sábado, 15 de junio de 2013

III Carrera de Montaña "Pico Zapatero"

Al paso por el castillo de Manqueospese (Foto: Juan Fra Albarracín)
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La primera noticia que tuve de esta carrera fue una hojita que nos dieron tras disputar el Cross Alpino Cebrereño dos meses antes. Me acuerdo porque en aquel entonces hice una asociación geopoliticogilipollesca. Por un lado Cebreros es la localidad que vio nacer al presidente Adolfo Suarez y por otro, el monte que había que ascender en la carrera publicitada tenía el mismo nombre que el de un presidente reciente que nos salió por un pico. Si, ya sé lo que estáis pensando, pero es que algunas conexiones entre mis neuronas comienzan a fallar. Será la edad, será el licor, serán las luces de esta habitación…

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La salida y la meta de la III Carrera de Montaña Pico Zapatero se ubicaban en Sotalbo, una pequeña localidad abulense situada a 24 kilómetros de la capital de provincia, con una población de 255 habitantes y levantada en pleno Valle Amblés, a las faldas de la Sierra de Paramera y a una altitud de 1.158 metros. Allí nos juntamos en una mañana fresquita 120 participantes para disputar una prueba con una longitud de 21.900 metros, un desnivel acumulado de 2.226 metros, una altitud mínima de 1.160 metros (el punto de salida y llegada) y una altitud máxima en Pico Zapatero de 2.160 metros.

A mí todas esas cifras no me permitían hacerme una idea de la dureza que pudiera tener la carrera. Tampoco me fiaba del perfil publicado en la página web, no porque no fuera correcto, sino porque en esto de la montaña uno ya ha aprendido que los perfiles pueden hacerse más o menos duros a la vista según la escala que se tome en los ejes. Por si a alguien le pasa como a mí y le puede servir como ayuda, yo lo que hago es cogerme la clasificación de la edición anterior y ver los tiempos de los que finalizaron en el segmento similar al que yo suelo hacerlo. Cuando en esta ocasión llevé a cabo el estudio, calculé que mi tiempo debería estar entre las 2h 50min y las 3h. Teniendo en cuenta la longitud del recorrido, todo apuntaba a que aquello iba a ser más exigente de lo se podía pensar viendo el gráfico publicado. No me equivoqué.

Dado que prácticamente estábamos en familia, cosa que agradecí sin duda, el dorsal se recogía sin ninguna espera. Cambio de ropa en el coche y vuelta al control de dorsales previo a la salida. Allí coincidí con Yonhey y con otros corredores más que yo no conocía y que me presentó. Como no me acuerdo del nombre de todos, no los citaré para no olvidarme de ninguno. En agradable conversación pasamos los minutos previos a la salida, tiempo en el que los organizadores nos dieron una pequeña charla explicándonos lo que encontraríamos a lo largo de la carrera y en el que empecé a quedarme frío. Y es que a pesar de estar en junio, el termómetro a esas horas estaba cercano a los 5ºC. Inicialmente había optado por llevar una camiseta ajustada de manga larga y encima una de manga corta, pero viendo que cuando se nublaba la rasca era considerable y previendo que las condiciones meteorológicas fueran empeorando a medida que ascendiéramos, unos segundos antes de comenzar me escapé al coche y me pertreché del chaleco cortavientos por si las moscas.

En la pradera prevía que da comienzo al ascenso de Pico Zapatero (Foto: Yonhey)
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Pasadas las 9:00 AM se dio la salida neutralizada. Seguramente no llegarían a mil metros los recorrimos por las calles de Sotalbo hasta atravesarlo y quedar a los pies de una rampa que apuntaba hacia el monte. Allí se dio la salida definitiva. Comencé muy lento. Llevaba con un catarro agarrado al pecho y complicado con la alergia más de tres semanas y empezar en frío, con una cuesta arriba y forzando era una mezcla cojonuda para ahogarme desde un principio. Tan despacio iba que cuando me di cuenta que nadie me pasaba miré hacia detrás y descubrí el por qué: iba el último. La situación empezó a cambiar cuando unos cientos metros y un par de esputos y toses más tarde, las vías respiratorias comenzaron a abrirse.

Hasta el kilómetro cuatro, lugar donde se ubicaba el primer avituallamiento, la carrera discurría por una pista bastante amplía. Los primeros mil quinientos metros eran un poco duretes y fueron bastantes los que echaron pie a tierra para regular desde el principio. Luego vino una zona de respiro, con toboganes llevaderos y en la que daba tiempo a echar vistazos hacia la derecha para ver el paisaje de montañas chatas que se abría a nuestra derecha. En esta zona llegué a la altura de Eu (@u_Genio) y de otro componente del Grupo Deportivo Almanzor con quienes compartí unos minutos y quienes me dieron referencias de lo que nos encontraríamos más adelante y de la dureza de la ascensión del Pico Zapatero.

Unos cientos de metros antes de llegar al avituallamiento, el terreno volvía a empinarse y tocaba exigirse de nuevo. Parada mínima para beber medio vaso de agua sin derramármelo por encima y a continuar. Desde allí comenzaba un ligero descenso que acababa abandonando la pista y atravesando una pradera encharcada. No fue una cosa que nos pillara de nuevas porque ya nos lo habían avisado en la salida, pero siempre da un poco de pereza mojarse los pies y más cuando quedaba tanta carrera y hacia frío. Recuperada la pista forestal pudimos disfrutar de otro pequeño tramo prácticamente llano antes de que el terreno comenzara a picar hacia arriba pero siempre sin excesiva dureza. Superado el kilómetro siete, la pista que seguíamos desembocó en una nueva pradera, esta vez a los pies del Pico Zapatero que majestuoso se elevaba ante nosotros. La cara de la carrera cambió bruscamente en un santiamén.

La primera variación fue que la zona boscosa y con el cielo nublado por la que el trazado había discurrido desde la salida de Sotalbo, se transformó con la llegada a la pradera en un paisaje abierto, con una superficie mayoritariamente verde, sin un triste árbol que echarse a la vista y con un cielo azul iluminado por un sol que comenzaba a brillar con fuerza. El segundo cambio importante fue el abandonó de la pista forestal y el comienzo del tránsito campo a través que, exceptuando un nuevo y pequeño tramo de pista a media ascensión, se extendería hasta la cima del Pico Zapatero. A decir verdad el echar un vistazo al frente y ver la pendiente por la que allí arriba estaban subiendo los participantes que nos precedían, daba un poquito de “respeto” por no decir canguelo. Pero como argumentaban los concursante del mítico “Un, dos, tres” antes de rechazar la cantidad de dinero ofrecida por Mayra y quedarse con el premio que hubiera escondido en el objeto elegido, “habíamos ido allí a jugar”. Total que tras reponer líquidos en el segundo avituallamiento (ubicado en mitad de la pradera), respiré todo lo profundamente que permitían mis pulmones y empecé a negociar el ascenso.

La "trepadita" para alcanzar la cumbre de Pico Zapatero (Foto: organización)
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Aclararé que todos los participantes “normales” hicimos este tramo andando hasta la cima. No sé si alguno de los primeros sería capaz de correr a trozos, aunque intuyo que poco. En la primera parte de la subida me enganché a un corredor del Grupo Deportivo Almanzor. Como eran ellos quienes organizaban la prueba supuse que conocería bien el terreno y me haría más fácil el tránsito, pues aunque la señalización era buena se trataba de una zona de hierba alta que ocultaba no pocas trampas. La verdad es que me vino muy bien. Cuando la ascensión avanzaba y se inclinaba cada vez más, la hierba prácticamente desapareció y fue dejando paso a la tierra y a las piedras. Solo llegando a lo que parecía la cima la pendiente se hizo un poco más llevadera.

