unas vacaciones fuera de la península en la fecha de celebración del maratón.
 
Según el calendario arganzniano, el 2013 era año boediano, circunstancia pintiparada para peregrinar a Báscones de Ojeda y renovar mis votos. La suerte estaba echada.
 
Por las largas rectas de tierra (Foto: Yo)
 
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Antes de hablar del XII Maratón Río Boedo, quisiera hacer un inciso para recomendar a los que queráis conocer como es esta carrera que leáis la entrada que hice con motivo de mi primera participación. No lo digo por “vender mi libro” (que también), sino porque como no meo veo capacitado para poder explicarlo mejor de lo que lo hice allí, no voy a volver a repetirlo aquí. Si queréis hacerme caso podéis pinchar en el siguiente enlace.
 
 
En esta ocasión obviaré aspectos que ya traté en aquella crónica y ahondaré en alguna de las características del maratón bizarro, por lo que si alguien lee esta entrada sin haber hecho lo oportuno con la anterior es posible que no saque una visión completa de lo que es este evento.
 
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Como primera idea creo que lo justo es volver a referirme a Gabriel y allegados. Es imposible concebir este maratón y el medio maratón que tiene lugar la tarde anterior sin ellos. La atención y el cariño que muestran hacia todos los que allí acudimos y el curro que se pegan para que todo salga bien son dignos de elogio. Y más en los tiempos que vivimos, porque a pesar de la situación económica actual y de que el número de participantes es cada vez mayor (aunque sin exageraciones), consiguen sacar adelante las dos pruebas sin cobrar inscripción alguna y manteniendo la entrega de un trofeo, un diploma, una camiseta y una caja de deliciosas pastas artesanales a todos los participantes, todo ello sin contar con los numerosos avituallamientos ofrecidos en las dos carreras y la paellada final para todos lo corredores y acompañantes.  
 
Por lo que pude oír, a pesar de que algunos de los participantes asiduos que conocen a Gabriel le han pedido que nos cobre una inscripción o que al menos que facilite un número de cuenta en el que cada uno ingrese la cantidad que considere oportuna, éste rechaza la propuesta. Sé que lo que yo diga también va a dar igual, pero después de disfrutar tanto uno se encuentra con la obligación moral de dar algo a cambio. Si él no accede a percibir un dinero que sea para sufragar de forma directa los gastos de la carrera, creo que una alternativa podría ser que pudiéramos realizar alguna donación a la Fundación Río Boedo que él preside y que tiene como finalidad el desarrollo del Valle del Boedo, la Ojeda y la Valdivia. Ahí dejo la idea por si alguno de sus conocidos lee esto y se la quiere hacer llegar.

En cualquier caso agradecer de corazón a Gabriel y Cia. el hacer posible que disfrutemos de lo que más nos gusta en un ambiente y entorno únicos. Muchas gracias.
 
En la zona de tierra (Foto: El Menda)
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En lo estrictamente deportivo, cuando uno se enfrenta al Maratón de Río Boedo ha de saber que si no quiere sufrir en exceso debe manejar con acierto, además de la distancia, otras dos variables: la soledad y el calor. En este caso no hay que preocuparse por el recorrido y su altimetría pues, a pesar de discurrir casi a partes iguales por asfalto y tierra, es prácticamente llano en su totalidad.
 
En cuanto al factor soledad, comencemos por decir que no llegábamos a sesenta los que este año nos encontrábamos a las 8:00 AM bajo la pancarta manuscrita que marcaba la salida y la llegada del maratón, pancarta que dicho sea de paso se ha convertido en uno de los elementos de culto de este evento. Si al reducido número de participantes se une que el recorrido consiste en dar tres vueltas a un circuito que transita por una carretera solitaria a la ida y por medio del campo a la vuelta, os podéis imaginar que la probabilidad de hacer gran parte del maratón en solitario es muy elevada. 
 
Ante esta situación y dentro de que cada uno tiene sus preferencias y su forma de vivir la carrera, mi consejo para evitar la interminable soledad del corredor de fondo es intentar formar un pequeño grupito. Más aún teniendo en cuenta que es esta una carrera en la que los participantes suelen tener una experiencia dilatada, lo que hace muy enriquecedor charlar con unos y con otros. En este sentido este año eché en falta el grupo majo que formamos en 2010. Entonces nos llegamos a unir siete participantes y, aunque fuimos perdiendo unidades según avanzaba la prueba, la verdad es que llevamos una buena conversación y se hizo muy llevadero.
 
Me dio la sensación de que en esta edición la people que nos dimos cita debíamos ser de carácter más solitario que entonces, pues ya en la primera recta el pequeño pelotón inicial se había convertido en una fila de uno (salvo alguna excepción) en la que los huecos entre participante y participante eran cada vez mayores. En nuestro caso (Bruce y yo), al salir en puestos retrasados fuimos adelantando algunas posiciones e intentando ganar alguna adhesión para la causa. De esta forma al poco de empezar nos convertimos en un trío al engancharse a nosotros otro corredor al que adelantamos, aunque se mantuvo por regla general un par de metros detrás de nosotros. Llegando al final de la primera vuelta, alcanzamos a otro participante que se acopló sin dificultad a nuestro ritmo pasando a constituir un cuarteto que se mantendría durante bastantes kilómetros. Esta última incorporación era Atalanta, un mirobrigense curtido en mil batallas que hacía doblete (había completado el medio maratón la tarde anterior) y que alcanzaba con el del domingo su quincuagésimo maratón.
 
Resumiendo, para los que gusten de correr en soledad el Maratón de Río Boedo es una oportunidad magnífica de hacerlo. Para los que no quieran sufrirla mi recomendación es que intenten buscar a alguien o “alguienes” con los que poder compartir parte o la totalidad del recorrido.
 
Según decían, el 3978 venía desde Ecuador expresamente para la carrera (Foto: Arganz)
 
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El segundo factor que mencionaba con anterioridad es el calor. Para mí es lo más duro de este maratón, sobre todo cuando se superan las dos horas y media de competición. En esta décimo segunda edición la jornada amaneció muy fresquita, tanto que al principio yo pedía con la boca pequeña que levantara el sol para que la cosa templara un poco, aún a sabiendas de que un tiempo después me arrepentiría totalmente de mis palabras. Para que os hagáis una idea, unos minutos antes del comienzo de la prueba el termómetro del coche no llegaba a los 12ºC y cuando alcancé la línea de meta bajo un sol de justicia (poco después del mediodía) la temperatura superaba los 30ºC. Ah, y tened en cuenta que es un calor con sol, porque salvo en la arboleda a la orilla del río (¿200 metros en cada vuelta?) no hay una triste sombra en todo el recorrido.
 
Para no intentar sucumbir bajo la elevada temperatura y los afilados rayos del astro rey que azotan la llanura palentina en estas fechas, fundamentalmente se pueden poner en marcha dos tácticas. La primera consiste en apretar todo lo que puedas en la primera parte de la carrera. Durante los aproximadamente primeros ciento veinte minutos de carrera el calor es más o menos llevadero, así es que todo el terreno que dejes atrás en ese espacio de tiempo ya lo llevas ganado. El riesgo de esta opción es que como no midas muy bien tus fuerzas puedes llegar a la parte final, la más exigente, muy cascado. Si cometes ese error te puedes dar por jodido. La segunda alternativa es más conservadora y pasa por ir reservando fuerzas durante la primera parte para afrontar lo más entero posible la última vuelta de recorrido (aproximadamente quince kilómetros). Esta opción tampoco es una garantía de éxito pues por muy bien que llegues a la parte decisiva, has de contar con que ya llevarás bastantes kilómetros en las patas y con que aguantar a pleno sol y con 30ºC el infierno de asfalto primero y las interminables y áridas rectas de tierra después, es harto complicado. Vamos, que también en este caso tienes una alta probabilidad de darte por jodido.
 
Visto lo visto, si al tema de la soledad le encuentro solución, al del calor no. Aquí lo único que se me ocurre es hidratarse y refrescarse lo máximo posible y aceptar que te va a tocar sufrir si o si. No hay otra. 

Pancarta de culto con torre de iglesia al fondo (Foto: Arganz)
 
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En lo personal, con mi segunda experiencia boediana pretendía volver a disfrutar de una carrera única, acumular kilómetros de cara a la cada vez más próxima Madrid-Segovia y, sobre todo, no sufrir como lo hice en los últimos kilómetros de mi debut. Todo ello se cumplió.
 
El último mes y pico me he dado unas buenas palicillas que me han permitido obtener un buen estado de forma para lo que normalmente es mi nivel. Como contrapartida también arrastro una pequeña fatiga en las patas, aunque nada preocupante. Mezclando ambos ingredientes pensaba a priori que debía poder completar el maratón en un tiempo que rondara las cuatro horas. Y ese ritmo fue más o menos el que seguí con Bruce, con Atalanta y con el cuarto integrante del grupo durante las dos primeras vueltas, giros que no tuvieron más historia que la de ir dejando pasar los kilómetros disfrutando lo más posible y esperando la llegada del momento decisivo.
 
