sábado, 16 de agosto de 2008

Super Bolt

Ha nacido un nuevo superheroe. El jamaicano Usain Bolt (21/08/86) ha alcanzado la medalla de oro en la prueba de los 100 m lisos de los JJOO de Pekin y ha batido el record del mundo que el mismo poseía desde hace menos de tres meses, dejándolo en unos espectaculares 9,69 seg.

martes, 12 de agosto de 2008

XVIII CAURCA: Satánica y de Carabanchel

A principios de Junio participé en la Carrera Urbana de Carabanchel, la CAURCA como se denomina ahora. Debido al poco tiempo libre del que estoy disponiendo estos últimos meses, hasta hoy no he encontrado el momento para sentarme a escribir unas líneas que resumieran mi visión de la carrera. Decir que parafraseando al personaje que Santiago Segura interpretaba en “El Día la Bestia", la decimoctava edición de la CAURCA fue “satánica y de Carabanchel”. Digo lo de satánica porque Lucifer, seguramente ocioso y aburrido, decidió intervenir en la prueba y dejar su impronta.

Dos fueron las intervenciones diabólicas que marcaron la carrera. La primera no la viví en directo pero la he visto recogida en varios foros de atletismo popular. Cuentan que el incidente consistió en una pequeña trifulca entre los atletas que disputaban la victoria. Al parecer el demonio entró en el cuerpo de uno de esos corredores punteros, empezando este a chinchar al pequeño de los hermanos Roncero, molestándole y estorbándole en repetidas ocasiones. Emiliano y Fabian le avisaron en distintas ocasiones para que depusiera su actitud pero, lejos de abandonar su antideportivo comportamiento, el “corredor poseído” remato su faena con una artera maniobra que dio con lo huesos de Emiliano Roncero en el asfalto. Según cuentan, los hermanos Roncero se dispusieron entonces a exorcizar al corredor poseído a base de guantazos. Ante la situación que se avecinaba, el zancadilleador huyó como alma que lleva el diablo de manera que si lo hubiera hecho dirección a la meta seguramente hubiera “pillado chapa”.


La segunda incidencia afectó a todos los corredores y consistió en aumentar la distancia a recorrer en casi 500 metros. En este caso el ángel caído se introdujo en el cuerpo de uno de las personas que debían llevar el control de los corredores, y allá por el kilómetro siete y pico nos desvió indebidamente haciéndonos subir un repecho considerable que no aparecía reflejado en el trazado original. El resultado fue que las marcas previstas se fueran al traste y se arruinara la cuidada organización de la prueba.

A pesar de las avatares acontecidos en esta edición, la CAURCA suele ser una fija en mi calendario posmapoma. La corrí por primera vez en el año 2000 y desde entonces he participado en ella un total de seis ocasiones. Desde hace cuatro ediciones (si no recuerdo mal), la carrera cambió su recorrido. Yo prefería el antiguo pues, aunque era más duro (la cuesta de C/ General de Ricardos se subía con la carrera más avanzada que ahora), tenía un ambiente más de barrio y transitaba por calles más céntricas. Ahora la zona próxima a la Avenida de los Poblados es más llevadera en el perfil pero también resulta un tanto desangelada y sin animación. También echo de menos aquella generosa bolsa del corredor cargada de fruta que ayudaba a reponer líquidos y fuerzas. Lo único que continúa invariable es la camiseta de algodón con la que se obsequia a los participantes, y que pienso que no sería mala idea que fuera sustituida por una de tejido técnico.


Llamar por ultimo la atención acerca de las carreras para categorías inferiores (alevines, benjamines, chupetines…) que se celebran una vez finalizada la prueba de los “mayores”. Ver salir a toda la velocidad que les dan sus cortas piernecillas a decenas de chupetines es algo digno de contemplar y disfrutar. Espero que el año que viene el pequeño Arganzboy forme parte de ese pequeño pelotón de chupetines. ¡Ya os contaré!

Saludos

Nota: Las imagenes que ilustran esta crónica han sido extraidas de http://www.adcorebo.org/

jueves, 17 de julio de 2008

I Cross del Planetario: "Estrellas" por un día

Hace treinta años mi abuelo me llevaba de paseo a las cercanías de la vía que estaba próxima a mi casa. En aquel entonces allí no había más que grandes descampados en los que abundaban las amapolas (que me daban alergia) y los escombros. Algunos años mas tarde, alrededor de diez, aquel terreno agreste fue convertido en el incipiente Parque de Enrique Tierno Galván, en homenaje al por aquel entonces recientemente fallecido alcalde de la capital, y sobre él se levantó el futurista Planetario de Madrid.

Desde entonces mi “vida deportiva” ha estado vinculada al parque. Así, entre los catorce y los dieciocho años, en mi época de baloncestista federado, entrenaba allí durante los parones de Navidad y verano para no perder del todo la forma física. En la etapa de la universidad (de los diecinueve a los veintidós), ya colgadas las botas, aprovechaba los veranos para recorrer el parque en bicicleta. Fue ya licenciado cuando empecé a ir a correr con regularidad y a forjar el perfecto corredor mediocre que he llegado a ser. ´

En este tiempo he dado miles de vueltas al circuito de Los Lagos y algunas menos a la meseta superior, desde donde pueden verse unas buenas vistas de Madrid. Mientras mi cuentakilómetros vital ha avanzado inexorablemente, el entorno y el propio parque han ido cambiando, madurando: los árboles plantados crecieron y han comenzado a dar sombra a los caminos, nacieron el Hipercor y la Estación de Autobuses, los talleres y fábricas fueron derribados y sustituidos por modernos edificios de viviendas y el parque ha ido cobrando vida con una cada vez mayor asistencia de visitantes.