Y digo a lo que parecía porque realmente no lo era. Allí arriba nos encontramos con la sorpresa de que la trepadita de la que nos habían avisado en la charla previa tenía su jugo. Se trataba de encaramarse una tras otra sobre grandes peñas (me recordaban a la zona de la Pedriza), utilizando las manos y teniendo bastante cuidado para no pegarse un trastazo. En alguna que otra tuve que avanzar a cuatro patas, llegando a la traca final de tener que echar cuerpo a tierra y arrastrarnos para pasar por el estrecho hueco que dejaban dos moles pétreas. Divertido pero bastante técnico y exigente. Para que os hagáis una idea, las asistencias estaban atendiendo a una cabra montesa que se había hecho un esguince.

Ahora si habíamos hecho cumbre así es que, a pesar del molesto viento que allí soplaba, me tomé unos segundos para disfrutar de las espectaculares vistas que podían contemplarse. Había recorrido 9,6 kilómetros y empleado un tiempo de 1:35:19.

Perfil de la carrera y ritmos del menda segun el primo Endo
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El descenso de Pico Zapatero tenía su miga y no permitía ninguna relajación. En un principio era bastante técnico, pues aún había que salvar alguna peña de importancia. Luego se entraba en una fase de cerca de tres kilómetros complicada para los de mi nivel porque requería atención y destreza, pero creo que gozosa para aquellos que dominaran las artes de la cuesta abajo y que le echaran valor. Discurría por un estrecho y sinuoso sendero, tenía una pendiente pronunciada, había que ir muy atento a la señalización, el terreno era irregular y descarnado, había grandes piedras “agarradas” y otras más pequeñas sueltas y en muchas ocasiones atravesaba zonas de arbustos en las que te “sumergías” hasta más allá de la cintura y que impedían ver la superficie que pisabas. Por cierto, estas repetidas inmersiones en la vegetación y los roces que conllevaban en las piernas me hicieron reflexionar acerca de aquellos que había visto en la salida con mallas largas, llegando a la conclusión de que a lo mejor no las vestían para evitar el frío sino los arañazos.

Con la llegada al avituallamiento ubicado en el punto kilométrico 12,700, denominado con el sugerente nombre Fuente Cabeza del Gallo, finalizaba la parte de descenso laborioso y se tomaba una ancha pista forestal que se abandonaría unos hectómetros más tarde. La distancia entre este avituallamiento y el siguiente, aproximadamente cuatro mil metros, fue posiblemente el segmento más sencillo de toda la carrera. Con tendencia al descenso, discurría entre praderas, pinares, senderos y algún tramo de pista. A pesar de ello, las piernas comenzaban a estar pesadas y con síntomas de fatiga.

Superado el cuarto puesto de reportaje allá por el kilómetro 16,500, comenzaba con una fuerte cuesta arriba la parte más pestosa de la prueba. Viendo el perfil podría pensarse que era muy favorable, pero ya os digo yo que no. Es evidente que aquello picaba hacia abajo, no se va a equivocar la gráfica, pero en verdad os digo que lo hacia a través de un estrecho sendero en campo abierto con continuos ascensos y descensos (más largos estos últimos). Este perfil que pudiera resultar divertido y gozoso al principio de la carrera, colocado en los últimos kilómetros se hacía interminable y acababa de machacar las piernas. Yo ya tenía que ir con mucho cuidado porque había entrado en el modo “piernastontas” y me llevé un par de tropezones que a punto estuvieron de hacerme besar la tierra abulense en plan Juan Pablo II.

En una zona "cómoda" tras el descenso de Pico Zapatero (Foto: Yonhey)
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En estas estábamos cuando por fin apareció ante nosotros allá en la próxima lejanía el Castillo de Manqueospese, hito que marcaba la cercanía a Sotalbo y por tanto a la meta. Para llegar a él aún quedaba trazar una buena V es decir, un descenso de consideración seguido de una pronunciada subida en la que tocaba volver a echar a andar por última vez.

El de Manqueospese (no confundir con el de Manquepierda que eso es un vivaelbetis y no un castillo), se sitúa en una posición privilegiada en uno de los escalones rocosos de la Sierra de Paramera desde el que dicen que pueden divisarse las murallas de Ávila. En torno a esta bella construcción se cuentan algunas leyendas. La más conocida es la de Don Raimundo y su amada Doña Guiomar, según la cual el padre de ésta prohibió que la pareja continuase con amoríos y ordenó encerrar a su hija en la torre del palacio de los Dávila, ubicado junto a la muralla de Ávila en las cercanías del Rastro. Ante tal medida parece ser que Don Raimundo exclamó “la veré manqueospese”, ordenando levantar el castillo desde el cual afirma la tradición que se seguía comunicando a distancia con su querida Doña Guiomar.

El caso es que aunque eché un par de miradas en plan Don Raimundo, no sé si sería la falta de oxigeno o de riego o simplemente que estoy perdiendo vista, pero yo no logré distinguir la ciudad amurallada en lontananza. Así las cosas, enfilé con más pena que gloria pero con mucho cuidado el último y vertiginoso descenso de alrededor de kilómetro y medio que conducía hasta la meta, donde llegué bastante agotado en 2:49:50 (posición 68 de los 116 llegados).

Allí la organización tenía dispuesta una gran mesa con una amplia gama de alimentos y bebidas: agua, isotónicos, refrescos, frutas, frutos secos, gominolas, bollitos salados, etc.. Este último avituallamiento se sumaba a los otro cinco ubicados a lo largo de la prueba en los que se ofrecía agua, bebida isotónica y frutas (plátano y naranja). Además tras la finalización de la carrera se ofreció una comida de la que no os puedo dar referencias porque no me quedé. Más allá de los avituallamientos y el banquete final, en los resto de los aspectos (señalización del recorrido, voluntarios, información…) los organizadores cumplieron con muy buena nota.

En resumen, una carrera bastante exigente, variada, divertida, de bonitos paisajes, bien organizada, con un número de participantes adecuado y muy, muy recomendable.

Perfil ofrecido por la organización, posiblemente más fiel que el de Endo

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Que sepáis que aunque de algunas carreras no haga la crónica correspondiente, sigo corriendo, así es que a lo mejor nos encontramos por algún rincón de España dándole a las piernas. Espero que con la llegada del verano pueda sacar algo más de tiempo y que la cabeza recobre las ganas y la frescura para darle vidilla al blog.

Sed buenos.

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domingo, 12 de mayo de 2013

Rock'n Roll Madrid Maraton 2013: (S)obras escogidas. Vol 1

El menda y Cia. pasado el 40 (los siento pero no recuerdo de donde he sacado la foto)
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1. Previas recomendaciones para que luego no vengáis tocando los cojo...

¡OJO! Este ladrillo de crónica puede provocar somnolencia e incluso inducir al suicidio y/o al asesinato. No conduzcáis automóviles ni manejéis maquinaria pesada hasta que sepáis cómo os afectará este relato infumable. Recordad que el alcohol puede aumentar la somnolencia provocada por este texto, aunque también es cierto que puede ayudar a sobrellevar su lectura.

Si aún así queréis seguir adelante, allá vosotros. El autor ("usease" yo) declina la responsabilidad de cualquier daño psicológico o físico que podáis sufrir por tragaros de principio a fin la historia que ha parido con esfuerzo y veborrea

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2. Breve introducción para ponerse en situación

Esto ya no es lo que era. Llevo un par de años que afronto el maratón de Madrid, ahora Rock'n Roll Maratón, con total tranquilidad. Ni siquiera siento el más mínimo cosquilleo en la tripa. Supongo que en ello influyen muchos factores. A bote pronto me vienen al cabezorro unos cuantos: la experiencia, la edad, los quehaceres de la vida civil que ocupan mi pensamiento, el participar sin ningún objetivo de tiempo, el competir casi todos los fines de semana sobre largas distancias,... Lo normal supongo. Sin embargo hay un aspecto adicional que en cierto modo me inquieta más que los otros. Y es que tengo la impresión de que, como cantaba lamásgrande, en mi relación con el maratón madrileño "se me rompió el amor de tanto usarlo". Pero no os voy a dar la plasta con sentimental reasons chorras, sobre todo porque tengo otras cosas mucho más importantes con las que aburriros.