En el último paso por Báscones de Ojeda dejé ir a mis compañeros y me dirigí al coche. Mi idea era avituallarme bien para encarar con fuerzas el final de la carrera, así es que miccioné, di cuenta de una barrita energética, bebí un par de tragos de agua fresca y cogí un limón antes de reemprender la marcha. Cuando salí del pueblo y alcancé la carretera, ví en la larga recta como Bruce se había distanciado alrededor de unos doscientos metros, abandonando la compañía de los otros dos componentes del grupo que debían estar unos setenta y cinco metros más cerca de mí. Me animó el ver que la distancia con ellos se reducía rápidamente, tanto que en un breve lapso de tiempo llegué a su altura. Viéndome bien y con un ritmo superior me despedí de los dos y me fui en busca de Bruce.
 
Al principio tenía mis dudas. Le veía allí a lo lejos y tenía la sensación que iba un poquito más despacio que yo, pero tenía miedo de que pudiera cebarme y pagarlo en los últimos kilómetros. Moderé un pelín mi marcha por si acaso pero percibí entonces que, a pesar de haber aflojado, el hueco con los que me perseguían aumentaba y la distancia con Bruce disminuía. Incentivado por ello, mantuve la zancada y le di alcance poco antes de entrar en Revilla de Collazos. En el avituallamiento a la salida de la población, me dijo que él iba ralentizar su marcha y que me fuera en solitario. Le hice caso.
 
Adelanté a tres participantes antes de entrar por segunda y última vez en Collados de Boezo y a otros dos (uno de los cuales iba muy tocado) a la salida de la misma localidad, justo donde comenzaba el tramo de tierra. Me encontraba fuerte y animado, pero no quería echar las campanas al vuelo. Recordaba lo mal que lo pasé en los últimos cinco mil metros la vez anterior y lo que sufrí entonces y tenía muy claro que no quería que se repitiera. Para no beber demasiada agua y evitar llenar mi estómago, empecé a dar bocados al limón (ese que cogí del coche en la parada “técnica”) buscando una forma de apagar la sed y refrescarme. No dio mucho resultado pero al menos me dejó un buen sabor de boca y me entretuvo.
 
Iba bien de piernas pero el calor era exagerado y las largas rectas minaban mentalmente. A pesar de reducir mi marcha adelanté a otros dos corredores, uno al que se le iba subiendo el gemelo y otro que ya iba al límite. La verdad es que en estos últimos kilómetros uno tenía la sensación de encontrarse con una rara variedad de zombies en vez de con corredores de un maratón. Y en estas me encontraba cuando yo también sucumbí. Empecé a sentirme mal y no quise repetir la escena de tres años antes, así es que tomé la sabía decisión de echar andar durante unos doscientos metros y recuperar en la medida de lo posible refrescándome con el agua que aún tenía del último avituallamiento. Sin duda fue lo mejor que pude hacer.
 
Para que os hagáis una idea de cómo irían los demás, solo perdí una posición. Quedaban unos tres mil metros cuando reemprendí la marcha, siempre siguiendo de cerca al participante que me había adelantado y que me sirvió de referencia hasta llegar a meta. Terminé en un tiempo de 3:57:33, aunque eso fue lo de menos.
 
Autorretrato rural con gorra y corrredores al fondo (Foto: Arganz)
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Tras cruzar la meta noqueado, saludé a Yonhey (estaba haciendo de reportero gráfico) balbuceando unas palabras que dudo que fueran entendibles y di media la vuelta camino de la fuente. Solo quería refrescarme y reponer líquidos. Cuando ya empezaba a ser persona, llegó Bruce y juntos nos dirigimos camino del río Boedo donde nos dimos un medio baño reparador (solo las piernas, que el agua fría estaba fría de pelotas). Como estaría mi cuerpo que desde el final de la prueba estuve ingiriendo bebidas y no oriné hasta que por la tarde llegué a Madrid cerca de cuatro o cinco litros después.
 
El estado en que llegué, aun siendo bastante mejor que el de 2010, me ha hecho plantearme una pregunta a la que tendré que responder con el tiempo ¿volveré? Evidentemente este maratón es una experiencia única y muy enriquecedora pero ¿merece la pena sufrir ese final? ¿qué sentido tiene arriesgarse a que te pegue un zurriagazo por correr a más de 30ºC una mañana de agosto a pleno sol? A día de hoy pienso que no volveré a participar, al menos en un futuro próximo, pero ya sabéis que pronto se nos olvidan estas cosas a los corredores zumbados.

Y hasta aquí la historia de la renovación de mis votos boedianos. La paz sea con vosotros. Podéis ir en paz.
 
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Os dejo con algunas fotos más...
 
 
Llegado a meta (Photo by Yonhey)
Girasoles
Me & Río Boedo (Photo by Arganz)
 
Con Yonhey (Photo by Yonhey)

 
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domingo, 18 de agosto de 2013

Renovando los votos boedianos

Con Atalanta, que hacía doblete y completaba su maratón num. 50 (Foto: Yomismoconmimecanismo)
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Y al tercer año renové mis votos boedianos.
 
La carrera volvío a hacerse muy dura por el fuerte calor  reinante (más de 30ºC en la parte final), pero el sufrimiento ha merecido la pena para volver a encontrarme con una prueba que debería ser imprescindible para cualquier maratoniano que se precie. Sostenido año tras año por Gabriel y Compañía, el Maratón del Río Boedo es un ejemplo de la ya casi olvidada esencia del atletismo popular al que unos cuantos "chalados" acudimos para aportar nuestro granito de arena ¡Bendita locura!
 
A ver si en los próximos días me curro una crónica como la ocasión merece. Hasta entonces no paséis mucho calor. Un saludete.
 

domingo, 4 de agosto de 2013

XXXI Trofeo de San Lorenzo

Al paso por el Palacio Real (www.vistoyvivido.blogspot.com)
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Que sepáis que desde el pasado domingo he alcanzado el nunca bien ponderado título de decasanlorenzino ¡Toma ya! ¡Diez trofeos del santo parrillero en mis largas y afeitadas piernas! Voy a ver si envío un correo a consultoriopapal@vatiano.it porque yo creo que, gracias a este logro, es factible que el nuevo Papa me conceda algún tipo de indulgencia o al menos un fin de semana con gastos pagados en el paraíso cuando las diñe. En la distancia y por lo que se ve en los medios, parece majete así es que a lo mejor cuela. Y si no se consigue pues oye, yo ya estoy más que satisfecho.
 
Como tocaba acumular kilómetros de cara a la Madrid-Segovia (no os lo he dicho hasta ahora pero me inscribí hace unos meses), esta vez quedé con Bruce una hora antes del comienzo de la carrera y nos fuimos a trotar por el cercano Parque del Retiro durante cuarenta y cinco minutillos. Él también hará la Madrid-Segovia y, si todo va según lo previsto, la idea es completarla toda o al menos hasta donde bien se pueda juntos. Total que estas salidas nos sirven, además de para hacer kilómetros, para entrenar el aguantarnos durante mucho tiempo sin acabar echándonos las miserias en cara cuan matrimonio bien avenido. Tras la terapia de pareja (¡sin mariconadas!), a las 8:55 A.M. ya estamos de vuelta a la Ronda de Atocha, calentados (que no calientes) y listos para tomar la salida.
 
A priori la mejor noticia de esta edición era que el recorrido del XXXI Trofeo de San Lorenzo se conservaba sin cambios respecto de la anterior, incluyendo el paso por C/ Cedaceros, C/ Alcalá y la Plaza de Cibeles. Este tramo parece ser motivo de discordia entre los organizadores y el Ayuntamiento en los últimos tiempos, de manera que en 2011 fue suprimido y en 2012 se añadió a última hora para salvar el paso frente al Congreso de los Diputados que en aquel entonces era asediado por las protestas de la ciudadanía contra las reformas recortadoras. Sin embargo como la tradición dice que el santo no puede ser venerado dos años seguidos repitiendo trazado, las autoridades decidieron a ultimísima hora que las costumbres había que respetarlas. Tan in extremis fue, que ya habían pasado por allí los primeros clasificados cuando los señores agentes extendieron una cinta de un extremo a otro de la C/ Cedaceros y encauzaron al resto de la manada de participantes directamente por la Carrera de San Jerónimo abajo.
 
A mí todo esto me sonó un poco a descojone general y a poca seriedad por parte de los que autorizaron y controlaron el recorrido, pero como a esta carrera voy a disfrutar y a pasármelo bien, me lo tomé de la mejor manera posible. No sé si los que se jugaban un puesto delantero  en la clasificación lo aceptaron igual de bien. En cualquier caso tengo decidido que si los astros se alinean, la carrera se disputa el año próximo y yo participo, el menda lerenda recorrerá el tramo amputado en esta ocasión por lo civil o por lo criminal (como ya hice en 2011).