Pues bien, encuadrado en el lento progreso de dar vida a esta zona verde del sur madrileño, el 25 de Mayo pasado se celebró en el Parque Tierno Galván el I Cross del Planetario. Sobre una distancia de 7.200 metros y organizada por la Asociación de Vecinos del Planetario, la carrera sirvió para reunir a todos los que entrenamos por allí (y a algunos más) y llenar los senderos de “nuestro” parque con una riada de corredores como no se había visto nunca antes. Con salida desde el patio del Colegio Público Tirso de Molina, el cross recorría los principales lugares del parque (el puente de la chimenea, el Auditorio, el Planetario, los lagos…) y finalizaba en la C/ Meneses junto al Cine Imax. Para aquellos que fueran a disputarla, las numerosas cuestas seguro que supusieron un esfuerzo extra. Para los que fuimos sólo a disfrutar de recorrer en compañía y con un dorsal en el pecho los caminos del parque por los que entrenamos regularmente, los desniveles fueron más llevaderos.

La inscripción en la prueba fue gratuita y los organizadores suplieron la falta de medios con un alto nivel de voluntad y entusiasmo. No hubo chips, ni señalización de los kilómetros, ni bolsa del corredor, ni la distancia estaba bien medida (creo) y el avituallamiento final consistía en una mesa con unas botellas de Coca Cola de dos litros y unos vasos de plástico (modalidad self service). En cualquier caso agradecer a la Asociación de Vecinos del Planetario el poner en pie esta carrera y animarles a que continúen con ella en siguientes ediciones.

Nada más. Solo dejar constancia de la enorme ilusión que me hizo el poder participar en una carrera que transcurriera por un parque al que estoy tan ligado.

Un saludo

jueves, 10 de julio de 2008

Para estar orgulloso

El sábado 05/07/08 alrededor de setecientos corredores nos dimos cita en la segunda edición de los "10 km de Orgullo" con, paradojas de la vida, no mucho ambiente. Esperaba yo más animación, más color y más glamour para celebrar haciendo deporte el Día del Orgullo gay, pero me da que dentro de las diversas actividades previstas para esta fecha, la prueba atlética no era de las más esperadas.

La carrera partía de la Plaza de España y tras transitar por la C/ Ferraz, Paseo Pintor Rosales y Paseo de Camoens en sus primeros kilómetros, se internaba por el complejo Universitario de la Complutense. Allí, tras rodear varias de las facultades en un circuito que, para los que lo conozcan, recordaba mucho al del Medio Maratón de la Ciudad Universitaria, finalizaba en la pista de atletismo del Complejo Deportivo Sur. ¿El perfil? Pues como lo son casi todas las competiciones se celebran en los madriles: cuesta para arriba cuesta para abajo con algún tramo llano intercalado.


La organización alternó aspectos positivos y negativos. Entre los primeros destacar el gran cuidado que se puso en la hidratación de los participantes. Ya antes de la salida se ofrecieron bebidas y, posteriormente, los avituallamientos intermedios y final estuvieron bien surtidos de botellas de agua y de bebidas isotónicas con las que combatir el fuerte calor reinante. Entre lo negativo la inexistencia de alfombrilla lectora de chips en la salida y, sobre todo, la notablemente insuficiente señalización de los puntos kilométricos. Durante la carrera no vi ni un solo indicador que me informara del kilómetro en el que me encontraba. Cuando comenté esta circunstancia con mi hermana, me dijo que ella si había visto unas dos o tres indicaciones consistentes en un folio de papel pegado en una farola y con el número del kilómetro en cuestión escrito con rotulador.

En lo personal acabé muy contento. Se nota que el calor me va bien y que ya llevo más de un año entrenando con continuidad, sin lesionarme. Así, a pesar de la alta temperatura, lo exigente del recorrido y de los kilómetros que llevo en las piernas durante los últimos meses, me encontré bien, con muy buenas sensaciones. Al final me tomé un tiempo neto de 0:42:27, a 4:14 min./km. ¡Para estar orgulloso!

En resumen, carrera para pasar un rato agradable y seguir con la temporada de bolos veraniegos alejado de las competiciones de larga distancia. La próxima el Trofeo de San Lorenzo. Hasta entonces.

Nota: Se me ocurrió ir andando desde mi casa hasta la salida en la Plaza de España, lo que implicó recorrer vestido de “romano” toda la Gran Vía madrileña. Dadas las horas (alrededor de 8:00 a.m.) me crucé con varios grupos de hombres que venían de la gran fiesta que se había organizado en la zona de Chueca y que habia durado hasta altas horas de la madrugada. No os cuento los piropos (todos ellos simpáticos y de buen rollo) de los que fui objeto. ¡Si es que voy provocando!

Otra nota: Las dos fotos son mias. ¡Se nota ehhh!

lunes, 2 de junio de 2008

I Carrera Liberty Seguros

Ayer se celebró en Madrid la primera edición de la Carrera Liberty Seguros. Tenía yo ciertos prejuicios ante esta prueba, pues el binomio formado por patrocinador con grandes medios publicitarios y por un elevado número de inscritos, me hace huir de muchas de las carreras de este tipo. Sin embargo he de admitir que la celebración de la prueba me sorprendió favorablemente.

La carrera discurrió bajo una tenue lluvia y con una temperatura poco acorde a las que son habituales en esta época del año, circunstancias ambas que ayudaron a hacer más llevadera su disputa. En hombres el vencedor fue José Luis Capitán con 32:04, mientras que en mujeres fue Isabel López quien se alzó con la victoria con un tiempo de 37:30. De los 5.000 inscritos inicialmente, sólo 3.089 completaron la prueba.

