sábado, 20 de diciembre de 2008

La puñetera cantinela


Dentro de unas horas tendrá lugar uno de los acontecimientos que más odio de entre toda aquella parafernalia que rodea a la Navidad: el Sorteo Extraordinario de la Ídem.

Este aborrecimiento viene de lejos, de cuando yo apenas levantaba unos palmos del suelo. Entre los recuerdos de mi infancia está ese día (ahora sé que siempre es el veintidós de diciembre) cuando en la radio de mi madre, la voz grave y profunda de Luís del Olmo era sustituida por las estridentes y agudas de los niños de San Ildefonso, que no cesaban de repetir la puñetera cantinela: “mil trescientos cuatro, ciento veinticinco mil pesetas; quince mil quinientos cincuenta y seis, ciento veinticinco mil pesetas; treinta y siete mil cien, ciento veinticinco mil pesetas…” Esta retahíla sólo variaba cuando cantaban un premio, momento en el que los niños subían aún más el tono de su voz y el locutor de turno salía de su letargo susurrante: “Se trata de un segundo premio muy repartido” –exclamaba- “Ha sido vendido en las administraciones de Bollullos del Condado, Oropesa del Mar, Algete y Peñaranda de Bracamonte. ¡Enhorabuena a los premiados!”.

Desde aquellos días siento aversión a los niños de San Ildefonso. Lo siento, pero no he podido superarlo. Es más, no sé porque extraña razón de mente infantil, asocié Granja de San Francisco con Granja de San Ildefonso, haciéndome la idea de que aquellos niños vivían recluidos en esta última donde, después de cantar la lotería de Navidad, les obligaban a trabajar todo el año en la producción de miel. Recuerdo que analizaba las etiquetas de los frascos de este producto que compraba mi madre para intentar descubrir si estaba fabricada con el sudor de estos “infantes explotados”. En fin, paranoias de la infancia que, a la vista de la serie de Cálico Electrónico, no he sido el único en tener.

Una vez finalizado el glorioso sorteo, la tortura continuaba en los informativos y programas varios que se sucedían durante el día, suplicio que aumentó con la aparición de las nuevas cadenas de televisión. En ellos aparecían los supuestamente agraciados por algún premio cantando y bañándose en champan, bien en la puerta de la administración de lotería bien en el interior de un bar, alguno de ellos con el décimo en la mano. La periodista siempre se acercaba a ellos y lanzaba la original pregunta que era seguida de la archiconocida respuesta:

Periodista: ¿Y qué va a hacer usted con el dinero?
Chorus: ¡oeoeoeoeoeoe! (saltando abrazados a la espalda del poseedor del décimo agraciado)
Agraciado: Pues tapar algunos agujerillos
Periodista: ¿Y el resto?
Agraciado: ¿El resto….? ¡El resto que esperen!
Chorus: ¡oeoeoeoeoeoeoe! (saltando abrazados e integrando ya entre ellos al entrevistado)

Yo siempre he pensado que esto es una farsa auspiciada por el Estado, que año tras año se trata de una grabación realizada en decorados rancios similares a los de la serie “Cuéntame” en la que actores contratados al efecto nos engañan vilmente. Porque si no… ¿a qué clase de imbécil se le ocurre estar saltando con el décimo premiado en la mano con la pasta que vale en ese momento? De hecho, hace pocos años confirmé mi teoría cuando descubrí que el señor grueso con gafas, peluca y acento gallego que saltaba acalorado al fondo de la imagen era el mismo calvo de Castellón que el año anterior vestía camisa a rayas, brindaba con el hermano que le había regalado el décimo y acto seguido regaba con una botella de sidra a la supuesta lotera de Benicarló (que por cierto, por esas fechas también hizo de madre en el anuncio de un conocido detergente y un pequeño papel en la segunda parte de “Colegialas en celo aprenden inglés a pelo”).


Y no me extraña que el Estado nos tome el pelo, porque realmente somos lo que podría llamarse técnicamente tontos de baba. Tratamos de racionalizar aspectos que son del todo irracionales. Así, hay gente que pasa horas en la cola de la administración de Doña Manolita o que hace sus pedidos a la administración de la Bruixa D’or porque piensa que tiene más posibilidades de que les toque ¡Pero atontaó, no ves que si allí dan premios más veces es lisa y llanamente porque venden más cantidad de lotería! Y qué decir de aquellos que buscan por la geografía española aquel lugar en el que durante el año ha ocurrido una gran desgracia (inundación, terremoto, derrumbe…) para comprar allí su papeleta. Sin comentarios.

En fin que aunque me fastidie sobremanera, me he visto en la obligación de comprar dos décimos. Uno, el que juego con mis amigos, por tradición. El otro, el que juego con la gente del trabajo, por envidia ¿Os imagináis que el número que juegan mis compañeros de curro resultara premiado y yo no hubiera comprado? No quiero ni pensar la cara que se me quedaría.

Hala, suerte a todos y a seguir trabajando.

Se acabó el año atlético 2008. El virus de la semana pasada resultó ser del tipo boomerang, volviendo a mediados de esta para dejarme fuera de la Carrera de la Navidad de Cercedilla. Lo mío con los virus se está convirtiendo en otra puñetera cantinela. En fin, que sólo sea eso.