Bajando camino de Neptuno (Photo by Yomismo)
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Por lo demás la carrera fue de nuevo una fiesta del atletismo popular madrileño. El recorrido por el centro histórico de la capital es impagable. El ambiente antes, durante y después de la carrera es formidable: para unos es el fin de la temporada y el inicio de las vacaciones, para otros la reèntre después de unos días de asueto y para todos ellos una excusa cojonuda para sentarse en alguna de las terrazas de los bares de las cercanías y pasar un buen rato en compañía de los colegas. Encomiable es el empeño que pone la Agrupación Recreativa Argumosa en seguir celebrando el trofeo año tras año, cada vez con más trabas y dificultades. Y sobre todo me gustaría volver a resaltar un año más la celebración de la carrera de benjamines y alevines. Puede que cuando no nos atañe no le demos importancia, pero ahora que The New Arganzboy participa en ella os aseguro que es muy especial. Son solo treinta o cuarenta metros, pero los niños la viven con la mayor de las ilusiones. Y si encima al terminar los obsequian a todos ellos con una medalla y ¡una copa! no os quiero ni contar. Por todo lo dicho y como todos los años, muchas gracias a quienes con su esfuerzo y dedicación hacen posible el Trofeo de San Lorenzo.
 
En lo personal me encontré muy bien. Desde la vuelta de vacaciones estoy saliendo  a correr casi todos los días y, cuando no lo hago, le doy a la elíptica, lo que me ha llevado a lograr un buen estado de forma. Fui a un ritmo cómodo desde la salida  hasta el comienzo de la Cuesta de San Vicente donde inicié un farlek fotográfico que duraría hasta casi el final de la prueba. El tiempo fue lo de menos, pero para que quede constancia diré que finalicé en 0:49:51 y ocupé el puesto 443 de los 940 llegados a meta.

Y esto es todo. Podéis ir en paz.



La carrera al paso por Neptuno (Foto: El Menda)

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sábado, 27 de julio de 2013

III K30 Peñalara

Por la cima de Peñalara (Photo by Arganz)
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Pequeño rollo de rentrée y tal

Antes de nada pido disculpas. El blog agoniza y no tengo valor a darle el golpe de gracia que acabe con él con un poco de dignidad. Seguramente se deba a que tengo la esperanza de que la situación se revierta y este confesionario correril vuelva a recobrar sus brios de antaño. Pero de momento es lo que hay.

Por retomar un poco la historia donde la dejé, decir que a la semana siguiente de participar en la III Carrera de Montaña “Pico Zapatero” (última carrera cronicada hasta le fecha), me planté por tercer año consecutivo en la línea de salida del Medio Maratón de Montaña “Montes de Toledo”. Su cuarta edición se caracterizó por el molesto viento y por una niebla agarrada a la montaña que nos hizo correr gran parte del ascenso envueltos por ella. Esta vez acabé muy contento, porque por fin conseguí doblegarla: en peor forma que en mis dos anteriores participaciones, hice mejor marca y acabé más entero.

Desde entonces no me volví a dorsalear, los entrenamientos se hicieron ligeros y acabé finalmente por tomarme unas vacaciones de diez días sin correr. A la vuelta comencé a ver el calendario de carreras de julio y me encontré con la III K30 Peñalara. Tenía once días por delante para recuperar un poco la forma y afrontar esta competición de montaña sobre una distancia de poco menos de 23 kilómetros. A lo mejor era un poco precipitado, pero pensaba que tomándomela con calma no debería sufrir demasiado.

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Entrando en materia

Como uno es como es, una vez inscrito no volví a interesarme por la prueba hasta el día antes. Y fue entonces cuando comencé a sentir cierto canguelo. Al ver la clasificación del año anterior, me di cuenta que según la franja donde suelo estar encuadrado al acabar las carreras, mi tiempo final debería rondar las 3h 10min. Teniendo en cuenta que se trataba de recorrer unos 22.500 metros, empecé a atisbar que aquello, lo que se dice un paseo no iba a ser. Por curiosidad seguí buceando en la página web del Grupo de Montaña La Acebeda, organizadores del evento, y leí que el desnivel acumulado del III K30 Peñalara era de 3.170 metros ¿no era mucho eso? Para confirmarlo repasé pruebas de montaña que ya había disputado anteriormente sobre distancias similares para hacerme una idea. Lezamako Mugetatik 2.400 metros en 28 kilómetros de longitud. Carrera las Dehesas, 1.300 en 22 kilómetros. Carrera de Montaña Pico Zapatero 2.226 metros en 22 kilómetros ¡Cojonuo pues! Después de más de un mes sin entrenar una distancia superior a diez kilómetros, sin acercarme a la montaña, con un parón de diez días y con solo una semana de entrenamiento ¿iba a ser capaz de torear a semejante morlaco? ¿alguien dijo miedo? Si lo dijo no lo escuché, pero en mi cabeza retumbaba la palabra INCONSCIENCIA. ¡La madre que me trajo!

A grandes rasgos y a toro pasado, la prueba podría resumirse en salir desde la Granja de San Ildefonso camino de Peñalara, hacer cumbre y volver. ¿Facil, no? ¡Y un cojón de pato viudo! Los más de veintidós kilómetros eran una sucesión de cuestas de gran inclinación, generalmente hacia arriba en la primera parte de la prueba y hacia abajo en la segunda. Y si queréis que os diga la verdad, no sabría decir que me costó más si las subidas o las bajadas.

Como digo, hasta aproximadamente el punto kilométrico 10,500, la ascensión era prácticamente continua. De hecho, nada más salir de la Granja se tomaba un camino estrecho que se empinaba y que ya nos ponía a todos a andar en fila de a uno. Yo iba tranquilo en las últimas posiciones de carrera y poco a poco adelantaba participantes sin proponérmelo. Las cuestas hacia arriba se sucedían y, aunque exigentes, no eran muy técnicas. Antes de llegar a Peñalara nos encontramos en un pinar con la primera dificultad seria del K30: un cuestarrón con un gran desnivel, superficie de hierba y una longitud no despreciable. Había que tener cuidado en los apoyos para no resbalar y mantener el cuerpo echado hacia delante para no perder el equilibrio y caerte de espaldas. Finalizada la ascensión y tras disfrutar de un buen avituallamiento y un corto paseíto por praderas que más bien parecían jardines, llegaba el plato fuerte de la jornada.

Por las bonitas praderas previas al canchal (Photo by Arganz)
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El descubrimiento del canchalazo peñalarense

¿Cómo un tío que no ha ido al monte ni a comer tortillas los domingos y que solo lleva tres temporadas iniciándose en trails y pruebas de montaña os puede explicar lo que sintió cuando, en la base de Peñalara, miró hacia arriba y percibió que hasta donde la vista le alcanzaba había que ascender en una interminable línea recta sobre un canchal? Yo soy incapaz. Quizás un “me cagué en las bragas” sea lo más descriptivo. Lo que si os puedo asegurar es que posiblemente sea lo más duro y lo más impresionante a lo que me he enfrentado hasta el momento en esta modalidad de atletismo.

El primer tramo pude negociarlo más o menos decentemente, pero cuando la cosa se complicó tuve que recurrir de forma continua a ayudarme de las manos para seguir avanzando. Aquello era duro de pelotas y el sol pegaba con fuerza, así es que a lo largo de ascensión me ví obligado a detenerme un par de veces a tomar resuello y a tirar de la botellita de agua para refrescar el gaznate. En la segunda ocasión, ya bastante arriba, opté por sentarme un ratito sobre una de las grises piedras del canchal y disfrutar de las espectaculares vistas que desde allí se tenían. La imagen tenía su coña: los que venían detrás alcanzaban mi posición trepando mientras yo, sentado frente a ellos, daba buena cuenta de unas gominolas que había cogido en el avituallamiento. Muy buñuelista la escena.

Superado el canchal con más pena que gloria, aun tocaba subir un poquito más para hacer cima. Allí había un control de paso en el que mi tiempo parcial fue de 2:07:14. Teniendo en cuenta que había cubierto aproximadamente 10,500 km y había ascendido cerca de 1.300 m, la marca os puede servir para haceros una idea de lo que había sido aquello.

Se podría pensar que entonces empezaba ya el descenso. Pues no exactamente. Antes había que negociar todavía un pequeño cresteo por la cumbre sobre otro canchal que tenía su miga, disfrutar de atravesar alguna zona que permanecia cubierta de nieve a mediados de julio y superar otras acumulaciones pétreas en las que, o tenías mucho valor y destreza, o mejor arrastrabas el culo (opción elegida por servidora). Después de todo ello si daba comienzo el largo descenso. Pero ojo, era una bajada con trampa. Al menos para mí. Se trataba de desniveles en general muy pronunciados y con mucha piedra suelta, lo que con 190 cm de altura, unos 84 kg de peso y la falta de soltura congénita de mi persona, complicaban mucho el asunto. Tenía que ir continuamente frenando para no embalarme con el resultado de que las rodillas empezaron pronto a echar humo. Las piedras hacían que prácticamente nunca pisaras sobre terreno llano, con lo que los tobillos empezaron a sufrir repetidas torceduras y, en una de ellas, cascó el derecho. En resumen, que en algunos momentos llegué a añorar las subidas iniciales.

Debía ser alrededor del 17,000 km cuando la bajada suavizó y, aunque siempre picando hacia abajo, entramos en un terreno rompepiernas pero con una superficie más cómoda. A esas alturas yo ya había tirado la toalla. Notaba la falta de kilómetros del último mes y las articulaciones se quejaban en cada paso, así es que decidí disfrutar del entorno en la medida de lo posible y completar trotando la distancia hasta meta. Aun así alcancé reventado la línea de llegada en 3h 47min 26 seg y ocupé el lugar 123 de los 182 finalistas.