Para no ponerme muy pesado, me limitaré a enumerar los que para mi fueron los puntos en contra y a favor de la carrera.

En contra:

Ausencia de tiempos netos. Los marcas de los participantes fueron medidas mediante el sistema de chip. Sin embargo, la no existencia de alfombrilla de lectura de chips en la salida, impidió conocer oficialmente el tiempo neto empleado en la prueba.

Señalización de los puntos kilométricos. Pasé por varios de los primeros sin verlos, luego ya no me perdí ninguno. Quizás seria bueno elevarlos un poco, pues con tanta gente corriendo es fácil pasárselos de largo sin percatarse de su presencia.

El avituallamiento. Solo en un lado de la carretera y poco visible. Sería conveniente su instalación a ambos lados del trazado.

Las colas del ropero. Aunque no lo utilicé, si vi que había gente que tuvo que hacer una larga espera para dejar la mochila y, sobre todo, para recogerla. Esto último fue más preocupante por la posibilidad de quedarse frío (y mojado) tras la carrera.


A favor:

El recorrido. Además de trasncurrir por calles céntricas de la capital, creo que es de los mejores diez mil que hay en nuestra ciudad para intentar hacer marca. Salida en C/ Goya con dirección a la intersección con C/ Alcalá. Se sigue en bajada por esta última hasta la Cibeles, donde se toma el Paseo de Recoletos y se continúa por el Paseo de la Castellana hasta la altura de C/ Concha Espina. Tras subir la cuesta que lleva desde el Estadio Bernabeu hasta C/ Serrano se alcanza C/ Príncipe de Vergara. Desde alli, ligero descenso continuado hasta C/ Goya donde una subida de unos trescientos metros te deja a las puertas de la meta frente al Palacio de los Deportes.

Se ha comparado con el recorrido de la Carrera del CSIC (a celebrar por el mes de Octubre) con la que comparte parte del trazado. Desde mi punto de vista, el de la carrera de ayer es mejor pues evita el embudo de la C/ Recoletos y personalmente prefiero bajar por C/ Principe de Vergara que por C/ Serrano.

El precio. La inscripción tenía un coste de 5 eur, precio bajo para lo que se estila por estos lares. Además la mitad de la recaudación se destinaba a las federaciones de Deportes Paralímpicos de la Comunidad de Madrid. La inscripción incluía el obsequio de una camiseta técnica bastante decente y unos calcetines de deporte para pies no muy grandes.

Ausencia de aglomeraciones y embudos. A pesar del alto número de participantes, el que el trazado trancurriera por calles anchas, permitió que salvo en los hectómetros iniciales se corriera bastante a gusto. En cualquier caso espero que la organización no se deje llevar por el éxito de la primera edición y no caiga en la tentación de aumentar el límite de corredores en próximas convocatorias porque fastidiarían la carrera.

Buena organización de la llegada a la hora de evacuar a los corredores tras darles una botella de agua y una lata de refresco.

Instalación de servicios portátiles para los apretones de última hora


En otro orden de cosas, señalar de nuevo la mala educacion de muchos corredores al posicionarse en la salida en lugares no acordes con su marca. No me vale el argumento de que sean gente con poca experiencia en carreras populares. Se trata simplemente de personas que sólo piensan en si mismas y les importa un comino el resto de los participantes. De hecho se colocaron carteles en la salida para que nos ordenaramos por tiempos y se repitió muchas veces por megafonía, pero ni por esas.

Por mi parte, salí a disfrutar de la carrera y muy pronto me fui animando. A partir del kilómetro seis comence a sentir un pequeño flato que me hizo ir con ciertas precauciones en la segunda mitad de la carrera. Al final tomé por mi reloj un tiempo neto de 44:05, marca bastante buena para los tiempos que suelo hacer en pruebas sobre esta distancia.

En resumen, carrera agradable, bien organizada y a precio asequible. Si se mantiene su celebración en años venideros y en condiciones similares a las de esta primera edición, será una cita fija en mi calendario. Mi agradecimiento a todos aquellos que la han hecho posible.

Saludos
Nota: Fotos obtenidas de www.runners.es

martes, 27 de mayo de 2008

Jadraque, almena de Castilla


UN POCO DE HISTORIA.- Cuentan que allá por el s XI, Rodrigo Díaz de Vivar, camino de su exilio, tomó la fortaleza de Jadraque. Esta idea se basa en la certeza de muchos historiadores de que Jadraque sería el Castejón al que se hace referencia en el Cantar del mio Cid (parece ser que los cristianos ponían nombres como Castejón y sus derivaciones a todos aquellos núcleos islámicos que tenían fortalezas de cierta importancia):

"Nonbrados son los que iran en el algara,
e los que con mio Çid ficaran en la çaga
Ya quiebran los albores e vinie la mañana,
ixie el sol, ¡Dios, que fermoso apuntava!

En Castejon todos se levantavan,
abren las puertas, de fuera salto davan
por ver sus lavores e todas sus heredades.

Todos son exidos, las puertas abiertas han dexadas
con pocas de gentes que en Castejon fincaran;
las yentes de fuera todas son deramadas.

El Campeador salio de la çelada,
corrie a Castejon sin falla.
Moros e moras avien los de ganançia,
e essos gañados quantos en derredor andan.

Mio Çid don Rodrigo a la puerta adeliñava;
los que la tienen quando vieron la rebatao
vieron miedo e fue desemparada.

Mio Çid Ruy Diaz por las puertas entrava,
en manlo trae desnuda el espada,
quinze moros matava de los que alcançava."