Por organizar todo aquello que será objeto de análisis en esta magna obra, en la primera entrega (si, tengo intención de hacer una segunda aunque no muchas ganas) voy a intentar no tocar temas organizativos. Si queréis conocer mi opinión sobre cuestiones tales como la gran cagada del guardorropa, la conjunción sacaperras de tres pruebas sobre distintas distancias en una misma salida o la interminable espera para poder obtener el avituallamiento final, tendréis que seguir atentos a próximas entradas.

Piernas por la Plaza República Argentina (www.lainformacion.es)
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 3. Salida de bote en bote en la que te jugabas el bigote

Iremos entonces directamente a colocarnos en el mogollón de salida unos minutos antes de las 9:00 AM. Allí estábamos Bruce, otros corredores del grupo de La Fundi y yo, rodeados de un sinfín de personas. A simple vista, por las pintas, el tono de la piel, los rasgos faciales y las rotulaciones de las camisetas en idiomas diferentes al español, se podía sospechar sin ser en exceso sagaz que un gran número de ellas provenían de allende nuestras fronteras. Dada la alta concentración de corredores derivada de unir las salidas de los diez kilómetros, medio maratón y maratón y teniendo en cuenta que entre nuestras preocupaciones no estaba la de conseguir un buen tiempo final, nos situamos en un posición bastante retrasada, alrededor de unos cincuenta metros detrás del cartel que delimitaba el último corral. Si, he dicho bien. Corral. Así rezaban los letreros que intentaban ordenar a los participantes en la salida. ¿Traducción poco acertada? ¿Traición del subconsciente de la organización en cuanto a la forma de ver a los participantes? El caso es que cuando nos ubicamos allí éramos prácticamente los últimos del pelotón y, al cabo de unos minutos, había llegado bastante más gente, la mayoría de ella afectada por las largas colas que habían tenido que soportar para depositar sus bolsas en los camiones guardarropa.

Estábamos tan alejados de la línea de salida que ni nos enteramos del minuto de silencio ni oímos el disparo que daba inicio a la prueba. Perdón, quería decir a las tres pruebas. Alguien bromeo afirmando que no había existido tal disparo porque, al igual que cuando se bota un barco se estampa una botella contra su casco, en esta edición del maratón madrileño la salida se había dado lanzando a la Botella (Doña Ana) contra la fachada principal de la Biblioteca Nacional. Nadie lo creyó pues es bien sabido que no esta la cosa para ir destrozando el patrimonio de nuestro país. Y no digo nada más. Que cada cual entienda lo que quiera.

Dejando los anécdotas a un lado, fijaos si estaríamos a hacer puñetas de la línea de salida, que la cruzamos 10:50 minutos después de lo que lo hicieran los primeros. ¡Que manda huevos que, encima de que corren mucho más rápido que nosotros, encima les tengamos que dejar todo ese tiempo de ventaja! En fin.

Ya con el maratón en marcha, empezamos a encontrarnos con las primeras dificultades. Los aproximadamente cinco kilómetros iniciales son para mí de lo peorcito de la carrera y más desde que convivimos con los diezmileros y, a partir de esta edición, también con los mediomaratonianos. (coña on) Dicho siempre con todos mis respetos a los que optan por esas distancias de mierda (coña off). El Paseo de la Castellana petado de gente, grupos de cuatro o cinco corredores en paralelo ocupando gran parte de la calzada, el que se cruza delante de ti porque va a mear, el que prácticamente se para en seco también delante de ti porque no encuentra al que se ha ido a miccionar, el fitnessero cachitas que corre con los codos levantados casi en ángulo de 90% con respecto al tronco, el que de buenas a primeras baja el ritmo para salir en la foto que le van a tirar unos metros más adelante, el que distingue a un vecino o a un compañero de trabajo entre el público y le da una voz para que se entere de que él (¡si él!) está corriendo el maratón, el que lleva un cinturón repleto de geles, barritas energéticas y botellitas con bebidas isotónicas (tipo cinturón con balas de los vaqueros pero actualizado), se le cae alguna de las múltiples provisiones y se detiene para cogerla, etc…Y a todo esto hay añadir las trampas en forma de plásticos que abandonan los de delante después de utilizarlos para mantener el calor de sus cuerpos y los agujeros que presenta el asfalto de la capital, obstáculos de difícil esquivación cuando no los ves venir por la aglomeración de gente. Sinceramente así es un coñazo correr. A pesar de ello es justo reconocer que en esta edición, muy probablemente debido a nuestra muy retrasada posición en la salida, este primer tramo no presentó la concurrencia de años anteriores.

Atendiendo a las circunstancias expuestas y al igual que sucedió el año pasado, sentí un cierto alivio cuando a la altura del Santiago Bernabeu y entre aplausos de unos y gritos de ánimo de otros, las tres pruebas en curso se dividieron tirando los maratonianos y mediomaratonianos hacia la izquierda y los del diez mil a la derecha. Pero ojo, fue un alivio transitorio, porque tras recorrer C/ Padre Damian y C/ Alberto Alcocer, nos devolvieron al lateral del Paseo de la Castellana, espacio claramente insuficiente para tantos participantes como éramos. En estas estábamos, cuando alcanzamos el kilómetro cinco, donde marcamos un primer parcial de 0:29:46. Muuuu lentorro.

Los primeros hectómetros por el Paseo de la Castellana (www.20minutos.es)
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4. En plena época de primavera tuvimos un día de "efecto nevera"

Del punto kilométrico cinco al diez, el cuerpo empezó entrar en calor y a encontrar eses sensaciones que normalmente te van a acompañar hasta que tengas que empezar a tirar de testiculina. Y es que no había hecho referencia al tema hasta ahora, pero lo de coger una buena temperatura corporal en esta edición fue una ardua labor.

La primera impresión que tuve la mañana del maratón al pisar la calle camino de Cibeles fue que las condiciones meteorológicas eran idóneas. Idóneas para regresar a casa y volverse a meter en la cama arropadito hasta las orejas, quiero decir. Cielo nublado amenazando lluvia, 2ºC de temperatura y un viento frío y desagradable que provocaba una sensación térmica inferior. ¡Cojonudo! Mira que presté atención a la rueda de prensa que el trío calavera ofreció el viernes anterior justo tras el Consejo de Ministros, pero creo que en ningún momento hablaron de recortar la primavera. O alomojó es que De Guindos me la metió doblada con una de sus piruetas lingüísticas y yo ni me enteré. "Esta primavera las temperaturas sufrirán un fuerte ascenso negativo" seguro que dijo. Si, muy probablemente fuera eso, porque si hubiera sido Cospedal la que hubiera anunciado que tendríamos una primavera en diferido, yo lo hubiera entendido a la primera. El caso es que estuve totalmente destemplado hasta que no superamos la altura de Plaza de Castilla.

Curiosamente en este segundo parcial corrimos más incómodos que en el primero en cuanto a espacio se refiere. Supongo que las causas hay que buscarlas en que viniendo desde detrás alcanzamos al grueso de la carrera y, en mayor medida, al estrechamiento de las calles. El Paseo de la Habana se convirtió en un auténtico embudo en el que encontrar un lugar para adelantar era sumamente complicado. Algo más desahogado fue el tránsito por C/ Príncipe de Vergara, pero tampoco para tirar cohetes. Con este panorama había que tener cuidado con no sufrir ningún percance en los avituallamientos (tropezones, empujones, caídas, meteduras de mano, arrimones de cebolleta,...), así es que decidí que mientras muchos tomaban la botellita de agua de mano de los voluntarios situados en los primeros lugares, yo la cogería siempre de los ubicados en los últimos lugares. Es lo que tiene ser de la generación de Barrio Sésamo.