El inicio del canchalazo (Photo by Arganz)
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En resumiendo y en concluyendo

El K30 de Peñalara es desde mi experiencia relativamente corta, una prueba muy exigente y con tramos de bastante complejidad técnica. Al desnivel acumulado hay que añadir que la mayoría del trazado discurre por superficie poco corrible e incómoda, con especial atención al canchal peñalero. Además según he podido conocer posteriormente, esta tercera edición era una versión endurecida respecto a las dos anteriores, pues el cuestarron herboso al que hice referencia anteriormente no había sido incluido en años precedentes. Para hacerse una idea de su efecto, el clasificado en la posición número 100 en 2012 marcó en meta 2h 57min, mientras que en este 2013 la misma posición se logró con 3h 37min.

A su dureza física hay que unir la alta temperatura. Si bien es cierto que buena parte del recorrido se hacía por zonas sombreadas y que a mayor altura pelín más de fresquito, el calor apretó bastante y contribuyó al desgaste físico de los participantes.

Más allá de todo lo mencionado, el III K30 Peñalara resultó ser una prueba variada y divertida que discurrió en gran parte por estrechos senderos, que atravesaban un entorno muy bello en el que se podía disfrutar de bonitos y variados paisajes, atravesar inmensos pinares, sumergirse en bosques de helechos, saltar riachuelos o salvar como cada uno mejor sabía y podía los grandes troncos caídos que en numerosas ocasiones atravesaban el trazado. Una verdadera gozada.

Los responsables del cotarro fueron los componentes del Grupo de Montaña La Acebeda quienes lo hicieron muy, muy bien. El recorrido estuvo perfectamente balizado, hubo numerosos puntos de control y los avituallamientos estuvieron generosamente surtidos, tanto los intermedios como el de meta. Agua, isotónicos, fruta, frutos secos, gominolas…, formaban parte del buffet. Desde mi punto de vista, se hubiera agradecido algún avituallamiento líquido más, pero tampoco me resultó crucial pues decidí llevar mochila durante la carrera y, en ella, un bidón de agua. Recordar que en el III K30 Peñalara no se ofrecían vasos en los avituallamientos por lo que cada uno debía portar el suyo. Por si acaso alguien no se hubiera enterado, unos minutos antes de salir lo recordaron y repartieron recipientes plegables entre aquellos que no tenían. Mencionar también el contenedor de agua fría instalado en la zona de llegada que permitía refrescar las piernas a todos lo que así lo quisieran.

Como novedad de esta edición, junto con la prueba tradicional, se desarrolló el I Real Sitio Trail sobre una distancia de 42 kilómetros. Los participantes no fueron muchos, menos de 50 por los aproximadamente 180 del III K30 Peñalara, y a tenor del desnivel acumulado, proporcionalmente la exigencia era menor que la de la prueba corta. Ojalá se siga celebrando en próximas ediciones pues puede ser una buena opción para un maratón en julio.

Por último señalar que el ambiente fue muy agradable, tanto entre los corredores, como con los granjeños que estuvieron animando y con todos los montañeros que encontramos a lo largo del recorrido. Una gran carrera.

¡Hasta la próxima!


Perfil y track, cortesia de la organización

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Al poco de comenzar (www.cplaconquista.blogspot.com)

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sábado, 15 de junio de 2013

III Carrera de Montaña "Pico Zapatero"

Al paso por el castillo de Manqueospese (Foto: Juan Fra Albarracín)
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La primera noticia que tuve de esta carrera fue una hojita que nos dieron tras disputar el Cross Alpino Cebrereño dos meses antes. Me acuerdo porque en aquel entonces hice una asociación geopoliticogilipollesca. Por un lado Cebreros es la localidad que vio nacer al presidente Adolfo Suarez y por otro, el monte que había que ascender en la carrera publicitada tenía el mismo nombre que el de un presidente reciente que nos salió por un pico. Si, ya sé lo que estáis pensando, pero es que algunas conexiones entre mis neuronas comienzan a fallar. Será la edad, será el licor, serán las luces de esta habitación…

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La salida y la meta de la III Carrera de Montaña Pico Zapatero se ubicaban en Sotalbo, una pequeña localidad abulense situada a 24 kilómetros de la capital de provincia, con una población de 255 habitantes y levantada en pleno Valle Amblés, a las faldas de la Sierra de Paramera y a una altitud de 1.158 metros. Allí nos juntamos en una mañana fresquita 120 participantes para disputar una prueba con una longitud de 21.900 metros, un desnivel acumulado de 2.226 metros, una altitud mínima de 1.160 metros (el punto de salida y llegada) y una altitud máxima en Pico Zapatero de 2.160 metros.

A mí todas esas cifras no me permitían hacerme una idea de la dureza que pudiera tener la carrera. Tampoco me fiaba del perfil publicado en la página web, no porque no fuera correcto, sino porque en esto de la montaña uno ya ha aprendido que los perfiles pueden hacerse más o menos duros a la vista según la escala que se tome en los ejes. Por si a alguien le pasa como a mí y le puede servir como ayuda, yo lo que hago es cogerme la clasificación de la edición anterior y ver los tiempos de los que finalizaron en el segmento similar al que yo suelo hacerlo. Cuando en esta ocasión llevé a cabo el estudio, calculé que mi tiempo debería estar entre las 2h 50min y las 3h. Teniendo en cuenta la longitud del recorrido, todo apuntaba a que aquello iba a ser más exigente de lo se podía pensar viendo el gráfico publicado. No me equivoqué.

Dado que prácticamente estábamos en familia, cosa que agradecí sin duda, el dorsal se recogía sin ninguna espera. Cambio de ropa en el coche y vuelta al control de dorsales previo a la salida. Allí coincidí con Yonhey y con otros corredores más que yo no conocía y que me presentó. Como no me acuerdo del nombre de todos, no los citaré para no olvidarme de ninguno. En agradable conversación pasamos los minutos previos a la salida, tiempo en el que los organizadores nos dieron una pequeña charla explicándonos lo que encontraríamos a lo largo de la carrera y en el que empecé a quedarme frío. Y es que a pesar de estar en junio, el termómetro a esas horas estaba cercano a los 5ºC. Inicialmente había optado por llevar una camiseta ajustada de manga larga y encima una de manga corta, pero viendo que cuando se nublaba la rasca era considerable y previendo que las condiciones meteorológicas fueran empeorando a medida que ascendiéramos, unos segundos antes de comenzar me escapé al coche y me pertreché del chaleco cortavientos por si las moscas.

En la pradera prevía que da comienzo al ascenso de Pico Zapatero (Foto: Yonhey)
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Pasadas las 9:00 AM se dio la salida neutralizada. Seguramente no llegarían a mil metros los recorrimos por las calles de Sotalbo hasta atravesarlo y quedar a los pies de una rampa que apuntaba hacia el monte. Allí se dio la salida definitiva. Comencé muy lento. Llevaba con un catarro agarrado al pecho y complicado con la alergia más de tres semanas y empezar en frío, con una cuesta arriba y forzando era una mezcla cojonuda para ahogarme desde un principio. Tan despacio iba que cuando me di cuenta que nadie me pasaba miré hacia detrás y descubrí el por qué: iba el último. La situación empezó a cambiar cuando unos cientos metros y un par de esputos y toses más tarde, las vías respiratorias comenzaron a abrirse.

Hasta el kilómetro cuatro, lugar donde se ubicaba el primer avituallamiento, la carrera discurría por una pista bastante amplía. Los primeros mil quinientos metros eran un poco duretes y fueron bastantes los que echaron pie a tierra para regular desde el principio. Luego vino una zona de respiro, con toboganes llevaderos y en la que daba tiempo a echar vistazos hacia la derecha para ver el paisaje de montañas chatas que se abría a nuestra derecha. En esta zona llegué a la altura de Eu (@u_Genio) y de otro componente del Grupo Deportivo Almanzor con quienes compartí unos minutos y quienes me dieron referencias de lo que nos encontraríamos más adelante y de la dureza de la ascensión del Pico Zapatero.

Unos cientos de metros antes de llegar al avituallamiento, el terreno volvía a empinarse y tocaba exigirse de nuevo. Parada mínima para beber medio vaso de agua sin derramármelo por encima y a continuar. Desde allí comenzaba un ligero descenso que acababa abandonando la pista y atravesando una pradera encharcada. No fue una cosa que nos pillara de nuevas porque ya nos lo habían avisado en la salida, pero siempre da un poco de pereza mojarse los pies y más cuando quedaba tanta carrera y hacia frío. Recuperada la pista forestal pudimos disfrutar de otro pequeño tramo prácticamente llano antes de que el terreno comenzara a picar hacia arriba pero siempre sin excesiva dureza. Superado el kilómetro siete, la pista que seguíamos desembocó en una nueva pradera, esta vez a los pies del Pico Zapatero que majestuoso se elevaba ante nosotros. La cara de la carrera cambió bruscamente en un santiamén.