Como se desprende de estos versos, el Cid y sus hombres recurrieron al factor sorpresa para la toma del castillo. Estuvieron escondidos durante la noche para al amanecer, cuando los árabes abrieron las puertas de la fortaleza como cualquier otro día, lanzarse al galope sobre sus caballos y penetrar en el recinto ante el desconcierto de sus moradores.

La toma del castillo por el Cid y su mesnada sólo duró unos días, pues tras saquear algunas poblaciones cercanas decidieron abandonar el enclave y seguir camino hacia tierras aragonesas. Si hacemos caso al Cantar, la razón que provocó la rápida salida del castillo fue la aproximación a la zona del rey Alfonso VI:


“Moros en paz, ca escripta es la carta,
buscar nos ie el rey Alfonsso con toda su mesnada.
Quitar quiero Castejon: ¡oid, escuellas e Minyaya!

Lo que yo dixier non lo tengades a mal.
En Castejon non podriemos fincar;
çerca es el rey Alfonsso e buscar nos verna.
Mas el castielo non lo quiero hermar;
çiento moros e çiento moras quiero las quitar,
por que lo pris dellos que de mi non digan mal.

Todos sodes pagados e ninguno por pagar.
Cras a la mañana pensemos de cavalgar,
con Alfonsso mio señor non querria lidiar."

A pesar de lo breve de su duración, este capítulo histórico es el que dio lugar a que el Castillo de Jadraque sea también conocido como el Castillo del Cid.

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LA CARRERA.- Diez siglos después de los hechos relatados, a primera hora de la mañana del día de nuestro señor dieciocho de mayo de dos mil ocho, mi menda, transformado en Arganzid, dejé durmiendo a Doña Jimena en sus aposentos, monté en la grupa de mi Seat Babieca y al galope puse dirección a Jadraque. En las alforjas todo lo necesario para la toma de la plaza: la cota de malla dry fit, el yelmo con visera para protegerme de la posible lluvia, las calzas cortas y los borceguíes con cámara de gel.

Después de ciento y pico kilómetros, llegué a la localidad alcarreña de Jadraque. Allí muchos de los participantes ya calentaban sus músculos para enfrentarse al Medio Maratón o, en su defecto, a las carreras de 5 o 10 kilómetros. Tras un rápido cambio de vestimenta y la recogida de dorsal, me coloqué junto al resto de los corredores en la línea de salida. Antes del comienzo, se dedicaron unas palabras a Najat Tijani, atleta popular fallecida durante la celebración del MAPOMA hace apenas unas semanas y por la que los participantes lucimos un lazo negro en señal de luto. Un minuto de silencio y una aplauso de todos los allí presentes dieron paso al grito de “¡Preparados, listos, ya!” que supuso el comienzo de la prueba. Alrededor de ciento cincuenta "sufridos zumbaetes" partimos a la conquista de nuestro objetivo.


Los primeros hectómetros que recorrían las calles céntricas de Jadraque pronto dejaron paso a una ascensión hasta las afueras del pueblo. Allí llegó la primera sorpresa. Yo esperaba tomar, como ocurriera hace dos años cuando participé por primera vez en este medio maratón, la carretera que conduce hacia Membrillera. Pues no, error. Si hubiera prestado atención al recorrido publicado en internet me habría dado cuenta de que, desde el año pasado, se toma la carretera CM-1003 que une Jadraque con Matillas. ¿Qué significaba eso? Pues a bote pronto una subida continuada de cerca de dos mil metros de longitud que empezaba a colocar a cada uno en su sitio. Llegados al punto más alto, nos esperaba un descenso con distintos tramos de mayor o menor pendiente que nos conduciría hasta la entrada de Bujalaro (km 5,500). En los primeros metros de suave descenso y aprovechando la altura alcanzada, disfruté el paisaje típico castellano. Una gran llanura muy verde para las fechas en las que nos encontramos, se abría paso a mi izquierda. Hasta donde alcanzaba la vista, campos cultivados se alternaban con otros sin cultivar, alguna estrecha carretera se perdía en lontananza y los espigados árboles (chopos quizás) podían contarse con los dedos de una mano.

Antes de entrar en Bujalaro, empecé a cruzarme con los primeros clasificados de la distancia de 10 kms que ya volvían de regreso a Jadraque. He de reconocer que alguna tentación tuve de seguir sus pasos, pero el objetivo de llegar a mis primeros cincuenta medios maratones disipo rápidamente esos pensamientos. Ya en el pueblo recibimos el primer avituallamiento líquido y los ánimos de un grupo de vecinos, siendo casi más preciados los segundos que el primero. A la salida del pequeño núcleo urbano, ”la soledad del corredor de fondo” se acrecentó. El que hubiera corredores que optaran por disputar los diez kilómetros y el llevar ya alrededor de seis mil metros de carrera, provocaron que la distancia al participante que me precediera fuera superior a los ciento cincuenta metros.


Una vez abandonado Bujalaro, otro tramo de descenso de unos mil quinientos metros y unos casi llanos tres kilómetros (en los que recuperé tres o cuatro posiciones), dejaban a las puertas de Matillas. Allí, después de dar un pequeño rodeo se llegaba a la salida del pueblo (creo). En medio de ningún sitio estaban ubicados dos señores con una mesa plegable sobre la que se hallaban unas botellitas de agua mineral. Recibida está, se rodeaba a los dos amables voluntarios y se tomaba el camino de vuelta hacia Jadraque desandando lo hecho hasta entonces.