El perfil de este segmento de carrera era más favorable que el del primer parcial y tuve la sensación de que lo habíamos hecho más rápido. Al ver las clasificaciones la sensación se confirmó pues al paso por el punto kilométrico número diez marcamos un tiempo total de 0:57:15, lo que suponía que el segundo parcial lo habíamos completado en 0:27:29. En esos segundos cinco kilómetros habíamos recuperado 459 puestos respecto al que ocupábamos cinco mil metros antes. Esto de adelantar posiciones se convertiría a la postre en algo habitual, pues no hubo paso intermedio controlado en el que no mejoráramos nuestra posición en comparación con el inmediatamente anterior.

Haciendo el gesto de la "b" en homenaje a Boston (www.20minutos.es)
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5. Con tanto participante es un hecho: Guzmán, además de Bueno, ahora es estrecho

En la C/ Velázquez, cerca del punto kilométrico once, sentí un poco de gusa y decidí tomarme una pastilla de glucosa. Sería la primera y la última que comería en toda la mañana. Con la llegada a la Plaza República Argentina pudo volver a disfrutarse de una de las imágenes más llamativas de la carrera: toda la larga recta de C/ Raimundo Fernández Villaverde, hasta donde alcanzaba la vista, recorrida por una serpiente multicolor de maratonianos (y mediomaratonianos). Espectacular. Además este lugar también marcó un punto de inflexión en lo que a ambiente se refiere. Si desde la salida hasta allí apenas hubo gente animando, desde el paso elevado sobre el Paseo de la Castellana hasta un poco más allá de la Glorieta de Cuatro Caminos, el ambiente fue magnífico. La gente aplaudiendo a ambos lados de la calle y las notas del grupo rock como fondo musical me condujeron al primer subidón de la mañana. Fue entonces cuando recordé porque año tras año, edición tras edición, sigo repitiendo siempre que puedo este maratón aún en contra de mi débil voluntad.

Tras el respiro tanto emocional como físico (es cuesta abajo) que supuso el tránsito por las vías de C/ Bravo Murillo y Avenida Islas Filipinas, volvimos a entrar en “zona animada” al llegar a C/ Guzmán el Bueno. Esta arteria resultó ser demasiado angosta para acoger al número de participantes de la edición de este año y se convirtió en un tramo muy pestoso en el que de nuevo tenías que estar pendiente de no engancharte o tocarte con otros corredores y, si ibas por el lado derecho, de no comerte el separador plástico que delimita el carril bus. Para más inri, al paso por el kilómetro quince el cauce quedaba aún más estrecho pues la alfombrilla lectora no ocupaba todo el ancho de la calzada sino solo una parte de ella. Esta circunstancia no fue un caso aislado de este parcial, sino que se repitió en todos ellos con la incomodidad que supuso para los atletas populares. ¿Cuesta mucho alargar la puñetera alfombrilla un par de metros o tres?

En el punto kilométrico quince nuestro crono fue de 1:23:48, con un parcial en los últimos cinco mil de 0:26:33, el más rápido con diferencia de los tres completados hasta el momento. Todo marchaba muy bien.

Mi atlético cuerpo pasando por delante del Palacio Real (www.fotorunners.blogspot.com)
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6. Adios a los mediomaratonianos. Que el año que viene no coincidamos

La curva que formaba el final de C/ Guzmán el Bueno y la incorporación a C/ Alberto Aguilera estaba rebosante de público. Solo unos metros más allá se llegaba al tercer avituallamiento donde tengo el recuerdo de que me llegó a la nariz el aroma dulzón de la marca de las bebidas deportivas de colores imposibles. Me acordé entonces de que me había prometido no probarlas en toda la carrera pues me dejan la boca empalagosa y suelen jorobarme el estomago. Solo recurriría a ellas en caso de emergencia y siempre rebajándolas con agua. A la postre (natillas caseras, flan de huevo o fruta de temporada) no hizo falta.

La subidita de la C/ Alberto Aguilera hasta la Glorieta de Bilbao presentaba también más gente en las aceras que en años pretéritos. Este pequeño tramo me sirvió para confirmar que las fuerzas de Bruce parecían esta vez similares a las mías (o eso o se iba reservando). Tenía presente que justo un año atrás, en estos cientos de metros me sacó un par de veces de rueda en lo que me distraje para dar unos sorbos de agua de la botellita.

Y por fin alcanzamos la Glorieta de Bilbao, punto en el que los mediomaratonianos continuaban rectos y nosotros girábamos a la derecha para tomar C/ Fuencarral. Si el desvío de los diezmileros a la altura del Bernabeu supuso un respiro, la separación de los mediomaratonianos fue una gozada. De una puñetera vez teníamos espacio para correr sin agobios y los que quedábamos representábamos lo que tradicionalmente ha sido la esencia de esta prueba. A lo mejor mi afirmación suena un poco soberbia, pero es lo que pienso. No tengo nada en contra de los que participaron en las otras dos distancias pero esto es el maratón de Madrid, no el medio maratón ni el diez mil. Señores organizadores sé que pedirles que no vuelvan a juntar ustedes churras con merinas y que respeten el origen y tradición de esta prueba va a ser como predicar en el desierto, pero me lo pide el cuerpo. Si persisten en su actitud (en este y en otros aspectos), aunque también sé que les importará un bledo, posiblemente muchos asiduos de esta competición dejemos de serlo. Como curiosidad a este respecto y por cerrar el tema, mientras en la separación de los diezmileros hubo aplausos y gritos de ánimo, en esta nueva segregación de recorridos las indeferencia fue total y no hubo ningún gesto. ¿Casualidad? ¿Cansancio? ¿Hartazgo?

La ligera bajada por la C/ Fuencarral buscando la Gran Vía me devolvió una vez más al disfrute maratoniano. En el abarrotado giro que desembocaba en la segunda comenzó mi parte preferida de la carrera, esos aproximadamente dos mil metros que nos habían de llevar hasta el Palacio Real. No sé por qué pero el corto espacio que se corre por la Gran Vía, ese que va desde la altura de la C/ Montera hasta la Plaza del Callao, es posiblemente en el que yo más siento que ese día la ciudad es para nosotros. En el tránsito por la calle que durante años acogió los cines en los que tan buenos ratos pasé en mi infancia y adolescencia y que han sido sustituidos en el mejor de los casos por teatros y en el peor por grandes locales comerciales, quizás mi mente haga una asociación involuntaria con aquella secuencia de la película "Abre los ojos" en la que Noriega camina por el asfalto de una Gran Vía madrileña totalmente desierta.

Durante la bajada por la comercial C/ Preciados me preparé para el esperado y espectacular paso por la Puerta del Sol. Mira que ya lo he vivido veces, pero cada año un escalofrío me vuelve a recorrer el cuerpo y la carne se me pone de gallina. Esta vez tampoco falló. Los aplausos, los gritos de ánimo, la música y el ambientazo eran espectaculares. Además, como había tanta gente la sensación se prolongó hasta bien entrada la C/ Mayor. Merece la pena llegar hasta allí solo por disfrutar de esos momentos. Ves, este es uno de los placeres que no pudieron disfrutar los que optaron por el medio maratón.