La primera variación fue que la zona boscosa y con el cielo nublado por la que el trazado había discurrido desde la salida de Sotalbo, se transformó con la llegada a la pradera en un paisaje abierto, con una superficie mayoritariamente verde, sin un triste árbol que echarse a la vista y con un cielo azul iluminado por un sol que comenzaba a brillar con fuerza. El segundo cambio importante fue el abandonó de la pista forestal y el comienzo del tránsito campo a través que, exceptuando un nuevo y pequeño tramo de pista a media ascensión, se extendería hasta la cima del Pico Zapatero. A decir verdad el echar un vistazo al frente y ver la pendiente por la que allí arriba estaban subiendo los participantes que nos precedían, daba un poquito de “respeto” por no decir canguelo. Pero como argumentaban los concursante del mítico “Un, dos, tres” antes de rechazar la cantidad de dinero ofrecida por Mayra y quedarse con el premio que hubiera escondido en el objeto elegido, “habíamos ido allí a jugar”. Total que tras reponer líquidos en el segundo avituallamiento (ubicado en mitad de la pradera), respiré todo lo profundamente que permitían mis pulmones y empecé a negociar el ascenso.

La "trepadita" para alcanzar la cumbre de Pico Zapatero (Foto: organización)
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Aclararé que todos los participantes “normales” hicimos este tramo andando hasta la cima. No sé si alguno de los primeros sería capaz de correr a trozos, aunque intuyo que poco. En la primera parte de la subida me enganché a un corredor del Grupo Deportivo Almanzor. Como eran ellos quienes organizaban la prueba supuse que conocería bien el terreno y me haría más fácil el tránsito, pues aunque la señalización era buena se trataba de una zona de hierba alta que ocultaba no pocas trampas. La verdad es que me vino muy bien. Cuando la ascensión avanzaba y se inclinaba cada vez más, la hierba prácticamente desapareció y fue dejando paso a la tierra y a las piedras. Solo llegando a lo que parecía la cima la pendiente se hizo un poco más llevadera.

Y digo a lo que parecía porque realmente no lo era. Allí arriba nos encontramos con la sorpresa de que la trepadita de la que nos habían avisado en la charla previa tenía su jugo. Se trataba de encaramarse una tras otra sobre grandes peñas (me recordaban a la zona de la Pedriza), utilizando las manos y teniendo bastante cuidado para no pegarse un trastazo. En alguna que otra tuve que avanzar a cuatro patas, llegando a la traca final de tener que echar cuerpo a tierra y arrastrarnos para pasar por el estrecho hueco que dejaban dos moles pétreas. Divertido pero bastante técnico y exigente. Para que os hagáis una idea, las asistencias estaban atendiendo a una cabra montesa que se había hecho un esguince.

Ahora si habíamos hecho cumbre así es que, a pesar del molesto viento que allí soplaba, me tomé unos segundos para disfrutar de las espectaculares vistas que podían contemplarse. Había recorrido 9,6 kilómetros y empleado un tiempo de 1:35:19.

Perfil de la carrera y ritmos del menda segun el primo Endo
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El descenso de Pico Zapatero tenía su miga y no permitía ninguna relajación. En un principio era bastante técnico, pues aún había que salvar alguna peña de importancia. Luego se entraba en una fase de cerca de tres kilómetros complicada para los de mi nivel porque requería atención y destreza, pero creo que gozosa para aquellos que dominaran las artes de la cuesta abajo y que le echaran valor. Discurría por un estrecho y sinuoso sendero, tenía una pendiente pronunciada, había que ir muy atento a la señalización, el terreno era irregular y descarnado, había grandes piedras “agarradas” y otras más pequeñas sueltas y en muchas ocasiones atravesaba zonas de arbustos en las que te “sumergías” hasta más allá de la cintura y que impedían ver la superficie que pisabas. Por cierto, estas repetidas inmersiones en la vegetación y los roces que conllevaban en las piernas me hicieron reflexionar acerca de aquellos que había visto en la salida con mallas largas, llegando a la conclusión de que a lo mejor no las vestían para evitar el frío sino los arañazos.

Con la llegada al avituallamiento ubicado en el punto kilométrico 12,700, denominado con el sugerente nombre Fuente Cabeza del Gallo, finalizaba la parte de descenso laborioso y se tomaba una ancha pista forestal que se abandonaría unos hectómetros más tarde. La distancia entre este avituallamiento y el siguiente, aproximadamente cuatro mil metros, fue posiblemente el segmento más sencillo de toda la carrera. Con tendencia al descenso, discurría entre praderas, pinares, senderos y algún tramo de pista. A pesar de ello, las piernas comenzaban a estar pesadas y con síntomas de fatiga.

Superado el cuarto puesto de reportaje allá por el kilómetro 16,500, comenzaba con una fuerte cuesta arriba la parte más pestosa de la prueba. Viendo el perfil podría pensarse que era muy favorable, pero ya os digo yo que no. Es evidente que aquello picaba hacia abajo, no se va a equivocar la gráfica, pero en verdad os digo que lo hacia a través de un estrecho sendero en campo abierto con continuos ascensos y descensos (más largos estos últimos). Este perfil que pudiera resultar divertido y gozoso al principio de la carrera, colocado en los últimos kilómetros se hacía interminable y acababa de machacar las piernas. Yo ya tenía que ir con mucho cuidado porque había entrado en el modo “piernastontas” y me llevé un par de tropezones que a punto estuvieron de hacerme besar la tierra abulense en plan Juan Pablo II.

En una zona "cómoda" tras el descenso de Pico Zapatero (Foto: Yonhey)
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En estas estábamos cuando por fin apareció ante nosotros allá en la próxima lejanía el Castillo de Manqueospese, hito que marcaba la cercanía a Sotalbo y por tanto a la meta. Para llegar a él aún quedaba trazar una buena V es decir, un descenso de consideración seguido de una pronunciada subida en la que tocaba volver a echar a andar por última vez.

El de Manqueospese (no confundir con el de Manquepierda que eso es un vivaelbetis y no un castillo), se sitúa en una posición privilegiada en uno de los escalones rocosos de la Sierra de Paramera desde el que dicen que pueden divisarse las murallas de Ávila. En torno a esta bella construcción se cuentan algunas leyendas. La más conocida es la de Don Raimundo y su amada Doña Guiomar, según la cual el padre de ésta prohibió que la pareja continuase con amoríos y ordenó encerrar a su hija en la torre del palacio de los Dávila, ubicado junto a la muralla de Ávila en las cercanías del Rastro. Ante tal medida parece ser que Don Raimundo exclamó la veré manqueospese”, ordenando levantar el castillo desde el cual afirma la tradición que se seguía comunicando a distancia con su querida Doña Guiomar.

El caso es que aunque eché un par de miradas en plan Don Raimundo, no sé si sería la falta de oxigeno o de riego o simplemente que estoy perdiendo vista, pero yo no logré distinguir la ciudad amurallada en lontananza. Así las cosas, enfilé con más pena que gloria pero con mucho cuidado el último y vertiginoso descenso de alrededor de kilómetro y medio que conducía hasta la meta, donde llegué bastante agotado en 2:49:50 (posición 68 de los 116 llegados).

Allí la organización tenía dispuesta una gran mesa con una amplia gama de alimentos y bebidas: agua, isotónicos, refrescos, frutas, frutos secos, gominolas, bollitos salados, etc.. Este último avituallamiento se sumaba a los otro cinco ubicados a lo largo de la prueba en los que se ofrecía agua, bebida isotónica y frutas (plátano y naranja). Además tras la finalización de la carrera se ofreció una comida de la que no os puedo dar referencias porque no me quedé. Más allá de los avituallamientos y el banquete final, en los resto de los aspectos (señalización del recorrido, voluntarios, información…) los organizadores cumplieron con muy buena nota.

En resumen, una carrera bastante exigente, variada, divertida, de bonitos paisajes, bien organizada, con un número de participantes adecuado y muy, muy recomendable.

Perfil ofrecido por la organización, posiblemente más fiel que el de Endo

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Que sepáis que aunque de algunas carreras no haga la crónica correspondiente, sigo corriendo, así es que a lo mejor nos encontramos por algún rincón de España dándole a las piernas. Espero que con la llegada del verano pueda sacar algo más de tiempo y que la cabeza recobre las ganas y la frescura para darle vidilla al blog.

Sed buenos.

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domingo, 12 de mayo de 2013

Rock'n Roll Madrid Maraton 2013: (S)obras escogidas. Vol 1

El menda y Cia. pasado el 40 (los siento pero no recuerdo de donde he sacado la foto)
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1. Previas recomendaciones para que luego no vengáis tocando los cojo...

¡OJO! Este ladrillo de crónica puede provocar somnolencia e incluso inducir al suicidio y/o al asesinato. No conduzcáis automóviles ni manejéis maquinaria pesada hasta que sepáis cómo os afectará este relato infumable. Recordad que el alcohol puede aumentar la somnolencia provocada por este texto, aunque también es cierto que puede ayudar a sobrellevar su lectura.