Conociendo ya lo que me esperaba hasta la meta y teniendo en cuenta el crono empleado hasta el momento, las buenas condiciones meteorológicas (nublado, fresco y sin lluvia) y las fuerzas que me quedaban, decidí esforzarme un poco más e intentar bajar de la hora cuarenta minutos. Hasta el nuevo paso por Bujalaro, el objetivo era factible. Llevaba buen ritmo e iba adelantando a unos pocos corredores y recortando la distancia con otros que veía en la cada vez más próxima lejanía. El problema fue la cuesta, a la ida hacia abajo y ahora hacia arriba, que nos esperaba pasado el pueblo. Con algunos tramos de gran pendiente, la fui superando al tran-tran, con pasos cortos y la mirada fija en el asfalto. Cuando quedaban alrededor de unos quinientos metros para coronar la larga cuesta, empecé a sufrir un flato muy fuerte, unas punzadas que atravesaban mi cuerpo en cada respiración. Bajé el ritmo hasta casi ir andando y a duras penas acabé de subirla.

A partir de allí me deje llevar por la pendiente favorable que nos devolvía al centro urbano jadraqueño donde, debido a la distancia que me separaba del corredor que me precedía y del que venía detrás de mí, recorrí todas las calles en solitario, con la única compañía de los voluntarios que con sus banderines rojos indicaban la dirección a seguir. Era algo así como un corredor poseso atravesando un pueblo fantasma.

Y por fin la meta, donde llegué con veinticuatro segundos por encima de la hora cuarenta minutos. A pesar de no ser un tiempo como para tirar cohetes, conseguí un muy meritorio quincuagésimo quinto puesto en la clasificación final (vale, vale, sólo acabamos ciento trece ¿Y qué?). Grifo de cerveza para reponer los líquidos perdidos y bolsa del corredor con camiseta-faja técnica (talla única M para todos los corredores) pusieron la guinda a una mañana atlética por tierras alcarreñas.

En resumen, decir que se trata de un Medio Maratón con una gran exigencia física y mental, para aquellos a los que no les importe correr en solitario por carreteras secundarias (“carretera y manta”) y que gusten de carreras con poca participación y organización voluntariosa.

Nota: Gran detalle del tercer clasificado en la prueba de Medio Maratón, José Félix Ortiz, quien ofreció su trofeo a Isamel Lizana, compañero de la corredora fallecida durante la celebración del último MAPOMA.

Otra nota: Al césar lo que es del césar... La primera y al tercera foto son mías. La segunda no recuerdo de donde la saqué. La cuarta y la quinta, así como el título que encabeza la crónica, están extraídas de http://www.jadraque.org/ .

Saludos cordiales

viernes, 2 de mayo de 2008

Otra promesa cumplida


Llego hasta donde me espera mi mujer. Los ojos se me llenan de lágrimas mientras nos besamos y le cambio mis gafas de sol por nuestro hijo. Me reincorporo a la carrera con el pequeño en brazos. Al mirar al frente me doy cuenta de que al menos quedan unos sesenta metros hasta el indicador del kilómetro cuarenta y dos, o lo que es lo mismo, unos doscientos cincuenta metros me separan de la ansiada meta. Ahora caigo en que como preparación de esta carrera había hecho tiradas largas, series, fartlek…, pero no se me había ocurrido entrenar con un fardo de doce kilos entre los brazos.

Para más inri, parece que mi ilusión no es compartida por el pequeño cabezón, pues pronto comienza a llorar y a intentar zafarse de mis brazos. Decido dejar de correr y ponerme a andar mientras le tranquilizo. Al cabo de unos cuarenta metros parece que la idea da resultado. Ha dejado de llorar, aunque su cara y su conejo de trapo apretado con fuerza contra el pecho denotan cierto miedo. Reemprendo la carrera de forma lenta. Me adelantan muchos corredores y estoy perdiendo bastante tiempo pero me da igual, ese no es hoy el objetivo.

La pancarta de meta se acerca. Recuerdo otra vez esa promesa tantas veces repetida en mi interior de que el primer maratón que corriera después de ser padre lo culminaría con mi hijo en brazos. He tenido que esperar mucho tiempo, casi dos años, pero el momento ha llegado.

Sólo quedan unos metros. Le beso y levanto mi brazo izquierdo hacia el cielo. Me dejo llevar mientras disfruto del breve instante. El sonido del lector de chips me devuelve a la realidad. Otra promesa cumplida.

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El día ha empezado bastantes horas antes. A las 6:20 a.m. el despertador me saca de un placentero sueño. Tras comprobar con disgusto que mi pecho sigue acogiendo ese dolor que me acompaña ya desde hace más de una semana, comienzo con los rituales. De fondo, muy bajita para no despertar a nadie, suena la SER. El desayuno pausado (agua, galletas, barra de cereales y Aquarius), la vestimenta (camiseta verde y mallas negras), las múltiples vaciadas de intestinos y vejiga, la ”clavada” del dorsal 7849 y la penúltima revisión del contenido de la mochila, me llevan más de una hora. Cumplidas todas las obligaciones previas, me despido de mi mujer y salgo de casa dirección Cibeles.

La salida del MAPOMA se encuentra ubicada a unos treinta minutos a buen paso de mi casa. El camino que me lleva a ella es el mismo que recorro todos los días para ir al trabajo. Sin embargo las circunstancias de esta mañana son muy diferentes a las de un día normal. El asfalto, poblado de coches entre diario, está prácticamente vacío. La cara afeitada, el traje, la corbata y los zapatos que luzco en los días laborables, han dejado paso a la barba de dos días, a las mallas, a la camiseta y a las deportivas. Las personas habituales de las mañanas han sido sustituidas por algunos jóvenes que, a juzgar por sus caras, vuelven de una larga noche de juerga.