El perfil de la prueba con distancias y tiempos (arriba) y la velocidad (abajo)
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7. Hasta Ferraz desde Colón, justo, justo, medio maratón

Por el final de la C/ Bailén y el principio de C/ Ferraz, un viento desagradable y frío empezó a soplar. Agradecí entonces (y durante el resto de la carrera) el haber elegido la vestimenta correcta. Y os juro que no fue fácil. En base a las previsiones meteorológicas el sábado por la noche monté una improvisada Arganz Fashion Night en casa y desfilé con un sinfín de modelitos atléticos con el objetivo de determinar cual sería el que mejor se adaptara a mis necesidades y al entorno. Tras dejar la habitación con un aspecto parecido al del camerino de una corista al término de la función, la elección estaba hecha. Sería una equipación modelo doble capa compuesta por camiseta de manga larga ajustada debajo, camiseta de manga corta encima, mallas cortas debajo y pantalón corto encima. En los pies me calzaría las Nike con membrana de goretex, acto que teniendo en cuenta mi experiencia con la Ley de Murphy sería más que suficiente para que la lluvia no hiciera acto de presencia en toda la mañana. Posiblemente a muchos os parezca demasiada vestimenta para correr un maratón, pero es que yo soy bastante friolero y prefiero pasarme a quedarme corto.

En estas nos encontrábamos cuando alcanzamos el kilómetro veinte, marcando un parcial en los últimos cinco de 0:26:13. Un poco más allá, al final de la C/ Ferraz se encontraba ubicada la pancarta que señalaba el paso por el medio maratón, donde marcamos un tiempo de 1:55:47, tres minutos y seis segundos más lento que hacía un año. Siguiendo la costumbre de ediciones anteriores, era el momento de hacer una pequeña revisión mental. Habíamos cubierto la mitad del trayecto y me encontraba muy bien tanto de respiración como de cabeza. Notaba las piernas un pelín fatigadas pero ningún dolor o molestia que me causara la más ligera preocupación. Con el día que hacía, esta vez no había que preocuparse porque la temperatura subiera un poco en la segunda parte de la carrera (de hecho yo hubiera agradecido que lo hiciera). Por último, el tiempo empleado nos daba un buen colchón para completar el maratón por debajo de las cuatro horas, objetivo secundario que nos habíamos fijado por eso de tener algo en que pensar.

Los segundos 21.097 metros del Rock'n Roll Madrid Maratón son a mi modo de ver bastante menos atractivos que los primeros. La carrera se aleja del centro histórico de la ciudad y pierde encanto y animación durante largos tramos. Hasta llegar a la zona del Pasillo Verde (cercanías del Paseo de las Acacias) son unos dieciséis kilómetros en los que, a excepción de algunos lugares puntuales con mucho ambiente, uno tiene tiempo de sobra para hacer una labor de introspección, para cultivar su vida interior y cuestionarse por qué carajo está otra vez dándose la paliza una mañana dominical. Y esto no tiene porque ser necesariamente malo. Así la bajada por el Paseo de Camoens, en un entorno arbolado y ajardinado, con ausencia de público y en un silencio casi de misa, es para mí un tramo muy propicio para tener reflexiones positivas. Todo lo contrario ocurre con la puñetera recta de la Avenida de Valladolid y su continuación en el Paseo de la Florida, unos dos mil metros interminables y sin ningún atractivo (¡jodo, podían haber puesto ahí una banda de música para romper la monotonía!) que tengo atravesados desde la primera edición en la que participé. Curioso que dos espacios tan próximos me generen sensaciones tan distintas. Manías mías seguramente.

Por la Gran Vía (Foto by Raimundo Runner)
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8. Haceos cargo: a partir del veinticinco cada kilómetro es más largo

El kilómetro veinticinco se ubicaba junto a la Glorieta de San Vicente. El mogollón de gente agolpada allí era increíble, tanto que estrechaban la calle y dejaban un pasillo por el que casi no se podía pasar. Había que tener cierta precaución para no tropezar con algún otro corredor o no llevarte por delante a alguno de los esforzados aplaudidores. El parcial de estos cinco mil fue de 0:26:04, nueve segundos más rápido que la referencia de los cinco kilómetros anteriores. La cosa seguía progresando adecuadamente pues de los cuatro puntos de control, siempre el último había sido más rápido que el inmediatamente anterior.

En el puente sobre el río Manzanares, conocido como el Puente del Rey, me esperaban el anciano señor de pelo blanco y su hija, que me dieron una barrita de cereales y una botellita de esa bebida cuyo nombre coincide con el título de aquella canción que versionó en un inglés muy peculiar el gran Raphael. La primera la devoré en el acto, mientras que la segunda me duró los aproximadamente seis mil metros que se desarrollaron en el interior de la Casa de Campo. El transito por el mayor pulmón verde de nuestra ciudad es uno de los tramos que tradicionalmente nunca se me han dado bien, pero la verdad es que en los últimos años he conseguido negociarlo con solvencia. Salvo en la parte cercana al lago y la última subida que devuelve a los participantes al centro urbano, es un tiempo de silencio y soledad acompañada en el que las conversaciones entre corredores y los gritos de ánimo de los espectadores dejan paso al sonido de las pisadas y de las respiraciones fatigosas. El paso por el punto kilométrico número treinta lo hicimos en 2:43:41 lo que significa que el último parcial era de 0:27:33, sensiblemente más lento que el anterior. El cansancio se empezaba a notar.

Desde la animada Avenida Portugal hasta la Glorieta de Atocha fueron cerca de ocho mil metros anodinos en los que ya hubo que comenzar a tirar de las reservas de testiculina. Después del nuevo subidón-subidón que dio atravesar el largo pasillo de gente animando y aplaudiendo en el cruce del Puente de Segovia, llegaron el Paseo de Ermita del Santo, la Avenida del Manzanares y el Paseo Virgen del Puerto. Se trata de un tramo prácticamente llano que discurre paralelo al río, primero en una orilla y luego en la contraria y en el que conviene reservar fuerzas (si todavía quedan) para afrontar los últimos seis kilómetros y pico. La entrada en la C/ Segovia es un punto de inflexión que marca el comienzo de una subida más o menos continua hasta la línea de meta. En la zona del Pasillo Verde (Paseo del Doctor Vallejo Nájera) y en el Paseo de las Acacias volvió a acumularse la gente para animar, pero uno ya no tenía a esas alturas el cuerpo para fiestas. Lo dicho, en el recuerdo que tengo de este tramo no hay nada reseñable. Simplemente se trataba de ir avanzando, de ir descontando metros poco a poco y de la mejor forma posible.

En dos semanas he "ganado" 173 puestos. Si siguen así, para septiembre rozo el podium
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9. Tantas ligas acumula el F.C. Barcelona como maratones mi persona

A la altura de la Ronda de Valencia, Bruce y yo ya no hablábamos más allá de un “¿Cómo vas?”. En el último kilómetro, uno y otro nos habíamos quedado por detrás (del otro y del uno) y habíamos vuelto a juntarnos. Ya nos conocemos desde hace mucho tiempo y hemos corrido un montón de carreras juntos, así es que no hacía falta que nos “despidiéramos” si alguno se veía con fuerzas para irse solo hacia delante. De esta forma, justo a la altura del Museo Reina Sofía él se me fue unos cuantos metros que ya vi irrecuperables. Pensé que se iba a repetir la historia del año pasado cuando me sacó de rueda en el mismo sitio, yo hice crack en Atocha y sufrí como un verdadero capullo desde allí a meta. Pero no, esta vez no fue así. A mí no me llegó el temido hundimiento y me mantuve a unos diez o quince metros, distancia que recorté en la pequeña subidita de entrada a C/ Alfonso XII donde me dio la sensación que él se clavó un poco.

Y es que esa pequeña rampa que en cualquier entrenamiento pasa casi desapercibida, puesta en las cercanías del kilómetro cuarenta del maratón se convierte en un verdadero puerto de montaña. Yo la tomé con cierta alegría, de modo tuve que ir esquivando a participantes que en modo zombie andaban o hacían como si corrieran muy, muy despacio. Justo coronando la “cima” alcancé a Bruce. Quizás la alegría con la que negocié la corta pero jodida ascensión fue excesiva, porque a partir de allí ya no levanté cabeza.