Si aún así queréis seguir adelante, allá vosotros. El autor ("usease" yo) declina la responsabilidad de cualquier daño psicológico o físico que podáis sufrir por tragaros de principio a fin la historia que ha parido con esfuerzo y veborrea

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2. Breve introducción para ponerse en situación

Esto ya no es lo que era. Llevo un par de años que afronto el maratón de Madrid, ahora Rock'n Roll Maratón, con total tranquilidad. Ni siquiera siento el más mínimo cosquilleo en la tripa. Supongo que en ello influyen muchos factores. A bote pronto me vienen al cabezorro unos cuantos: la experiencia, la edad, los quehaceres de la vida civil que ocupan mi pensamiento, el participar sin ningún objetivo de tiempo, el competir casi todos los fines de semana sobre largas distancias,... Lo normal supongo. Sin embargo hay un aspecto adicional que en cierto modo me inquieta más que los otros. Y es que tengo la impresión de que, como cantaba lamásgrande, en mi relación con el maratón madrileño "se me rompió el amor de tanto usarlo". Pero no os voy a dar la plasta con sentimental reasons chorras, sobre todo porque tengo otras cosas mucho más importantes con las que aburriros.

Por organizar todo aquello que será objeto de análisis en esta magna obra, en la primera entrega (si, tengo intención de hacer una segunda aunque no muchas ganas) voy a intentar no tocar temas organizativos. Si queréis conocer mi opinión sobre cuestiones tales como la gran cagada del guardorropa, la conjunción sacaperras de tres pruebas sobre distintas distancias en una misma salida o la interminable espera para poder obtener el avituallamiento final, tendréis que seguir atentos a próximas entradas.

Piernas por la Plaza República Argentina (www.lainformacion.es)
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 3. Salida de bote en bote en la que te jugabas el bigote

Iremos entonces directamente a colocarnos en el mogollón de salida unos minutos antes de las 9:00 AM. Allí estábamos Bruce, otros corredores del grupo de La Fundi y yo, rodeados de un sinfín de personas. A simple vista, por las pintas, el tono de la piel, los rasgos faciales y las rotulaciones de las camisetas en idiomas diferentes al español, se podía sospechar sin ser en exceso sagaz que un gran número de ellas provenían de allende nuestras fronteras. Dada la alta concentración de corredores derivada de unir las salidas de los diez kilómetros, medio maratón y maratón y teniendo en cuenta que entre nuestras preocupaciones no estaba la de conseguir un buen tiempo final, nos situamos en un posición bastante retrasada, alrededor de unos cincuenta metros detrás del cartel que delimitaba el último corral. Si, he dicho bien. Corral. Así rezaban los letreros que intentaban ordenar a los participantes en la salida. ¿Traducción poco acertada? ¿Traición del subconsciente de la organización en cuanto a la forma de ver a los participantes? El caso es que cuando nos ubicamos allí éramos prácticamente los últimos del pelotón y, al cabo de unos minutos, había llegado bastante más gente, la mayoría de ella afectada por las largas colas que habían tenido que soportar para depositar sus bolsas en los camiones guardarropa.

Estábamos tan alejados de la línea de salida que ni nos enteramos del minuto de silencio ni oímos el disparo que daba inicio a la prueba. Perdón, quería decir a las tres pruebas. Alguien bromeo afirmando que no había existido tal disparo porque, al igual que cuando se bota un barco se estampa una botella contra su casco, en esta edición del maratón madrileño la salida se había dado lanzando a la Botella (Doña Ana) contra la fachada principal de la Biblioteca Nacional. Nadie lo creyó pues es bien sabido que no esta la cosa para ir destrozando el patrimonio de nuestro país. Y no digo nada más. Que cada cual entienda lo que quiera.

Dejando los anécdotas a un lado, fijaos si estaríamos a hacer puñetas de la línea de salida, que la cruzamos 10:50 minutos después de lo que lo hicieran los primeros. ¡Que manda huevos que, encima de que corren mucho más rápido que nosotros, encima les tengamos que dejar todo ese tiempo de ventaja! En fin.

Ya con el maratón en marcha, empezamos a encontrarnos con las primeras dificultades. Los aproximadamente cinco kilómetros iniciales son para mí de lo peorcito de la carrera y más desde que convivimos con los diezmileros y, a partir de esta edición, también con los mediomaratonianos. (coña on) Dicho siempre con todos mis respetos a los que optan por esas distancias de mierda (coña off). El Paseo de la Castellana petado de gente, grupos de cuatro o cinco corredores en paralelo ocupando gran parte de la calzada, el que se cruza delante de ti porque va a mear, el que prácticamente se para en seco también delante de ti porque no encuentra al que se ha ido a miccionar, el fitnessero cachitas que corre con los codos levantados casi en ángulo de 90% con respecto al tronco, el que de buenas a primeras baja el ritmo para salir en la foto que le van a tirar unos metros más adelante, el que distingue a un vecino o a un compañero de trabajo entre el público y le da una voz para que se entere de que él (¡si él!) está corriendo el maratón, el que lleva un cinturón repleto de geles, barritas energéticas y botellitas con bebidas isotónicas (tipo cinturón con balas de los vaqueros pero actualizado), se le cae alguna de las múltiples provisiones y se detiene para cogerla, etc…Y a todo esto hay añadir las trampas en forma de plásticos que abandonan los de delante después de utilizarlos para mantener el calor de sus cuerpos y los agujeros que presenta el asfalto de la capital, obstáculos de difícil esquivación cuando no los ves venir por la aglomeración de gente. Sinceramente así es un coñazo correr. A pesar de ello es justo reconocer que en esta edición, muy probablemente debido a nuestra muy retrasada posición en la salida, este primer tramo no presentó la concurrencia de años anteriores.

Atendiendo a las circunstancias expuestas y al igual que sucedió el año pasado, sentí un cierto alivio cuando a la altura del Santiago Bernabeu y entre aplausos de unos y gritos de ánimo de otros, las tres pruebas en curso se dividieron tirando los maratonianos y mediomaratonianos hacia la izquierda y los del diez mil a la derecha. Pero ojo, fue un alivio transitorio, porque tras recorrer C/ Padre Damian y C/ Alberto Alcocer, nos devolvieron al lateral del Paseo de la Castellana, espacio claramente insuficiente para tantos participantes como éramos. En estas estábamos, cuando alcanzamos el kilómetro cinco, donde marcamos un primer parcial de 0:29:46. Muuuu lentorro.

Los primeros hectómetros por el Paseo de la Castellana (www.20minutos.es)
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4. En plena época de primavera tuvimos un día de "efecto nevera"

Del punto kilométrico cinco al diez, el cuerpo empezó entrar en calor y a encontrar eses sensaciones que normalmente te van a acompañar hasta que tengas que empezar a tirar de testiculina. Y es que no había hecho referencia al tema hasta ahora, pero lo de coger una buena temperatura corporal en esta edición fue una ardua labor.

La primera impresión que tuve la mañana del maratón al pisar la calle camino de Cibeles fue que las condiciones meteorológicas eran idóneas. Idóneas para regresar a casa y volverse a meter en la cama arropadito hasta las orejas, quiero decir. Cielo nublado amenazando lluvia, 2ºC de temperatura y un viento frío y desagradable que provocaba una sensación térmica inferior. ¡Cojonudo! Mira que presté atención a la rueda de prensa que el trío calavera ofreció el viernes anterior justo tras el Consejo de Ministros, pero creo que en ningún momento hablaron de recortar la primavera. O alomojó es que De Guindos me la metió doblada con una de sus piruetas lingüísticas y yo ni me enteré. "Esta primavera las temperaturas sufrirán un fuerte ascenso negativo" seguro que dijo. Si, muy probablemente fuera eso, porque si hubiera sido Cospedal la que hubiera anunciado que tendríamos una primavera en diferido, yo lo hubiera entendido a la primera. El caso es que estuve totalmente destemplado hasta que no superamos la altura de Plaza de Castilla.

Curiosamente en este segundo parcial corrimos más incómodos que en el primero en cuanto a espacio se refiere. Supongo que las causas hay que buscarlas en que viniendo desde detrás alcanzamos al grueso de la carrera y, en mayor medida, al estrechamiento de las calles. El Paseo de la Habana se convirtió en un auténtico embudo en el que encontrar un lugar para adelantar era sumamente complicado. Algo más desahogado fue el tránsito por C/ Príncipe de Vergara, pero tampoco para tirar cohetes. Con este panorama había que tener cuidado con no sufrir ningún percance en los avituallamientos (tropezones, empujones, caídas, meteduras de mano, arrimones de cebolleta,...), así es que decidí que mientras muchos tomaban la botellita de agua de mano de los voluntarios situados en los primeros lugares, yo la cogería siempre de los ubicados en los últimos lugares. Es lo que tiene ser de la generación de Barrio Sésamo.

El perfil de este segmento de carrera era más favorable que el del primer parcial y tuve la sensación de que lo habíamos hecho más rápido. Al ver las clasificaciones la sensación se confirmó pues al paso por el punto kilométrico número diez marcamos un tiempo total de 0:57:15, lo que suponía que el segundo parcial lo habíamos completado en 0:27:29. En esos segundos cinco kilómetros habíamos recuperado 459 puestos respecto al que ocupábamos cinco mil metros antes. Esto de adelantar posiciones se convertiría a la postre en algo habitual, pues no hubo paso intermedio controlado en el que no mejoráramos nuestra posición en comparación con el inmediatamente anterior.