En la confluencia de la C/ Goya con Alcalá comienzo a divisar un gran número de corredores. Muchos van solos, algunos en grupo, pero todos caminan en la misma dirección y con un gesto de concentración en la cara. Visto desde fuera podría pensarse que estuviéramos poseídos, que fuéramos atraídos por una fuerza mayor. En cierto modo, así es.

Llegado a la verja del Retiro, mi pensamiento vuelve a la carrera. Si alguien me hubiera preguntado hace diez días sobre la previsión de mi marca, le hubiera contestado con la posibilidad un triple escenario. El primero, el más optimista, la cifraba entre las 3h 40 min y las 3h 45 min. Conseguirlo supondría un notable esfuerzo, pero dado el tiempo realizado hace apenas un mes en el Medio Maratón de Fuenlabrada (unos segundos por debajo de 1h 36min) no era algo descabellado. El segundo escenario y quizás el más realista era el de terminar cómodamente por debajo de las cuatro horas. La tercera posibilidad era la más pesimista y consistía en irme por encima de los doscientos cuarenta minutos. Si alguien me preguntara hoy sobre la previsión de mi marca, con el dolor de pecho y el constipado sufrido en los inicios de la semana, la primera posibilidad barajada hace siete días estaría completamente descartada.

Con estas tribulaciones recorro el tramo de la C/ Alcalá que une el Retiro y Cibeles. Allí, en la fachada del Palacio de Linares, he quedado con mi padre, mi hermana y Bruce. Los dos primeros serán los encargados de las labores logísticas. Bruce correrá conmigo.


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Nos colocamos en la salida. Estamos bastante retrasados pero no le damos importancia. Finalmente a Bruce y a mí se ha unido Ignacio, compañero de trabajo de Bruce y debutante en estas lides. A "ojímetro" noto que el número de participantes parece inferior al de las últimas ediciones. No he oído el disparo, pero desde mi altura puedo observar que las primeras filas de corredores se mueven. Casi cuatro minutos después pasamos por el arco de salida. Mi particular cronometro se pone en marcha. 0:00:01, 0:00:02, 0:00:03,…

Los primeros kilómetros son de sobra conocidos. Transitan por el Paseo de la Castellana y los he repetido en las seis veces que he tomado la salida de este maratón. Me sirven para ir cogiendo el ritmo, para ir eliminando nervios y para darme cuenta de que el calor va a ser mayor de lo que pensaba. Tras cinco kilómetros lentos de continua subida (vamos por encima de los 6 min/km), superamos la Plaza de Castilla y entramos en un tramo más favorable que nos ha de conducir hasta la Plaza de República Argentina, donde se sitúa el kilómetro diez de carrera. A estas alturas hemos cogido ya el ritmo de crucero y nuestro tiempo es de 55:54 (5:35 min/km).

Tras cruzar la Castellana por el paso elevado de Raimundo Fernández Villaverde, nos plantamos en Cuatro Caminos. Ese es el primer punto acordado con mi padre y mi hermana para el encuentro. En principio es sólo para la foto pues llevamos aún poca carrera. Sin embargo, el sol y el calor reinantes me hacen parar y extraer de la mochila las gafas de sol (la gorra no porque me agobia) y una botellita de Aquarius.

De momento los tres vamos bien. Hablamos y comentamos nuestras sensaciones. Mis molestias en el pecho son llevaderas siempre que me mantenga erguido y no gire el tronco. El cielo se ha nublado y el calor se ha mitigado en parte. Alcanzamos así la animada cuesta abajo de Guzmán el Bueno donde un gran número de personas puebla las aceras y aplaude el paso de los corredores. El impulso nos sirve para superar el tramo de Alberto Aguilera.

Llegamos ya a la muy animada Glorieta de Bilbao y seguimos por la C/ Fuencarral. Allí está el kilómetro quince por el que pasamos en 1:24:15 (5:36 min/km). Comienza entonces el tramo que más me gusta de la carrera, no tanto por su perfil favorable, que también, como por su belleza y ambiente. La Gran Vía, la C/ Preciados, la Puerta del Sol, la C/ Mayor, la C/ Bailén y el Palacio Real, son lugares emblemáticos de nuestra ciudad que el maratón no debe nunca perderse. El que en los últimos años el recorrido haya abandonado estas calles y lugares ha hecho un gran mal a la carrera que creo ha influido decisivamente en el descenso de participantes, sobre todo internacionales. Mucha gente no busca en el MAPOMA el conseguir una buena marca sino el poder disfrutar o descubrir corriendo algunos de los puntos más bellos de la capital.

Al comienzo de la C/ Ferraz vuelvo a encontrar el apoyo logístico familiar. Aunque se ha nublado y el calor es un poco más llevadero, decido coger la segunda botella de Aquarius que había metido en la mochila y una pastilla de glucosa (la que llevaba desde la salida la había consumido unos minutos antes). En este punto se unen a nosotros dos conocidos de Ignacio que le van a acompañar un par de kilómetros. Dado que para él es su primer maratón y su intención es acabarlo en 4:15:00, tengo el temor de que el ritmo que estamos llevando le pasé factura en el segunda parte de la carrera. Si a esto unimos que a la altura de carrera en la que nos encontramos me siento realmente bien, decido que es el momento de acelerar un poco el paso. Bruce está de acuerdo conmigo y decide acompañarme. Ignacio opta por seguir su ritmo. Su decisión fue muy acertada pues al final acabo alrededor de las 4h 5 min, diez minutos por debajo de sus previsiones.