Nunca, salvo quizás el año pasado, la recta de C/ Alfonso XII me pareció tan larga. ¡No es que fuera larga, es que resultaba interminable! Aún así y mirándolo por lado positivo, íbamos mejor que los participantes que nos rodeaban pues seguíamos adelantando posiciones. Poco después de pasar por el kilómetro cuarenta, donde marcamos un tiempo de 3:38:34 (parcial de 0:27:57), al fondo ya podía divisarse la Puerta de Alcalá. Las fuerzas iban muy justas, justísimas, tanto que al pasar junto al monumento construido en época de Carlos III creo que ninguno de los dos echamos a andar por vergüenza torera. Superamos como pudimos la subida por una C/ Alcalá llena de gente y giramos a la derecha para enfilar la recta del Paseo del Duque de Fernán Núñez que nos conduciría a la meta.

Normalmente cuando se alcanza este punto, entre los ánimos del público y la proximidad de la línea de llegada, uno se deja llevar por la emoción, saca fuerzas de donde no las hay y acelera para cubrir los últimos. Pues como estaría el tema para que ninguno de los dos fueramos esta vez capaces de hacer eso. Nos miramos el uno el otro un par de veces como diciendo “¿no vas a tirar para delante?”, pero nuestra caras tenían un gesto que era fácilmente interpretable. Yo creo que en estos últimos quinientos metros de la carrera fue el único tramo del maratón donde debimos de perder posiciones. Al final yo acabé un par de zancadas por delante (por pura inercia y no porque me lo propusiera) en un tiempo neto de 3:50:51.

Curiosamente después de concluir la carrera vino lo peor. Primero estaba medio mareado, bastante tocado. Luego camino del avituallamiento, el viento empezó a soplar y sentí un frío del copón, tanto que empecé con una tiritona que me castañeaban hasta los dientes. Viendo la larga fila que había en el avituallamiento final, me fui directamente a buscar la ropa. Como iría de agilipollado que después de estar toda la carrera juntos perdí a Bruce camino del ropero. Según me acercaba al camión correspondiente (el once) y veía bolsas de ropa en el suelo junto a los vehículos me iba temiendo lo peor. Sin embargo he de decir que tuve suerte y mi bolsa apareció a la primera sin necesidad de esperar. Allí junto al camión coincidí con JK y Barroso: espero la próxima vez veros en mejores condiciones (mías quiero decir).

El frío me duró hasta después de llegar a casa, ducharme y comer algo. Pasado eso, la recuperación por la tarde fue casi perfecta. En mi corricolum ya estaba el maratón número veintidós y el tercero de este año.

Mis tiempos de paso y finales en los tres últimos maratones de Madrid
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10. Y colorín colorado, este cuento maratoniano se ha acabado
 
A la vista de mi estado de forma, estoy bastante satisfecho de cómo completé el maratón. Es cierto que el tiempo empleado fue seis minutos superior al del año pasado, pero es que posiblemente no esté para mucho más. Mi satisfacción viene sobre todo porque llevamos un ritmo muy constante en toda la carrera, sin lanzarnos ni hundirnos en ninguno tramo. Además el parcial en cada uno de los medios maratones fue prácticamente clavado, con una pequeña diferencia a favor del segundo (1:55:47 por 1:55:04). Lo dicho, contento por la forma de correrlo. Y es que la experiencia es un grado.

¡DESPERTAOS, que me estáis poniendo esto lleno de ZZZZZZZZZ!

Venga, a seguir bien.

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martes, 7 de mayo de 2013

Si, soy coquinómano. Lo reconozco.

Una de mis Cumulus tomando el sol en la playa de la Carihuela (Málaga)
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Si señor, lo reconozco, soy coquinómano y pescaitofritómano. ¿Y qué?

Aprovechando el puente de la semana pasada en Madrid, nos hemos escapado unos días a la Costa del Sol. Me ha servido para separarme un poco de la realidad, para aislarme temporalmente de las malas noticias que nos rodean, para disfrutrar de la familia e incluso para estar tirado en la playa, actividad que dicho sea de paso detesto. Pero lo mejor ha sido sucumbir a la tentación y reincidir en mi adicción a las coquinas y al pescaito frito ¡Me he puesto gocho! A la vuelta no me he pesado para no afligirme, pero tengo una pesadez de tripa de no te menees. Total que ayer ya empecé con el tratamiento a base de ensaladas.

A pesar de la foto, correr es la única actividad cotidiana que he mantenido estos días. Ya estoy echando de menos esos trotes por el paseo marítimo de la Carihuela. ¡Ainssss que pronto pasa lo bueno! Pero que me quiten lo bailao...

La crónica del Rock’n Roll Maraton Madrid tendrá que esperar al menos unos días más.

A seguir bien.


Mi circuito de entrenamiento en el gozoso exilio temporal
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domingo, 28 de abril de 2013

Encifrado maratonianomadrileño 2013

Resultados provisonales del menda en el Rock'n Roll Madrid Maratón 2013
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sábado, 27 de abril de 2013

XXX Medio Maratón Popular de Medina del Campo

Al paso por la Plaza Mayor (www.conxip.com)
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Cuando uno va a correr un medio maratón a una población más o menos pequeña, normalmente sabe que se va a encontrar con una de las dos siguientes modalidades: la de "carretera y manta" o la de dos vueltas a un circuito. La primera suele consistir en salir de la localidad que da nombre a la prueba, seguir una o varias carreteras secundarias que te llevan hasta otro núcleo urbano situado a unos diez kilómetros del primero, tocar en la fachada de la iglesia o cruzar la plaza mayor y tomar el camino que te ha de devolver a la población de origen donde se sitúa la meta. La segunda modalidad, la de los dos giros, es más frecuente y supongo que trata de conseguir una prueba más urbana y un mayor apoyo del público.

A decir verdad, a priori no tengo preferencia por una de las dos alternativas sino que depende de cada carrera. Hay medios maratones de carretera y manta que discurren por paisajes atractivos y que resultan ser deliciosas, y hay medios maratones a dos vueltas que consiguen recorridos bastantes céntricos, de riqueza artística e histórica y con gran animación.

Hecha esta introducción, el XXX Medio Maratón Popular de Medina del Campo se encuadró en la categoría de prueba a dos vueltas y, dentro de ella, en la subcategoría de tirando a coñacillo. Lo digo porque el circuito que se estrenaba este año, quitando el tránsito por la Plaza Mayor de la Hispanidad, la C/ Padilla y el puente sobre el cauce del río Zapardiel, era muy poco atractivo y apenas atravesaba el centro de la ciudad. En su mayor parte recorría las afueras de Medina del Campo y un buen tramo de zonas de naves industriales y almacenes. Su perfil resultó ser bastante llevadero, pues aunque existieron no pocas cuestas ninguno presentó un importante desnivel.

La prueba acogió el campeonato autonómico de medio maratón y contó con una participación de algo más de quinientos corredores, la mayoría de ellos llegados de poblaciones cercanas de Valladolid, Ávila y Salamanca. Las condiciones meteorológicas fueron buenas porque aunque la mañana fue soleada, la temperatura no pasó de los diez grados. Además fue de agradecer que no hubiera viento ya que con lo abierto del trazado podía haber resultado muy incómodo. La organización fue correcta y la animación considerable y de agradecer en la zona céntrica e inexistente en el resto del circuíto. Mencionar por último que antes del inicio se guardó un minuto de silencio por las victimas del atentado en el maratón de Boston.


Por mi parte era el último fin de semana y por tanto la última carrera antes de afrontar el maratón de Madrid. La idea era refrendar las buenas sensaciones que había ido recuperando en los medios maratones previos para llegar animadete a la cita maratoniana. Con bajar sin apuros de los cien minutos me parecía que el objetivo estaría cumplido. Al final acabé en 1:37:45 y ocupé la plaza 297 de los 551 llegados a meta, en línea con lo esperado.