Haciendo el gesto de la "b" en homenaje a Boston (www.20minutos.es)
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5. Con tanto participante es un hecho: Guzmán, además de Bueno, ahora es estrecho

En la C/ Velázquez, cerca del punto kilométrico once, sentí un poco de gusa y decidí tomarme una pastilla de glucosa. Sería la primera y la última que comería en toda la mañana. Con la llegada a la Plaza República Argentina pudo volver a disfrutarse de una de las imágenes más llamativas de la carrera: toda la larga recta de C/ Raimundo Fernández Villaverde, hasta donde alcanzaba la vista, recorrida por una serpiente multicolor de maratonianos (y mediomaratonianos). Espectacular. Además este lugar también marcó un punto de inflexión en lo que a ambiente se refiere. Si desde la salida hasta allí apenas hubo gente animando, desde el paso elevado sobre el Paseo de la Castellana hasta un poco más allá de la Glorieta de Cuatro Caminos, el ambiente fue magnífico. La gente aplaudiendo a ambos lados de la calle y las notas del grupo rock como fondo musical me condujeron al primer subidón de la mañana. Fue entonces cuando recordé porque año tras año, edición tras edición, sigo repitiendo siempre que puedo este maratón aún en contra de mi débil voluntad.

Tras el respiro tanto emocional como físico (es cuesta abajo) que supuso el tránsito por las vías de C/ Bravo Murillo y Avenida Islas Filipinas, volvimos a entrar en “zona animada” al llegar a C/ Guzmán el Bueno. Esta arteria resultó ser demasiado angosta para acoger al número de participantes de la edición de este año y se convirtió en un tramo muy pestoso en el que de nuevo tenías que estar pendiente de no engancharte o tocarte con otros corredores y, si ibas por el lado derecho, de no comerte el separador plástico que delimita el carril bus. Para más inri, al paso por el kilómetro quince el cauce quedaba aún más estrecho pues la alfombrilla lectora no ocupaba todo el ancho de la calzada sino solo una parte de ella. Esta circunstancia no fue un caso aislado de este parcial, sino que se repitió en todos ellos con la incomodidad que supuso para los atletas populares. ¿Cuesta mucho alargar la puñetera alfombrilla un par de metros o tres?

En el punto kilométrico quince nuestro crono fue de 1:23:48, con un parcial en los últimos cinco mil de 0:26:33, el más rápido con diferencia de los tres completados hasta el momento. Todo marchaba muy bien.

Mi atlético cuerpo pasando por delante del Palacio Real (www.fotorunners.blogspot.com)
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6. Adios a los mediomaratonianos. Que el año que viene no coincidamos

La curva que formaba el final de C/ Guzmán el Bueno y la incorporación a C/ Alberto Aguilera estaba rebosante de público. Solo unos metros más allá se llegaba al tercer avituallamiento donde tengo el recuerdo de que me llegó a la nariz el aroma dulzón de la marca de las bebidas deportivas de colores imposibles. Me acordé entonces de que me había prometido no probarlas en toda la carrera pues me dejan la boca empalagosa y suelen jorobarme el estomago. Solo recurriría a ellas en caso de emergencia y siempre rebajándolas con agua. A la postre (natillas caseras, flan de huevo o fruta de temporada) no hizo falta.

La subidita de la C/ Alberto Aguilera hasta la Glorieta de Bilbao presentaba también más gente en las aceras que en años pretéritos. Este pequeño tramo me sirvió para confirmar que las fuerzas de Bruce parecían esta vez similares a las mías (o eso o se iba reservando). Tenía presente que justo un año atrás, en estos cientos de metros me sacó un par de veces de rueda en lo que me distraje para dar unos sorbos de agua de la botellita.

Y por fin alcanzamos la Glorieta de Bilbao, punto en el que los mediomaratonianos continuaban rectos y nosotros girábamos a la derecha para tomar C/ Fuencarral. Si el desvío de los diezmileros a la altura del Bernabeu supuso un respiro, la separación de los mediomaratonianos fue una gozada. De una puñetera vez teníamos espacio para correr sin agobios y los que quedábamos representábamos lo que tradicionalmente ha sido la esencia de esta prueba. A lo mejor mi afirmación suena un poco soberbia, pero es lo que pienso. No tengo nada en contra de los que participaron en las otras dos distancias pero esto es el maratón de Madrid, no el medio maratón ni el diez mil. Señores organizadores sé que pedirles que no vuelvan a juntar ustedes churras con merinas y que respeten el origen y tradición de esta prueba va a ser como predicar en el desierto, pero me lo pide el cuerpo. Si persisten en su actitud (en este y en otros aspectos), aunque también sé que les importará un bledo, posiblemente muchos asiduos de esta competición dejemos de serlo. Como curiosidad a este respecto y por cerrar el tema, mientras en la separación de los diezmileros hubo aplausos y gritos de ánimo, en esta nueva segregación de recorridos las indeferencia fue total y no hubo ningún gesto. ¿Casualidad? ¿Cansancio? ¿Hartazgo?

La ligera bajada por la C/ Fuencarral buscando la Gran Vía me devolvió una vez más al disfrute maratoniano. En el abarrotado giro que desembocaba en la segunda comenzó mi parte preferida de la carrera, esos aproximadamente dos mil metros que nos habían de llevar hasta el Palacio Real. No sé por qué pero el corto espacio que se corre por la Gran Vía, ese que va desde la altura de la C/ Montera hasta la Plaza del Callao, es posiblemente en el que yo más siento que ese día la ciudad es para nosotros. En el tránsito por la calle que durante años acogió los cines en los que tan buenos ratos pasé en mi infancia y adolescencia y que han sido sustituidos en el mejor de los casos por teatros y en el peor por grandes locales comerciales, quizás mi mente haga una asociación involuntaria con aquella secuencia de la película "Abre los ojos" en la que Noriega camina por el asfalto de una Gran Vía madrileña totalmente desierta.

Durante la bajada por la comercial C/ Preciados me preparé para el esperado y espectacular paso por la Puerta del Sol. Mira que ya lo he vivido veces, pero cada año un escalofrío me vuelve a recorrer el cuerpo y la carne se me pone de gallina. Esta vez tampoco falló. Los aplausos, los gritos de ánimo, la música y el ambientazo eran espectaculares. Además, como había tanta gente la sensación se prolongó hasta bien entrada la C/ Mayor. Merece la pena llegar hasta allí solo por disfrutar de esos momentos. Ves, este es uno de los placeres que no pudieron disfrutar los que optaron por el medio maratón.

El perfil de la prueba con distancias y tiempos (arriba) y la velocidad (abajo)
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7. Hasta Ferraz desde Colón, justo, justo, medio maratón

Por el final de la C/ Bailén y el principio de C/ Ferraz, un viento desagradable y frío empezó a soplar. Agradecí entonces (y durante el resto de la carrera) el haber elegido la vestimenta correcta. Y os juro que no fue fácil. En base a las previsiones meteorológicas el sábado por la noche monté una improvisada Arganz Fashion Night en casa y desfilé con un sinfín de modelitos atléticos con el objetivo de determinar cual sería el que mejor se adaptara a mis necesidades y al entorno. Tras dejar la habitación con un aspecto parecido al del camerino de una corista al término de la función, la elección estaba hecha. Sería una equipación modelo doble capa compuesta por camiseta de manga larga ajustada debajo, camiseta de manga corta encima, mallas cortas debajo y pantalón corto encima. En los pies me calzaría las Nike con membrana de goretex, acto que teniendo en cuenta mi experiencia con la Ley de Murphy sería más que suficiente para que la lluvia no hiciera acto de presencia en toda la mañana. Posiblemente a muchos os parezca demasiada vestimenta para correr un maratón, pero es que yo soy bastante friolero y prefiero pasarme a quedarme corto.

En estas nos encontrábamos cuando alcanzamos el kilómetro veinte, marcando un parcial en los últimos cinco de 0:26:13. Un poco más allá, al final de la C/ Ferraz se encontraba ubicada la pancarta que señalaba el paso por el medio maratón, donde marcamos un tiempo de 1:55:47, tres minutos y seis segundos más lento que hacía un año. Siguiendo la costumbre de ediciones anteriores, era el momento de hacer una pequeña revisión mental. Habíamos cubierto la mitad del trayecto y me encontraba muy bien tanto de respiración como de cabeza. Notaba las piernas un pelín fatigadas pero ningún dolor o molestia que me causara la más ligera preocupación. Con el día que hacía, esta vez no había que preocuparse porque la temperatura subiera un poco en la segunda parte de la carrera (de hecho yo hubiera agradecido que lo hiciera). Por último, el tiempo empleado nos daba un buen colchón para completar el maratón por debajo de las cuatro horas, objetivo secundario que nos habíamos fijado por eso de tener algo en que pensar.