Por el kilómetro veinte ya pasamos solos Bruce y yo . Nuestro tiempo neto es de 1:51:38 (5:34 min/km), lo que significa que los estos diez mil metros han sido nueve segundos más rápidos que los primeros. Tras unos metros por C/ Pintor Rosales, giramos a la derecha y entramos en el territorio del Trofeo San Antonio de la Florida, carrera de diez kilómetros a disputar allá por el mes de Junio. Las bajadas del Paseo de Camoens y del Paseo de Ruperto Chapí (donde está ubicado el medio maratón que cruzamos en 1:57:26) se continúan con las llanas rectas de la Avenida de Valladolid y el Paseo de La Florida. En la Glorieta de San Vicente, justo enfrente de la antigua estación de Príncipe Pío (ahora centro comercial y cultural), el gran número de espectadores estrecha el paso reservado a los corredores llevándolos casi en volandas con sus gritos de ánimo y sus aplausos. Allí me esperan de nuevo mi padre y mi hermana, quienes me suministran la última botellita de Aquarius, una barrita de Twix y otra pastilla de glucosa. Estoy a las puertas de la Casa de Campo.


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Cuando hace una semana examiné el recorrido (hasta entonces no me había preocupado de saber por dónde transitaba la carrera), vi que este año el habitual tramo por la Casa de Campo era más largo y estaba situado antes de lo que venía siendo costumbre en las ediciones que había corrido de esta prueba. Cabían entonces dos lecturas posibles. La primera era que, al estar ubicada en un punto más temprano de la carrera, yo llegaría en mejores condiciones y podría salvarla sin las dificultades de años anteriores. La segunda, más pesimista, indicaba que esta vez el tramo restante hasta la meta tras superar la Casa de Campo era mayor, de forma que si salía tocado de allí tendría que sufrir más de la cuenta para alcanzar la meta del Parque del Retiro. Nada más traspasar la puerta que da acceso al gran pulmón verde de Madrid, mi cuerpo y mi cabeza tienen claro la lectura que han elegido.


El parar junto a mi padre para recibir los alimentos y el comerme la barrita de Twix me han retrasado unos cincuenta metros respecto a Bruce, de manera que tengo que hacer un pequeño esfuerzo para llegar hasta él. Una vez le he alcanzado, comienzo a sentirme mal. Las piernas no me van. Todo el cansancio que hasta el momento no había tenido, ha llegado de golpe. En un principio pienso que es debido al ligero aumento de ritmo que he hecho para llegar a su altura. Sin embargo, cuando pasados unos cientos de metros no me recupero, me doy cuenta de que toca empezar a sufrir. Pienso que tiene que ser psicológico, que tiene que pasar, pues he hecho entrenamientos de sobra para tener que pasarlo mal ahora.

En el kilómetro veinticinco un espectador nos dice que Chema Martínez ha ganado la carrera. ¡Que alegría! La verdad es que no le conozco, pero por las entrevistas que le oído y leído me parece un tío muy majete y simpático. Creo que es su primera victoria en un maratón y encima en su ciudad. ¡Felicidades Chema!

Mientras, yo sigo sufriendo. El paso por la Casa de Campo se está convirtiendo en un suplicio. Hasta se me ha puesto dolor de cabeza. Los tiempos por kilometro han empeorado en diez o quince segundos. “¡Aguanta que esto pasa!” me repito mentalmente.


Estamos ya llegando al final del Paseo de los Castaños, junto al lago. En la curva de derechas que da paso al empinado Paseo Puerta del Ángel, Bruce para a recibir un “chute” de Réflex en la rodilla y yo continuo a mi ritmo. La cuesta no es muy larga pero si muy empinada en sus primeros ciento cincuenta metros. El público anima echándose encima de los corredores, tanto que me hacen sentir como si fuera Perico Delgado ascendiendo un puerto de primera categoría en el Tour. Empiezo a adelantar participantes que han quedado clavados y mi autoestima crece por momentos. Al final de la cuesta voy pendiente de que Bruce llegue a mi altura. No me quiero girar mucho para no sentir el dolor del pecho y obsesionarme con otro problema, pero no le veo acercarse. Llego a la salida de la Casa de Campo y no me ha alcanzado. Creo que me toca afrontar los últimos doce kilómetros en solitario.


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En la Avenida de Portugal, las mastodónticas obras de soterramiento de la M-30 han convertido la N-V en un bulevar con un amplio espacio para los peatones. Allí se encuentra el kilometro treinta por el que paso en 2:46:43. Esto significa que, a pesar del pinchazo de la Casa de Campo, los últimos diez mil metros los he corrido en 55:06, cuarenta y ocho segundos mejor que el primer diez mil y treinta y nueve segundos mejor que el segundo. Esta buena noticia unida a lo favorable del perfil (estoy en una larga cuesta abajo) y a la rabieta que me da que se me caiga la botella de agua recién cogida en el avituallamiento, me hacen volver a incrementar mi ritmo. A pesar de empezar a notar el cansancio normal en las piernas, voy mucho mejor que hace apenas unos minutos y el dolor de cabeza ha remitido.

En Marques de Monistrol me vuelvo a encontrar a mi padre y a mi hermana. Recojo la última barrita de Twix y me despido de ellos hasta la meta. El tramo que ahora comienza lo tengo en mi pensamiento como la parte en la que más he sufrido en otras participaciones. Sin embargo esta vez es más llevadero. Me siento bien, mi ritmo es superior al de los corredores que me rodean, gano posiciones de forma continuada y me hidrato y refresco en todos los puestos de avituallamiento (dese hace tiempo cada dos kilómetros y medio). Sin sufrir demasiado estoy mas allá del kilómetro treinta y cuatro, a las puertas del llamado Pasillo Verde.