Y el XXX Medio Maratón Popular de Medina del Campo no dio más de sí. Ahora toca batirse el cobre en el Rock’n Roll Madrid Maratón, el tercer reto del 2013 sobre la distancia de Filípides. Veremos como resulta.

See you!

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viernes, 19 de abril de 2013

XXXV Medio Maratón Popular de Coslada

Entrando en meta (Foto: Organización)
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El pasado domingo se celebraban tres medios maratones en un radio de unos cuarenta kilómetros tomando como punto de referencia la Puerta del Sol madrileña. Valdemoro, Coslada y Azuqueca de Henares eran pruebas que ya había corrido en al menos una ocasión. Sabía que ninguna de ellas iba a ser muy atractiva, pero cualquiera serviría para hacer la tirada larga semanal. Finalmente me decanté por tomar parte en el XXXV Medio Maratón Popular de Coslada.

Como decía antes, ya tenía este cromo en el album. Fue en 2009 cuando participé por primera y, hasta hace unos días, última vez. En aquel año la carrera salía y terminaba junto al polideportivo La Vía. Se estrenaba un recorrido que consistía en dar una vuelta grande de unos dieciséis kilómetros y otra más corta de unos cinco, evitando el paso por zonas industriales. La dureza del perfil resultó ser muy considerable. La organización fue buena, la animación escasa, los participantes alrededor de seiscientos y el tiempo muy fresco y ventoso. Pues bien, a pesar de que en 2013 la forma ha cambiado, la esencia permanece.

La primera y principal variación respecto a la edición que yo había corrido fue el cambio en el trazado. Se volvía a estrenar nuevo recorrido, esta vez de dos vueltas prácticamente idénticas y homologado por la RFEA. ¿Qué suponía esto? ¿Fue un cambio a mejor? A decir verdad tuvo sus cosas buenas y sus cosas malas. Lo mejor es que el medio maratón finalizó en la pista de atletismo del polideportivo municipal de Valleaguado, lo cual siempre es de agradecer: gente en la gradas, césped para estirar después de la carrera, vestuarios, masajes… También se puede considerar bueno que el perfil se suavizara, aunque esto ya es más discutible y a mí personalmente me da igual. El lado negativo del cambio es que una buena parte de los 21.097 metros discurrió por la zona industrial cosladeña, lo que os podéis imaginar que no fue muy atractivo ni motivante.

La segunda diferencia con respecto a 2009 no fue achacable a la organización sino a la madre naturaleza. Y es que el día salió templadito tirando a caluroso. ¡Por fin había llegado la primavera! Yo agradecí que la temperatura superara los 20º C a mitad del día, pero más de uno sufrió los rigores de lo que para muchos es un excesivo calor y lo pagó en carrera. Ya se sabe que en esto del calor o el frío, como bien dice el saber popular, “para gustos, los colores” ¿O era “para bustos, los calores”? Bueno da igual. Creo que me habéis entendido. Y por lo demás, muy parecido. Animación escasa tirando a nula salvo en la zona de meta, participación de alrededor de quinientos corredores y organización muy correcta. Respecto a este último punto y por concretar un poco, el precio me pareció bueno, la entrega de dorsales y chips rápida, la atención en carrera correcta (avituallamientos y cortes de tráfico) y el avituallamiento en meta "cojunuo" (¡esa rebanadita de pan con aceite!). No usé el resto de los servicios disponibles pero se daba la posibilidad de utilizar las instalaciones del polideportivo y disfrutar de un masaje recuperador al término de la prueba.

En resumen, que a pesar de los cambios el medio maratón de Coslada mantiene su esencia. Exigente, poco atractiva y bien organizada, es una carrera para ultimar la puesta a punto de aquellos que van a afrontar el maratón de Madrid.

¿Y yo? Bien gracias. Con las piernas un poco tocadas desde la palicilla del domingo anterior en Cebreros, decidí que para ponerle algo de salsa a la mañana iba a exigirme un poco a ver como respondía. La cosa fue bien de respiración pero jorobado de piernas, completando el medio maratón en 1:36:58, un tiempo bastante bueno para que lo que vengo consiguiendo en estos últimos meses.

Y ya está. No hay más que contar. Ahora, si todo va bien, a echar la mañana en Medina del Campo el próximo domingo y a afrontar el tercer maratón del 2013 una semana más tarde.

Venga, a seguir bien.


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sábado, 13 de abril de 2013

XI Cross Alpino Cebrereño

Descenso complicadillo allá por el kilómetro 14 (Photo by Arganz)
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Mi intención este año es disputar una cantidad de pruebas de montaña y trail superior a temporadas anteriores. Respecto a la segunda modalidad, estos meses atrás he conseguido no alejarme completamente de ella con mi participación en los celebrados en Alalpardo y Cobeña. Sin embargo la montaña no la había vuelto a visitar desde el maratón que tuvo lugar en San Lorenzo de El Escorial a finales de octubre del año pasado. Era ya hora de volver y el XI Cross Alpino Cebrereño se presentaba como una ocasión pintiparada.

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1. El before del cross

Por hablar un poco de todo diré que estoy hasta las pelotas del frío. Yo funciono mejor con calorcito, pero está visto que el invierno este año se ha hecho fuerte y no hay forma de que se pire de una puñetera vez. Camino de Cebreros iba mirando de vez en cuando el termómetro del coche y veía con resignación creciente que aquello no pasaba de 2ºC ni por equivocación. Con esa temperatura y corriendo por el monte, me daba la sensación de que iba a pasar, cuanto menos, “fresquito”. Menos mal que al llegar a localidad que vio nacer a Adolfo Suárez y bajar del coche, comprobé que la cosa no estaba tan mal. No había ni gota de viento y según avanzaba la mañana la cosa iba templando. Ni tan mal.

Según rezaba el reglamento, el dorsal se recogía en la biblioteca municipal. La verdad es que no me fijé pero ahora que lo pienso no recuerdo haber visto allí ningún libro. Quizás los bollos ofrecidos muy gentilmente por la organización para hacer más llevadera la espera en la fila desviaron mi atención y fueron la causa de que no me percatara de la presencia de textos. De lo que si me dí cuenta fue de que había mucho “makinorri”. Se adivinaba que la prueba iba a tener participantes con buen nivel. Estas cosas tensan un poco porque, como me ocurre siempre que me enfrento a una carrera que no conozco, me surgió la eterna duda: ¿no me habré metido en algún embolao? Hombre, por la distancia a recorrer y los tiempos del año pasado yo entendía que no, pero siempre queda la pequeña incertidumbre.

A las 10:30 AM, hora prevista para la salida, todos los participantes estábamos ya esperando en la plaza principal cebrereña. Previa lectura del código de barras que llevábamos impreso en nuestro dorsal, se dio una primera salida neutralizada que nos habría de conducir hasta la salida definitiva, ubicada a las afueras de la localidad a unos cuatrocientos metros de distancia. La verdad es que no entendí muy bien la razón de ser de esta acción pero supongo que tendría su explicación.

Con Yonhey en la previa a la salida (www.yonhey.blogspot.com)
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 2. Los feet en el river
  
El cross de Cebreros es muy variado y quizás por ello es difícil de describir. La zona por la que discurre no presenta grandes desniveles, sin embargo los organizadores se las han arreglado para lograr un trazado duro, de constantes subidas y bajadas, en el que destacan tres buenas cuestas (sobre todo dos de ellas) que te hacen echar pie a tierra. Los tiempos de los ganadores en relación con la distancia recorrida pueden hacer pensar en una carrera rápida, pero los estrechos senderos, las piedras sueltas que pueblan sobre todo los descensos y que amenazan la salud de los tobillos, las grandes rocas de superficie lisa y resbaladiza que salpican algunos tramos o los múltiples cruces sobre corrientes de agua ponen a la “clase media” en su sitio y, seguramente, en más de un aprieto.
 