Los segundos 21.097 metros del Rock'n Roll Madrid Maratón son a mi modo de ver bastante menos atractivos que los primeros. La carrera se aleja del centro histórico de la ciudad y pierde encanto y animación durante largos tramos. Hasta llegar a la zona del Pasillo Verde (cercanías del Paseo de las Acacias) son unos dieciséis kilómetros en los que, a excepción de algunos lugares puntuales con mucho ambiente, uno tiene tiempo de sobra para hacer una labor de introspección, para cultivar su vida interior y cuestionarse por qué carajo está otra vez dándose la paliza una mañana dominical. Y esto no tiene porque ser necesariamente malo. Así la bajada por el Paseo de Camoens, en un entorno arbolado y ajardinado, con ausencia de público y en un silencio casi de misa, es para mí un tramo muy propicio para tener reflexiones positivas. Todo lo contrario ocurre con la puñetera recta de la Avenida de Valladolid y su continuación en el Paseo de la Florida, unos dos mil metros interminables y sin ningún atractivo (¡jodo, podían haber puesto ahí una banda de música para romper la monotonía!) que tengo atravesados desde la primera edición en la que participé. Curioso que dos espacios tan próximos me generen sensaciones tan distintas. Manías mías seguramente.

Por la Gran Vía (Foto by Raimundo Runner)
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8. Haceos cargo: a partir del veinticinco cada kilómetro es más largo

El kilómetro veinticinco se ubicaba junto a la Glorieta de San Vicente. El mogollón de gente agolpada allí era increíble, tanto que estrechaban la calle y dejaban un pasillo por el que casi no se podía pasar. Había que tener cierta precaución para no tropezar con algún otro corredor o no llevarte por delante a alguno de los esforzados aplaudidores. El parcial de estos cinco mil fue de 0:26:04, nueve segundos más rápido que la referencia de los cinco kilómetros anteriores. La cosa seguía progresando adecuadamente pues de los cuatro puntos de control, siempre el último había sido más rápido que el inmediatamente anterior.

En el puente sobre el río Manzanares, conocido como el Puente del Rey, me esperaban el anciano señor de pelo blanco y su hija, que me dieron una barrita de cereales y una botellita de esa bebida cuyo nombre coincide con el título de aquella canción que versionó en un inglés muy peculiar el gran Raphael. La primera la devoré en el acto, mientras que la segunda me duró los aproximadamente seis mil metros que se desarrollaron en el interior de la Casa de Campo. El transito por el mayor pulmón verde de nuestra ciudad es uno de los tramos que tradicionalmente nunca se me han dado bien, pero la verdad es que en los últimos años he conseguido negociarlo con solvencia. Salvo en la parte cercana al lago y la última subida que devuelve a los participantes al centro urbano, es un tiempo de silencio y soledad acompañada en el que las conversaciones entre corredores y los gritos de ánimo de los espectadores dejan paso al sonido de las pisadas y de las respiraciones fatigosas. El paso por el punto kilométrico número treinta lo hicimos en 2:43:41 lo que significa que el último parcial era de 0:27:33, sensiblemente más lento que el anterior. El cansancio se empezaba a notar.

Desde la animada Avenida Portugal hasta la Glorieta de Atocha fueron cerca de ocho mil metros anodinos en los que ya hubo que comenzar a tirar de las reservas de testiculina. Después del nuevo subidón-subidón que dio atravesar el largo pasillo de gente animando y aplaudiendo en el cruce del Puente de Segovia, llegaron el Paseo de Ermita del Santo, la Avenida del Manzanares y el Paseo Virgen del Puerto. Se trata de un tramo prácticamente llano que discurre paralelo al río, primero en una orilla y luego en la contraria y en el que conviene reservar fuerzas (si todavía quedan) para afrontar los últimos seis kilómetros y pico. La entrada en la C/ Segovia es un punto de inflexión que marca el comienzo de una subida más o menos continua hasta la línea de meta. En la zona del Pasillo Verde (Paseo del Doctor Vallejo Nájera) y en el Paseo de las Acacias volvió a acumularse la gente para animar, pero uno ya no tenía a esas alturas el cuerpo para fiestas. Lo dicho, en el recuerdo que tengo de este tramo no hay nada reseñable. Simplemente se trataba de ir avanzando, de ir descontando metros poco a poco y de la mejor forma posible.

En dos semanas he "ganado" 173 puestos. Si siguen así, para septiembre rozo el podium
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9. Tantas ligas acumula el F.C. Barcelona como maratones mi persona

A la altura de la Ronda de Valencia, Bruce y yo ya no hablábamos más allá de un “¿Cómo vas?”. En el último kilómetro, uno y otro nos habíamos quedado por detrás (del otro y del uno) y habíamos vuelto a juntarnos. Ya nos conocemos desde hace mucho tiempo y hemos corrido un montón de carreras juntos, así es que no hacía falta que nos “despidiéramos” si alguno se veía con fuerzas para irse solo hacia delante. De esta forma, justo a la altura del Museo Reina Sofía él se me fue unos cuantos metros que ya vi irrecuperables. Pensé que se iba a repetir la historia del año pasado cuando me sacó de rueda en el mismo sitio, yo hice crack en Atocha y sufrí como un verdadero capullo desde allí a meta. Pero no, esta vez no fue así. A mí no me llegó el temido hundimiento y me mantuve a unos diez o quince metros, distancia que recorté en la pequeña subidita de entrada a C/ Alfonso XII donde me dio la sensación que él se clavó un poco.

Y es que esa pequeña rampa que en cualquier entrenamiento pasa casi desapercibida, puesta en las cercanías del kilómetro cuarenta del maratón se convierte en un verdadero puerto de montaña. Yo la tomé con cierta alegría, de modo tuve que ir esquivando a participantes que en modo zombie andaban o hacían como si corrieran muy, muy despacio. Justo coronando la “cima” alcancé a Bruce. Quizás la alegría con la que negocié la corta pero jodida ascensión fue excesiva, porque a partir de allí ya no levanté cabeza.

Nunca, salvo quizás el año pasado, la recta de C/ Alfonso XII me pareció tan larga. ¡No es que fuera larga, es que resultaba interminable! Aún así y mirándolo por lado positivo, íbamos mejor que los participantes que nos rodeaban pues seguíamos adelantando posiciones. Poco después de pasar por el kilómetro cuarenta, donde marcamos un tiempo de 3:38:34 (parcial de 0:27:57), al fondo ya podía divisarse la Puerta de Alcalá. Las fuerzas iban muy justas, justísimas, tanto que al pasar junto al monumento construido en época de Carlos III creo que ninguno de los dos echamos a andar por vergüenza torera. Superamos como pudimos la subida por una C/ Alcalá llena de gente y giramos a la derecha para enfilar la recta del Paseo del Duque de Fernán Núñez que nos conduciría a la meta.

Normalmente cuando se alcanza este punto, entre los ánimos del público y la proximidad de la línea de llegada, uno se deja llevar por la emoción, saca fuerzas de donde no las hay y acelera para cubrir los últimos. Pues como estaría el tema para que ninguno de los dos fueramos esta vez capaces de hacer eso. Nos miramos el uno el otro un par de veces como diciendo “¿no vas a tirar para delante?”, pero nuestra caras tenían un gesto que era fácilmente interpretable. Yo creo que en estos últimos quinientos metros de la carrera fue el único tramo del maratón donde debimos de perder posiciones. Al final yo acabé un par de zancadas por delante (por pura inercia y no porque me lo propusiera) en un tiempo neto de 3:50:51.

Curiosamente después de concluir la carrera vino lo peor. Primero estaba medio mareado, bastante tocado. Luego camino del avituallamiento, el viento empezó a soplar y sentí un frío del copón, tanto que empecé con una tiritona que me castañeaban hasta los dientes. Viendo la larga fila que había en el avituallamiento final, me fui directamente a buscar la ropa. Como iría de agilipollado que después de estar toda la carrera juntos perdí a Bruce camino del ropero. Según me acercaba al camión correspondiente (el once) y veía bolsas de ropa en el suelo junto a los vehículos me iba temiendo lo peor. Sin embargo he de decir que tuve suerte y mi bolsa apareció a la primera sin necesidad de esperar. Allí junto al camión coincidí con JK y Barroso: espero la próxima vez veros en mejores condiciones (mías quiero decir).

El frío me duró hasta después de llegar a casa, ducharme y comer algo. Pasado eso, la recuperación por la tarde fue casi perfecta. En mi corricolum ya estaba el maratón número veintidós y el tercero de este año.

Mis tiempos de paso y finales en los tres últimos maratones de Madrid
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10. Y colorín colorado, este cuento maratoniano se ha acabado
 
A la vista de mi estado de forma, estoy bastante satisfecho de cómo completé el maratón. Es cierto que el tiempo empleado fue seis minutos superior al del año pasado, pero es que posiblemente no esté para mucho más. Mi satisfacción viene sobre todo porque llevamos un ritmo muy constante en toda la carrera, sin lanzarnos ni hundirnos en ninguno tramo. Además el parcial en cada uno de los medios maratones fue prácticamente clavado, con una pequeña diferencia a favor del segundo (1:55:47 por 1:55:04). Lo dicho, contento por la forma de correrlo. Y es que la experiencia es un grado.

¡DESPERTAOS, que me estáis poniendo esto lleno de ZZZZZZZZZ!

Venga, a seguir bien.

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