Justo en el avituallamiento del kilómetro treinta y cinco, mientras me apodero de una botella de Powerade, dos ambulancias del Samur pasan en sentido contrario al de la carrera. Debe ser algo grave pues transitan a una velocidad considerable entre corredores que ya no estamos en las mejores condiciones para reaccionar con rapidez. Dos días más tarde leeré que acudían a atender a una joven corredora que sólo unos metros antes se había desplomado víctima de una parada cardio-respiratoria y que acabaría falleciendo.

Ajeno a esta grave situación, sigo a ritmo vivo animado por los espectadores y por la expectativa de que mi madre me espera en la esquina de la C/ Ferrocarril con el Paseo de las Delicias. Será la primera vez que mi madre venga a verme en mis seis participaciones en el MAPOMA, pues siempre se ha negado aduciendo que lo pasa muy mal viéndome tan cansado. Estoy llegando. Bajo un poco el ritmo y miro a ambos lados para ubicarla entre tanta gente. Allí está. Ella también me ha visto. Grita mi nombre y agita sus brazos. Cuando llego a su altura me paro y le doy dos besos. La alegría me impide articular palabra. Continúo mi marcha. Si alguien se fijara en mi cara vería salir unas lágrimas por debajo de las gafas de sol.

El impulso materno me hace recorrer a buen ritmo toda la C/ Bustamente y llegar a C/ Méndez Álvaro.

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El tío del mazo es un pedazo de mamón que se encuentra escondido en cualquier recoveco del recorrido. En este caso me está esperando en la cuesta de Méndez Álvaro. Allí se me sube sin previo aviso a la chepa y empieza a darme collejas como un poseso mientras me grita al oído “¡párate, párate!”. Hago oídos sordos, tiro de glucosa y paso por primera vez por las duchas de agua pulverizada que ofrece la organización. No sé cuantos metros hay hasta la Glorieta de Atocha (o de Carlos V) pero se me hace eterno. Muchos participantes han cedido a la tentación y van andando. Yo sigo corriendo. Al llegar a Atocha, el del mazo me da una última colleja y se baja de mi chepa con un sospechoso ¡Hasta luego!

La última subida me ha dejado muy tocado pero sé que ya queda poco. Los hectómetros que transcurren entre Atocha y la Plaza de Mariano de Cavia los aprovecho para, en la medida de lo posible, recuperar fuerzas (si es que esto es factible) y para prepararme mentalmente para el último asalto: la subida de Menéndez Pelayo.


Llego a la Plaza de Mariano de Cavia. Si miro al frente puedo ver una cuesta interminable por la que discurre un reguero de corredores penitentes que son flanqueados a ambos lados por un gran número de espectadores. Me vienen a la cabeza las retransmisiones televisivas de la subida al Alpe d'Huez, en las que no sirve de nada coger la rueda de otro sino que cada uno elige su “marcheta” y sufre en silencio. Me aplico el cuento. Bajo la cabeza para no ver lo que me falta y comienzo a subir.

Los primeros metros de ascensión son mas o menos llevaderos. Pronto paso por el arco del kilómetro cuarenta (¿o no hay arco?). Mi tiempo es de 3:41:11 (5:31 min/km). El parcial de estos últimos diez kilómetros es de 54:28, con diferencia el mejor de los cuatro. El tiempo es un minuto y veintiséis segundos mejor que el primer diez mil, un minuto y diecisiete segundos mejor que el segundo y treinta y ocho segundos mejor que el tercero. Está siendo una carrera de menos a más.


Llego al final del primer tramo de la subida. Es la curva a izquierdas que se veía desde abajo. Voy medio muerto. Cuando levanto la vista y diviso lo que queda me da el bajón. Sé que son los peores momentos y que si aguanto un pelín más ya estoy en la meta. Es ahora cuando tengo que rememorar los momentos de sufrimiento que he pasado en los entrenamientos, en las carreras previas y en otros maratones, y saber que por dificiles que fueran siempre los he superado. El tio del mazo ha vuelto a aparecer y esta vez sacude de lo lindo. La cabeza me dice que me pare, pero no lo hecho en ninguna carrera y no lo voy a hacer ahora. Bajo el ritmo pero sigo corriendo.

En esos momentos me acuerdo de la madre de Menéndez Pelayo. Entiendo que la mujer no tiene culpa de que dieran el nombre de su hijo a una calle con tanta pendiente, ni de que unos zumbaos la elijan como los últimos kilómetros de un maratón y otros zumbaos (estos en calzoncillos y camiseta) se empeñen en subirla corriendo, pero…

Corono la cuesta. Menos mal que no uso pulsometro (nunca lo he hecho) porque ahora estaría acojonado si viera en un aparatito las pulsaciones que tengo. Me falta el aliento, me duele el pecho y no puedo con las piernas, pero los cien metros en ligera cuesta abajo que me separan de la entrada al Retiro me sirven de bálsamo.


Entro en el vallado Paseo Duque de Fernán Nuñez y me relajo. Disfruto estos últimos metros mientras voy mirando a ambos lados buscando a mi mujer y a mi hijo. Mi padre agita su brazo desde detrás de las vallas. Llego a su altura y me indica que me esperan pasado el próximo arco hinchable de Coca-Cola. El resto ya lo he contado.

Solo añadir que finalizo mi octavo maratón con un tiempo de 3:54:48. (5:33 min/km).


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Agradecimientos a mi hijo por serlo, a mi mujer por aguantarme, a mi madre por traerme, a mi padre y a mi hermana por animarme y avituallarme, a Bruce por acompañarme, a Pablete por inscribirme, a todos aquellos que lo hicieron posible y a los que se hayan tragado toda la crónica.

¡Muchas gracias y hasta la próxima!