Los primeros seis mil metros, con continuos parribaspabajos, presentaban tendencia a la subida. Salvo algún pequeño tramo de pista, todo era por senderos estrechos en los que se iba en fila de a uno y se adelantaba aprovechando cualquier pequeño ensanchamiento. Todavía en las faldas de la montaña, el paisaje era bastante abierto, con encinas (creo recordar), pinos y algunos cultivos de vides. La mayor dificultad era el cruce de un arroyo que bajaba con bastante agua. Si no querías vadearlo, la alternativa era salvarlo pisando de piedra en piedra lo que originó una “pequeña lista de espera” para cruzarlo. Cuando llegó mi turno dudé en un apoyo y, la chica que iba pegada detrás de mí, me tocó en la espalda desequilibrándome. El resultado fue que acabé con los dos pies metidos en el agua hasta la altura de los tobillos. Si hubiera llevado unas Salomon no hubiera pasado nada pero ¡ay, pobre de mí! las Trabuco absorbieron el liquido elemento como si fueran esponjas más que zapatillas. Tras unos cientos de metros haciendo chof-chof, la cosa mejoró aunque evidentemente llevé las peanas mojadas y frías el resto de la prueba. Gajes del oficio.
 
Cerca del kilómetro seis comenzaba la primera cuesta seria. Entre pinos, aquello se empinaba y tocaba sustituir el correr por al andar. Eran solo cerca de ochocientos metros pero se superaba un desnivel de 130 metros, todo ello según mi amigo Endomondo (Endo para los colegas). Luego un descenso por un sendero estrecho con algunas complicaciones pero muy divertido: saltos, zigzags, tramos de correr agachado para no dejarte los dientes con la rama de algún árbol, grandes bloques de piedra de superficie pulida,… No convenía cebarse en demasía porque pronto llegaría la siguiente dificultad.
 
La nueva exigencia a superar era una dura subida, otra vez entre un bosque de pinos, que comenzaba alrededor del punto kilométrico 8,400 y se extendía durante casi dos mil metros. Buena parte de ella había que hacerla andando, doblando el tronco hacia delante y, en mi caso, apoyando las manos sobre las rodillas en cada paso. Era curioso porque mientras ascendías se oía a lo lejos un grupo de gente animando de forma intermitente (cuando a su altura llegaba algún participante). Sus gritos, bubucelas y utensilios metálicos se iban haciendo cada vez más cercanos pero parecía que nunca fueras a alcanzar el lugar donde se encontraban. Superados los bulliciosos animadores, aun quedaba un poquito de subida aunque algo más llevadera.

Recorrido. Extraido de www.padreydeportista.blogspot.com
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3. ...como me gusta la barbacue

El tramo de pista que sucedía al exigente ascenso resultó ser una verdadera delicia. Sin desniveles significativos, cruzaba un tupido pinar en el que reinaba el silencio y estaba techado por un cielo plomizo. Dio además de la casualidad que tanto los corredores que me precedían como los que iban detrás de mí, lo hacían a una distancia considerable, con lo que la sensación era casi como estar corriendo solo, como si fuera todo para mí. La verdad es que fue rato agradabilísimo.

No menos reconfortante fue la llegada al segundo avituallamiento. Ubicado en una zona de pradera, aquello era una delicatessen. Unos cuantos lugareños atendían una parrilla humeante en la que se hacían a fuego lento unos chorizos y pinchos morunos, los cuales eran puestos a disposición de los participantes en unas mesas en las que también podía encontrarse membrillo (buenísimo), vino, agua y bebida isotónica. Pasar por allí sin detenerse no era de recibo, así es que eché un par de minutos departiendo con los voluntarios y llenando el buche. ¡Que pereza volver a ponerse en marcha!

La zona más técnica del cross fue un descenso por un sendero estrecho cuya superficie era una alfombra de piedras sueltas y alguna otra de tamaño considerable bien sujeta. Comenzaba allá por el punto kilométrico 13,800 y tenía una longitud aproximada de mil metros. El paraje era precioso: una especie de cañon en el que el río se escuchaba allá abajo, a nuestra izquierda. Alguna vez el estrecho camino que seguíamos se asomaba peligrosamente al borde del “abismo”. De hecho en alguno de esos puntos se pudo ver la presencia de personas de Protección Civil preparados por lo que pudiera pasar. Como corriendo iba muy pendiente del suelo y no podía disfrutar de las vistas, decidí echarme a un lado para no molestar y detenerme durante un tiempo (¿fue un minuto?) a disfrutar del paisaje. Mereció la pena, os lo aseguro. La difícil bajada finalizaba al alcanzar el río y cruzarlo sobre un pequeño puente de madera.

Desde allí un pequeño ascenso seguido de un tramo llevadero que incluso tenía tendencia a bajar, preparaban las piernas para un último y duro ascenso de unos mil metros de longitud. De nuevo andando, esta vez había que prestar mucha atención pues se lidiaba con grandes rocas de granito que recordaban a la Pedriza y que tenían su puntillo de dificultad técnica. Con la llegada a la cima del que creo que se denomina Puerto de Arrebatacapas, un poco antes del punto kilométrico 17,500, comenzaba el descenso final de cerca de tres mil quinientos metros que habría de culminar con la entrada en meta. Hata alcanzar las cercanías de Cebreros la bajada se hacía por un sendero repleto de piedras sueltas que hacían crujir los tobillos. Yo iba con mis miedos habituales y me ví adelantado por unos cuantos corredores. La llegada a la meta en la plaza del ayuntamiento con unos últimos metros llenos de gente animando y aplaudiendo fue el idóneo punto final a una gran prueba.

Tras cruzar la línea de meta hubo que esperar alrededor de diez minutos hasta poder recoger la bolsa del corredor (camiseta, dulces, frutos secos y bebida). La razón es que se había hecho un sorteo de unas botellas de vino y unos bolis linterna entre los participantes y al entregarte la bolsa comprobaban si te había tocado algo. Recomiendo de cara a próximas citas que la hoja con los premiados sea expuesta en la llegada y que sena los corredores los que se busquen en ella.

Altimetría de la carrera
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4. Conclusión y end

Después del parón competitivo a causa de la Passion Week, la vuelta a las carreras y sobre todo a la montaña me ha cargado las pilas en cuanto a moral y ganas. Como hacía tiempo que no tenía contacto con este tipo de eventos no me esforcé al máximo e intenté disfrutar del cross. Y lo conseguí. Las sensaciones fueron muy buenas y disfruté lo que no está escrito. Lo único negativo ha sido el dolor de piernas que he arrastrado durante los días posteriores.

Por mi reloj empleé un tiempo de 2:16:49 en completar la carrera . Según la clasificación fui el 160 de los 292 que finalizaron con éxito el cross.

En resumen, el XI Cross Alpino Cebrereño fue una fenomenal y disfrutona carrera. Con un recorrido duro, variado y divertido, es corrible en unas cuatro quintas partes de su trazado (si subes bien) y permite ganar mucho tiempo en los descensos si sabes negociarlos y le echas un poquito de valor. Exigente si, con zonas de dificultad pero no excesivamente técnico. Estuvo muy bien organizado y contó con la implicación de gran parte de los cebrereños. Muy, muy recomendable.

Solo me queda la duda de la distancia, porque Endo se me paró subiendo el último puerto. Hablaban de 21 kilómetros, pero yo creo que eso es contando los cuatrocientos y pico de la neutralización inicial. Por lo leído en algunos foros y crónicas, me inclino porque la carrera estuviera más cerca de los 20.300 metros que de los 21.000. No la incluiré pues en el capítulo de medios de maratones.

Y eso es todo. En las próximas semanas toca asfaltear pero ya estoy pensando en el regreso a la montaña. Sed felices.

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